Más allá del Euro

 
La representación del mundo que continuamos haciendo es irremediablemente antropocéntrica. Expone exclusivamente el punto de vista humano que, de manera abusiva, se considera la única especie animal soberana, depositaria indiscutible del planeta Tierra. También es discriminadora ante la gran masa de los más débiles, de los oprimidos y de los sometidos. Una ojeada criminal parcial, que obnubila el conocimiento y la admisión de la tragedia letal con la que nuestra especie opera cotidianamente.

Los instrumentos que la humanidad continúa manteniendo operativos, motivándolos con una cada vez menos convincente búsqueda de “bienestar”, siguen transformándose con regularidad en lazos, jaulas, masacres, genocidios y estímulos para el suicidio. En la práctica todo y todos estamos expuestos a constantes efectos letales. Solo una exigua minoría, cada vez menos definible como élite por no tratarse ciertamente de los mejores, se puede defender al poseer recursos que le permiten obtener los medios adecuados, apoyada en los ingentes capitales que se derivan de las constantes rapiñas perpetradas contra la gran mayoría de la población que, ignorante de la partida que se juega sobre su cabeza, sufre sus funestas consecuencias.

En un contexto cultural y de acción que se mueve exclusivamente para dominar, mientras todo finge mostrarse abierto hacia metas de aspecto fascinante, la denominada “globalización”, es decir, la incontrolable circulación supraterritorial y extraestatal de cualquier cosa, no hace más que favorecer efectos devastadores sistémicos. En ese sentido, por ejemplo, es muy significativa la propagación planetaria tanto de las enfermedades como de las finanzas que, aun moviéndose en campos muy distintos entre sí, producen efectos masivos particularmente funestos en razón de su sustancial capacidad de expansión. Tienen en común que, al corretear libremente, producen desastres.

En un mundo cada vez más interconectado, virus y bacterias viajan en avión y pueden alcanzar en pocas horas cualquier rincón del planeta. Según las estadísticas de la OMS (Organización Mundial de la Salud), las enfermedades transmitidas por insectos matan cada año a un millón de personas, sobre más de mil millones de individuos infectados en el mismo periodo de tiempo, y más de la mitad de la población mundial está en riesgo. Después están las denominadas enfermedades tropicales olvidadas, como por ejemplo la lepra y el dengue, una infección viral tropical transmitida por la picadura del mosquito aedes aegypty, que en su forma más grave puede provocar fiebres hemorrágicas, que matan a más de mil millones y medio de personas en todo el mundo. Cifras que, si bien son alarmantes, en realidad subestiman las graves secuelas de los supervivientes, como ceguera, mutilaciones y otras minusvalías, según Margaret Chan, directora general de la OMS. Los factores que favorecen la difusión global de estas patologías son múltiples. Aparte de que al supercitado cambio climático contribuyen la rápida y sistemática urbanización, la imparable deforestación infame, la agricultura intensiva, el turismo de masas en rápida y continua expansión, y la colonización de nuevos territorios, cada vez menos circunscrita a las zonas más deprimidas.


La acumulación de riquezas

La financiarización de la economía, que opera a través de las redes telemáticas y electrónicas globales, se mueve en un plano de realidad virtual que viaja a la inimaginable velocidad de nanosegundos (un nanosegundo corresponde a una millonésima de segundo), imponiendo a poblaciones enteras condiciones de vida enormemente desiguales, en muchísimos casos aberrantes.

Por un lado favorece solo a una exigua minoría privilegiada, por cuenta de la que, segundo a segundo, acumula réditos financieros que alcanzan cifras estratosféricas. Por otro lado, a través de mecanismos y automatismos fuera de control y más allá de cualquier supuesta reglamentación, para realizar esta loca acumulación de riquezas concentrada en un ínfimo número de manos, se obliga a ingentes masas de población a vivir en condiciones infrahumanas. Pobres o bajo el umbral de la pobreza, esclavizados, extorsionados y sometidos, desprotegidos de todo y sometidos a la sistemática prepotencia de normativas y reglamentos que solo los ricos pueden burlar tranquilamente, los demás, los no ricos, sufren sistemáticamente abusos y prevaricaciones insoportables, incluso hasta la muerte por extenuación. Estamos siendo precipitados a una pesadilla que está superando cualquier idea sobre los peores efectos de la supremacía capitalista.

