Ciudadano Krahe

 
Acaba de aparecer el último trabajo del cantautor Javier Krahe, segundo disco que se edita conjuntamente con un libro. Si el anterior, Charlas con un vago burlón, comercializado junto al disco Querencía y extravíos grabado en directo, estaba compuesto de una serie de entrevistas informales, en esta ocasión se trata de un jugoso análisis de muchos de sus geniales temas. El libro lleva el nombre De mil amores. Reflexiones sobre las canciones de Javier Krahe y el magnífico disco se ha llamado, de manera hilarante y muy apropiada, Toser y cantar.

Muchos se han referido a Krahe como el "Brassens español", cantante y compositor francés del siglo pasado, y del que creo puede decirse que es uno de los grandes poetas contemporáneos. Efectivamente, no solo por su gran talento, son varías las similitudes que hay entre los dos cantautores: malos estudiantes, pero devoradores de libros con avidez, lo que les supuso una gran cultura, ambos empezaron a cantar pasados los treinta, se mantuvieron al margen de los circuitos de éxito permaneciendo fieles a sus músicos y amigos, y los dos son simpatizantes del anarquismo. A pesar de esa filosofía vital coherente, honesta y profundamente inconformista, Brassens acabó siendo adorado por Francia y sus discos son ampliamente conocidos. No es el caso, todavía, de Javier Krahe, aunque sus fieles son (somos) una enorme minoría. Hay que recordar que uno de los primeros éxitos de Krahe, o al menos el que le otorgó cierta popularidad y le empujó a seguir cantando, fue Marieta, adaptación al castellano que él mismo realizó de un tema de Brassens (versionaría otro tema del cantautor francés en La tormenta). Las primeras canciones las interpretó Krahe en el local La Mandragora en la madrileña Cava Baja, lugar donde muchos artistas conocidos dieron sus primeros pasos (no solo del mundo de la música, también de la magia, el teatro, el cine, el dibujo...), y en el que se grabaría un mítico disco en directo, de Javier Krahe, Joaquín Sabina y Alberto Pérez, conocido con ese mismo nombre. Desgraciadamente, no tardo demasiado en clausurarse, por orden municipal, aquel lugar símbolo de las primeras libertades artísticas con la excusa de protestas vecinales, pero producto en realidad de una represión económico-cultural de un Ayuntamiento comandado por el izquierdista alcalde Tierno Galván. Resulta significativo que Krahe reniegue de la llamada Movida madrileña de la década de los 80, o al menos manifieste los sentimientos enfrentados que le producía, ya que la consideraba tutelada por la Administración, resultando paradójico que el mismo alcalde que cerraba locales apoyara luego unas manifestaciones contraculturales de dudosa autenticidad.

Un tipo que no se ha arrugado jamás ante el poder, que ha dicho y hecho lo que le ha apetecido, tiene que tener reconocimiento tarde o temprano. El poder trabajar, seguir componiendo y escribiendo geniales temas, y llenar una sala con unos pocos cientos de fieles (quizá no tanto los discos o actos de reconocimiento, que algunos ha habido), estoy seguro de que son para él su mejor recompensa. No se lleva bien el cantautor con las multitudes, y ahí también sigue la divertida máxima de Brassens: "Cuando se es más de cuatro, se es una panda de gilipuertas". Krahe y sus músicos, a los que considera principalmente amigos y se ha mantenido fiel desde hace muchos años, Javier López de Guereña, a la guitarra, Fernando Anguita, al contrabajo, Andreas Prittwitz, al saxofón o contrabajo, y las percusiones de Jimmy Ríos, son unos habituales de la Sala Galileo o del Café Central, en Madrid. El público que compone sus recitales no es homogéneo, lo que resulta esperanzador de algún modo, pueden encontrarse personas de distintas edades y condición social; en cualquier caso, el local se llenará casi con seguridad. La complicidad entre el cantautor y los músicos hace que la calidad y la calidez del espectáculo sean aún mayores, las introducciones de Krahe a cada tema son tan inteligentes y divertidas como los propios textos escritos.

Krahe es un hombre, como le gusta decir a él, ya de cierta edad. Nació en 1944, en el seno de una familia de clase media del barrio de Salamanca de Madrid. Aunque pueda parecer lo contrario, la mayoría de sus canciones recogen de manera sutil hechos reales de su propia vida o referencias indirectas. En el colegio marianista de Nuestra Señora del Pilar, en la calle Ayala del barrio madrileño mencionado, fue formándose un ácrata que dedicará gran parte de su trabajo a combatir a esos siniestros individuos con sotana, una directa intención anticlerical que resulta tremendamente necesaria en una sociedad española muy deudora todavía del franquismo. Los que nos consideramos ateos, creo que puedo hablar al menos por gran número de ellos que trato y conozco, tomamos la valiente decisión a una determinada edad de no buscar seguridades metafísicas ni tranquilidades existenciales de tipo alguno; por otra parte, estamos obligados igualmente a oponernos a toda institución que se arrogue la pretensión de una verdad con mayúsculas, que tienda al absolutismo, que pretenda gobernar las vidas de las personas manipulando conceptos muy humanos. Pienso que puede ser esta también la actitud vital que ha tomado el gran Javier Krahe. Por otra parte, en alguna ocasión ha mencionado acertadamente el miedo a la muerte como otro germen de la creencia sobrenatural y del negocio que con ella realiza la religión. La actitud del cantautor/filósofo recuerda a la máxima de Epicuro sobre lo absurdo que resulta, ontológicamente, temer a la muerte: "mientras somos, ella no es, y cuando llega, nosotros no somos". El auténtico temor es a no disfrutar de la vida, y como asegura Krahe, "en mi familia siempre se han muerto unos cuantos, así que creo que voy a seguir la tradición familiar".

