La búsqueda pueril de un propósito en el cosmos

 

¿Por qué el ser humano posee la tendencia a encontrar un propósito y un sentido en hechos cotidianos fácilmente explicables? ¿No son la ciencia y el arte disciplinas que pueden suplir de manera sólida esa inclinación a lo esotérico? Defendemos desde este texto, y tratamos de explicar en función de visiones religiosas y metafísicas, lo pernicioso de ese abandono pueril a lo "extraordinario", a buscar un sentido oculto en la existencia humana y en la creación del universo

A nivel cotidiano, podemos escuchar a algunas personas aludir, de una manera o de otra, a que las cosas que ocurren en nuestra vida tienen "algún sentido"; no serían, en cualquier caso y según esta interpretación, producto de la mera casualidad, pero revelando poco o ningún deseo de indagar y abandonándose con demasiada facilidad a interpretaciones más bien pueriles y simplistas. Quiere buscarse una asociación, en circunstancias muy concretas no demasiado difíciles de explicar si no nos evadimos con facilidad en busca de "algo extraordinario", para concluir en una especie de sentido o propósito en la existencia humana y en el conjunto del cosmos (me atrevo a expresarlo así, ya que hay una evidente conexión entre la interpretación de nuestra vida y algún tipo de cosmogonía).

¿Por qué esta tendencia del ser humano? Antes de nada, y como ya he insistido otras veces para que nadie se ponga a la defensiva, ya que el objetivo es hacer reflexionar, no es una simple cuestión de descalificar a las personas; el ser humano es, por lo general, racional e inteligente, pero también posee una peligrosa tendencia a entregarse a interpretaciones extraordinarias y (supuestamente) admirables. Una vez más, defenderemos aquí, frente a esa actitud, el deseo de hacerse preguntas y de profundizar en los asuntos humanos con miras a transformar la realidad; es tan sencillo como eso y, me temo, el abandono a una actitud sobrenatural en ciertos ámbitos de nuestra vida conlleva la mayor de las veces todo lo contrario. Nuestra propia condición de seres inteligentes y racionales nos conduce, a veces con demasiada facilidad, a proyectar en el universo algo similar; es decir, se quiere ver una inteligencia y un propósito superiores en la naturaleza y en el cosmos, algo a todas luces herencia del pasado.

Las visiones místicas o religiosas, al respecto, pueden reducirse a tres: la teísta, la panteísta y la llamada forma emergente. El teísmo es la forma más simple y ortodoxa, ya que considera que Dios creó el mundo y las leyes naturales previendo que en algún momento se desarrollaría algún bien; este propósito, obviamente, solo existiría en la mente de este supuesto Creador y es algo que permanece externo a la creación. Desde este punto de vista, se considerara que existe en el universo una racionalidad afín a la propia mente del ser humano; la conclusión sería que el proceso cósmico está dirigido por una mente superior. Así, la creación del hombre y de la civilización no es ninguna consecuencia incomprensible, ni improbable, sino el resultado de un propósito cósmico. Esta visión, propia de la religión tradicional, atribuye al ser humano unas capacidades morales y espirituales producto de la creencia en un propósito cósmico dirigido hacia fines inescrutables. Como es evidente, el teísmo y sus derivados introducen en no pocos problemas y objeciones; la más obvia es la existencia del mal en el mundo, que esta visión religiosa suele atribuir al hombre para exculpar a ese omnipotente ser supremo, cuando aquel lleva en la existencia muy escaso tiempo comparado con el conjunto del universo.

La concepción panteísta admite más complejidad y ha estado sujeta a muchas interpretaciones a lo largo de la historia. Según esta visión, Dios no es ya algo externo al universo, sino algo que forma parte de él; así, no hay ya acto de creación, sino que la fuerza creadora es el propio universo. Aunque esta forma panteísta conlleva menos objeciones que la teísta, hablamos de una supuesta conciencia divina presente en todo tipo de materia; en resumen, Dios está presente en el ser humano y, aunque éste desapareciera, la divinidad seguiría siendo eterna, por lo que la única realidad última es la espiritual o personal. La ciencia nos dice que no hay una gran separación entre lo que está vivo y lo que no lo está, ya que no existe ningún elemento vital especial ni sustancia química viva, ni "fuerza vital" misteriosa, en suma, que se distinga rígidamente de lo que está vivo. La biología dice, y hay que insistir en ello, que la materia viva es realmente un mecanismo físico-químico, no existe nada "espiritual" en juego. Otro asunto es la que la relación entre la fisiología y la sicología sea más compleja, aunque tampoco hay que establecer una rígida línea de separación entre ellas; lógicamente, tampoco hay que considerar al ser humano como un simple autómata totalmente determinado por leyes físico-químicas. En definitiva, hablamos de nuevo de una herencia mística del pasado, de la vieja y distorsionadora distinción entre cuerpo y alma. Tanto la física, como la sicología, deben evitar toda influencia metafísica; así, es posible que se dé lugar a una ciencia intermedia que se ocupe de las leyes casuales y de los efectos.

Si en el panteísmo, y sus divagaciones espirituales, la realidad del tiempo es difusa -se confunden no pocas veces el pasado, el presente y el futuro-, no así en nuestra tercera concepción: la doctrina emergente. Según esta visión, de la materia surge la vida y de ésta la sigue; no habría razón para pensar que el proceso se detenga y la cualidad final sería la divinidad. De esta manera, Dios no sería el creador, sino el creado; una supuesta fuerza misteriosa impulsa a la evolución hacia estadios cada vez mejores. Por supuesto, estamos de nuevo ante una visión esotérica, la cual toma prestados a su conveniencia elementos de la evolución y de la biología; la doctrina emergente, y sus derivados, no es más que una nueva forma de religiosidad que puede que rechace la idea de un Dios creador, pero sí se ilusiona rápidamente con la creación de la divinidad en el universo.

En definitiva, no hay razón alguna para pensar que existe un propósito en la existencia cósmica; desde este texto, defendemos lo pernicioso y pueril de seguir abundando en ello. El planeta Tierra y la especie humana son solo partes muy pequeñas del universo; si la creencia es que un espíritu ha de desarrollarse, resulta muy pobre comprobar lo poco que han conseguido en tanto tiempo. No tenemos todas las respuestas sobre la creación del universo y de la vida, pero ello no nos empuja necesariamente a esperanzas vanas ni a especulaciones absurdas; pensar que existe un propósito benévolo en el universo es, por decirlo suavemente, sumamente peculiar. Lo que no podemos negar es que nosotros somos producto de ese universo, pero es como para preguntarse, al menos, si somos verdaderamente tan especiales como para pensar que hay un propósito en nuestra existencia. Por supuesto, todo esto no está enfrentado con la perfección de los valores, todo lo contrario, pero siempre admitiendo que solo tienen sentido en una existencia real y humana, no trasladándolos a mundo imaginarios. Como alguien dijo, con envidiable buen humor, no existe soberbia en negar a un ser trascendente; existe soberbia en pensar que un ser omnipotente, omnisciente y totalmente bondadoso nos ha creado a nosotros (ya sea el Dios personal de las religiones tradicionales o sus derivados espirituales o metafísicos). Aceptar lo absurdo de esa visión es comenzar a mejorar el mundo terrenal.

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