Ante un escenario tan desolador, en este terrible panorama de tintes, más que oscuros, horribles, ¿no resulta cicatera la contraposición “euro o o euro” que en Europa está aireando la propaganda política de las diferentes partes institucionales encausadas? El problema no puede ser reducido y limitado a soluciones, solo aparentemente técnicas, que van en busca de cómo reactivar la economía. Es este sistema económico y financiero el que no va bien y, por su misma naturaleza, produce monstruos.

Para tener una idea de hacia dónde nos encaminamos a gran velocidad, es interesante la reflexión de Federico Rampini. En el diario italiano La Reppublica del pasado 3 de abril, relata el escenario descrito por el experto en finanzas Sorkin en el New York Times. En 2040, o poco más, habremos entrado completamente en la era post-monetaria. El dinero ya no se usará porque toda compra será apuntada, sin que nos demos cuenta, directamente en la cuenta personal abierta en el smartphone, o con identificación de pupila, huellas dactilares o impronta facial con técnicas biométricas. Pagaremos todo no con moneda tradicional, como euros o dólares, sino con moneda virtual emitida por Google o Facebook, o incluso con créditos acumulados a través de las compras con Amazon o Tunes.


Una dicotomía dialéctica destinada a ser superada

La era post-monetaria se ha iniciado ya en parte. Japón y Corea del Sur, por ejemplo, usan desde hace tiempo los smartphones como cartera virtual. En Suecia, en el área metropolitana de Londres, hasta en Kenia, están experimentando el uso masivo del teléfono móvil como tarjeta de crédito para pagar varios servicios. Ya cada vez se utiliza más el Paypal de eBay y los sistemas de endeudamiento que usan el software Android en los móviles Samsung.

Con la perspectiva de la que habla Rampini, la existencia del dinero como medio de transacción deja de ser un problema eminentemente económico para ser exquisitamente un problema de poder (poder de control, de descuento, de dirección, etc.). Personalmente no sé si llegaremos a la condición vislumbrada de la “post-moneda”, es decir, a una total ausencia del uso monetario bajo cualquier forma. Lo que por el contrario me parece comprender es que estamos avanzando hacia un cataclismo social en el que el dinero se usará cada vez menos, para ser sustituido progresivamente por medios de control sobre el individuo, como chips, tarjetas de crédito, productos financieros y cosas por el estilo, que no gestionaremos directamente y que serán controlados por fuerzas imponentes que deciden todo en vez de nosotros y en nuestro nombre.

El problema no es ya si vale la pena formar parte del euro o no, porque cualquiera que sea la moneda que usemos, seremos necesariamente canalizados a otro sistema de “compra-consumo”, ya no más basado en medios concretamente tangibles como el dinero en metálico, sino en operaciones informáticas cuya base no es material sino virtual. El fundamento de este sistema ya no será el intercambio voluntario y consciente sino el control de los movimientos individuales y la pérdida de la autonomía. Será el más completo triunfo de la injerencia del dominio directamente en la condición existencial de la persona.

Euro o no euro es una dicotomía dialéctica que en breve será superada por los hechos, por un nuevo estatus más allá del uso del dinero, predominante en todos los vínculos y limitaciones que, más que condicionar la existencia, la encadenan. Una postura que está perdiendo totalmente las características de medio de cambio, con el fin de controlar, condicionar y obligar, de modo que nadie pueda sustraerse a la condición de dependencia sobre la que se basa la sociedad del dominio, ahora más poderosa que nunca. El verdadero problema ahora se identifica con encontrar la manera de funcionar más allá del dinero como es definido, organizado y concebido. Hay que pensar en cómo reconstruir auténticos instrumentos de cambio, esta vez autogestionados por las comunidades y no abandonados a la gestión autoritaria de la especulación financiera.


Andrea Papi

Publicado en el número 314 del periódico anarquista Tierra y libertad (septiembre de 2014)