Krahe, antes de optar por una carrera musical, estuvo muy interesado en ser realizador cinematográfico. Lo atestiguan unos cortometrajes, que realizó a finales de los 70 junto a Enrique Seseña, en los que se daban una serie de reflexiones sobre distintos aspectos de la vida. Uno de ellos sería el llamado Sobre la Cristofagia, que posteriormente sería conocido por Cómo cocinar un Cristo. Este genial e irreverente trabajo solo se dio a conocer de manera algo amplia un cuarto de siglo después, cuando se incluye en el documental Esta no es la vida privada de Javier Krahe y se emite en una cadena de televisión. Como si fuera una receta de cocina, una voz en off nos narra los pasos a seguir para cocinar un Cristo, mientras unas manos de mujer llevan a cabo la operación: "quitar un Cristo macilento del crucifijo, lavarlo con agua tibia para 'desencostrarlo', secarlo, untarlo con bastante mantequilla sobre un lecho de cebolla, salpimentarlo o aderezarlo con algunas especias y, finalmente, meterlo en el horno durante tres días, transcurridos los cuales, el Cristo sale solito".

Poco después de la emisión del corto, aparece una denuncia ante la Fiscalía General del Estado contra los responsables de la misma, llevada a cabo al parecer por cierto político conservador, y también otra contra Krahe a título personal. Parece ser que hay cierto resquicio en el Código Penal al que se pueden acoger las personas susceptibles de haber visto ofendidos o ridiculizados sus sentimientos religiosos, algo que resulta aún más indignante y jocoso en el caso de figurar en un escrito jurídico. El propio Krahe, irreductible, ha señalado lo ridículo de la denuncia, así cómo las amenazas y persecución que ha sufrido por los fundamentalistas católicos en no pocas ocasiones. Las declaraciones que ha tenido que realizar en diversos juzgados, respondiendo a preguntas marcianas, son una muestra más del esperpento nacional. Es evidente, además, la animadversión hacia Krahe, cuando se ignora en la denuncia, tanto a los responsables de la emisión, como a los otros artífices del susodicho cortometraje. En cualquier caso, como dijo el cantautor ante una pregunta sobre si no le parecía demasiado fácil transgredir con semejante corto, eso lo realizó hace más de tres décadas y lo asombroso es que aún siga escandalizando.

Efectivamente, Krahe utiliza el humor para transgredir, para defender sus ideas y filosofía de vida, así como se vale de la provocación con todas las intenciones de molestar, mostrando el profundo desprecio que le producen ciertas clases, como son los curas y políticos. Las referencias a los tipos con sotana son tan numerosas, que en un tema reciente llamado Gracias, canción hace un pequeño alarde de autoreferencia y metalenguaje del siguiente modo: "Qué bien cuando te sulfuras / y te metes con los curas /y su ridículo atuendo. / Eso está bien, / me parece algo horrendo; / gracias canción". Tal vez su tema anticlerical más logrado, y celebrado, sea Los caminos del señor. Krahe tuvo el acierto de dedicar la canción en un concierto al siniestro y dañino Rouco Varela, lo que parece ser que provocó las iras de éste. Va a ser que el trabajo de Javier Krahe es mucho más influyente de lo que cabe suponer, para alegría de sus "fieles". En Los caminos del señor se produce una situación, tan irreverente, como absurda, alguien que padece de amnesia aparece en una Iglesia con la vaga sensación de que todo aquello le produce un gran rechazo: "a quién coño fui a rezar / yo, que siento por Jesús ¡repelús!". Después de pedir a un sacristán que le ayude y eche una jaculatoria para que recobre la memoria, algo que el hombre hace a San Cucufato obrándose el milagro: recupera todo lo que había perdido… ¡incluido un mechero! Es el colofón del tema el que resulta especialmente memorable (valga el juego de palabras), el hombre recuerda que en realidad entro en el templo a robar: "Tú, que nunca vas al templo, / tú que estás en el error, / toma de mi historia ejemplo ejemplo, / rectifica pecador / y recorre sin temor / los caminos del señor. / Sí, señor". El tema es de una efectividad que tumba de espaldas y ell fundamentalismo, por supuesto, no tiene nada de sentido del humor. No hay que entrar al trapo cuando alguien religioso manifiesta que se ha visto ofendido, al fin y al cabo, a Krahe le ofenden profundamente las iglesias y no se le ocurriría abordar a ningún cura e increparle las barbaridades que suelen decir. Aunque, tal vez, debería hacerlo.

Tal y como manifestó Krahe en cierto ocasión, hablando de la importancia que tiene el humor en su obra: "No concibo letras puramente sentimentales; prefiero el distanciamiento irónico de lo que cuento. El humor me defiende de la realidad". Así es, no se adivinan grandes pretensiones en la obra de Krahe, él mismo dijo que considera que el arte no tiene efectos sociales (algo, estoy seguro, declarado a su vez con cierta provocación), y sí la intención principal de que pasemos un buen rato con un tipo que nos muestra su desaprobación y mirada crítica hacia aquello que le repugna, encarnado a menudo en ciertos individuos y en ciertas profesiones. De esta manera, después de su ya mítico Cuervo ingenuo, censurado por un gobierno socialista por cantarle las verdades a Felipe González, escribió un tema llamada Me internarán en el que recuerda "¡Qué feos son los gobernantes / cuando se ven al natural!". Quizá no es muy conocido que la palabra krahe hace alusión a un córvido, por lo que el tema Cuervo ingenuo cobra nueva fuerza con esa alusión a un indio norteamericano (la pareja de Krahe es canadiense, por lo que sigue produciéndose cierta referencia a la realidad), el cual le reprocha al hombre blanco no haber cumplido su palabra (se trata del ex presidente González, pero podría ser cualquier político, y de hecho el tema estuvo pensado para adaptar la letra sucesivamente). Creo que es muy conocido ya lo que sucedió cuando Krahe interpretó Cuervo Ingenuo en el concierto de Joaquín Sabina en 1986, retransmitido por TVE: las cámaras dejaron de grabar por orden gubernamental. Solo quisiera añadir que, frente a la cantidad de medias verdades que se han dicho sobre este asunto, era sabido de antemano el tema que iba a interpretar Krahe y la feroz crítica que se hacía en él a la gestión y a las mentiras del dirigente socialista; se advirtió al cantautor sobre lo delicado del asunto, el propio protagonista del concierto, muy preocupado por su salto al estrellato, le pidió que no la tocara, y Krahe dijo que "ni hablar", era muy consciente de que la cosa iba a molestar y para eso la había escrito. Desgraciadamente, muy pocos artistas conocidos dieron su apoyo a Krahe, algo que él mismo ha lamentado en alguna ocasión, "se les llena la boca con ciertas cosas, como la libertad de expresión, y cuando la están sofocando delante de sus narices no dicen ni mu". El tema fue censurado en la retransmisión televisiva, aunque algún videoaficionado logró registrar unas imágenes que hoy pueden verse en internet. Algo de justicia se haría pocos años después, en la huelga general de 1988 realizada contra el gobierno socialista, cuando en la manifestación final en la madrileña Puerta del Sol la gente coreaba Cuervo Ingenuo, un estribillo convertido en un eficaz manifiesto de protesta.

La crítica más feroz, y por supuesto divertida, a la sociedad, a la del mundo supuestamente desarrollado de Occidente, la realiza Krahe en el tema En las antípodas. Si en el film Los lunes al sol se mencionan las antípodas, por su lejanía, como un posible paraíso, el tema de Krahe vendría a ser la concreción irónica de que no es así, que las miserias son exactamente las mismas que sufrimos en nuestra sociedad. El mérito de esta canción es aún mayor si se cae en que está compuesta utilizando palabras esdrújulas, algo realizado por supuesto con todas las intenciones literarias. La letra no tiene desperdicio al describir a los individuos y situaciones que componen la sociedad: "…políticos más bien estúpidos / pero son súbditos muy pusilánimes / …hay muchas víctimas, hay muchas cárceles. / Voces hipócritas piden, coléricas, / medidas drásticas, sillas eléctricas / Los eclesiásticos desde sus púlpitos / causan catástrofes, y los omnímodos / poderes fácticas, hazañas bélicas…". Mientras el estribillo nos repite que en las Antípodas todo es "idéntico a lo autóctono", el colofón del tema llega a altas cotas de genialidad cuando Krahe nos menciona un nuevo opio para el pueblo en la sociedad contemporánea: "Pero es fantástico, martes y miércoles, / jueves y sábados, lunes y vísperas, / dan espectáculo con el esférico, / y allí, al unísono, arman escándalo, / y es como un bálsamo para sus ánimas". Las canciones de Javier Krahe que mejor envejecen son las que hablan de sentimientos, en las que este artículo no se ha centrado, las cuales hablan en su mayoría de divertidas y emotivas aventuras fugaces. Esperemos que los temas que peor resisten el paso del tiempo sean, efectivamente, los que describen una sociedad sumamente imperfecta plagada de individuos desagradables que tratan de imponer a los demás (aunque, mientras tanto, que Krahe las siga haciendo con ese gran talento e inmejorable humor).

José María Fernández. Paniagua

(Artículo publicado en el periódico anarquista Tierra y libertad núm.272 (marzo de 2011)