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La lucha por la «libertad» de Estados Unidos

Resulta lamentable ver cómo personas salen a la calle alborozadas, envueltas en su bandera, celebrando que hayan bombardeado su país. Ello, por mucha dictadura que exista en el mismo, y vamos a dar por hecho que en Venezuela el chavismo, supuesta revolución socialista, fracasada en cualquier caso, ha tenido una intolerable deriva autoritaria que cierta izquierda se ha negado a reconocer. Desgraciadamente, esta polarización descerebrada, que tantos fomentan a diestra y siniestra, es lo que conduce a que muchos supuestos sapiens, por algún extraño mecanismo mental, sean incapaces de condenar el autoritarismo venga de donde venga y luchar, al menos, por las libertades más elementales. Así, observar las iniquidades imperialistas de Estados Unidos, considerarlo el mal absoluto, conduce inexplicablemente a algunos a alinearse, de forma directa o indirecta, con regímenes como el de Rusia, o incluso China, mientras que se mira hacia otro lado ante la situación, por ejemplo, de la dictadura cubana, cuyo fracaso político, moral y económico no es solo culpa del bloqueo estadounidense. La lúcida condición ácrata, aderezada con algunos toques nihilistas, es lo que tiene, que te hace ponerte de lado de las víctimas de la opresión política en cualquier lugar del mundo, al mismo tiempo que se denuncia con fuerza, tanto esa práctica revolucionaria autoritaria que no ha llevado a ninguna parte, como la explotación característica de este sistema económico globalizado que padecemos. Al parecer, no es posible exigir lo mismo a todo el mundo. Aceptado que el autoritarismo, suavizado por una retórica opuesta al imperalismo yanki, que inexplicablemente se mantiene hasta nuestros días, es siempre denunciable y no supone una alternativa socialmente transformadora hacia algo más justo, vamos a poner el foco en ese adalid del mundo libre que son los Estados Unidos de América.

Y es que, parece increíble que en la perversa sociedad mediática actual, con tanta información falsa fluyendo, y tanta ausencia de reflexión crítica, se siga promoviendo que la potencia estadounidense, que siempre ha defendido sus propios intereses, lleva también la libertad y la democracia fuera de sus fronteras. Incluso, este discurso para consumo de gente con el cerebro poco oxigenado se realiza con un esperpento autoritario con Trump al frente. Claro que, para otros, parece que los males son han llegado con el actual presidente y es necesario que haya otros dirigentes, para lo cual habría que comprobar lo que hicieron tipos como Clinton, Obama o Biden. En fin. Hagamos un repaso de eso tan necesario que es la memoria histórica y comprobemos si los Estados Unidos ha combatido de verdad toda forma de dictadura. Claro, contengamos la risa (o bien la lágrima). Hay que remontarse al siglo XIX cuando, al parecer, los Estados Unidos se arroga el derecho a intervenir en el resto de América y surge a finales del siglo su condición de potencia imperial. Esta situación se consolida bajo el llamado Destino Manifiesto (que, para el que no lo sepa, es el derecho divino a expandirse donde le venga en gana después de haber aplastado a las culturas nativas), la Doctrina Monroe en el primer tercio de siglo (donde los Estados Unidos, antes de convertirse en una potencia militar, se protege de cualquier injerencia extranjera) y el Corolario Roosevelt ya a principios del siglo XX (donde se da la vuelta a la anterior y se establece el derecho, precisamente, a intervenir en los países latinoamericanos cuando lo considere necesario). Con la llegada del comunismo y la Guerra Fría, será la excusa perfecta para afianzar una intención plenamente intervencionista.

El discurso llega todavía hasta nuestros días, aunque el enemigo haya tomado otras formas, la lucha contra el dictatorial comunismo justificó ver a los Estados Unidos como portadora de la democracia más allá de sus fronteras. Claro, hace más de tres décadas que cayó el bloque soviético y la praxis comunista, si es que alguna vez ha existido, solo es residual en la actualidad. Pero, veamos algunos ejemplos para comprobar si la potencia nortamericana ha llevado de verdad las libertades democráticas a otros países y ha defendido los derechos humanos. En 1951, en Guatemala se produjeron las primeras elecciones con sufragio universal ganando el izquierdista Jacob Arbenz, el cual puso el foco en la estadounidense United Fruit Company, propietario de casi el 40% de las tierras del país; claro, se acusó al nuevo presidente de connivencia con la Unión Soviética y Estados Unidos llevó a cabo un Golpe de Estado para poner una Junta Militar y promover otro gobierno que no perjudicara sus intereses. Otra intervención militar estadounidense paradigmática fue la de República Dominicana en 1965 después de que el socialdemócrata Juan Bosch ganara unas elecciones, tras una dictadura (con la que, al parecer, Estados Unidos había sido muy ambiguo), y con una consecuente guerra civil; por supuesto, la excusa fue que con Bosch, finalmente derrocado por un golpe de Estado, se expandiera el comunismo tras la Cuba de Fidel Castro. Panamá es otro país con una larga historia de intervenciones estadounidenses con el colofón en 1989 del derrocamiento del dictador Noriega (que, ojo, antes había sido aliado); para mucho, con buen criterio, el ejemplo de Panamá es una muestra del doble juego de los Estados Unidos, apoyando dictaduras o democracia en función de sus intereses.

Otros ejemplos conocidos de oposición de Estados Unidos a gobierno democráticos de izquierda, apoyando finalmente golpes de Estado, son muy conocidos (aunque no lo parezca en la desmemoria y descerabramiento actual); es el caso de Chile, tras ser elegido Salvador Allende presidente, con una cruel dictadura de 17 años, inicio de la llamado Operación Cóndor, que supuso la represión política llevada a cabo por dictaduras latinoamericanas (Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador, Paraguay, Perú, Uruguay) con el apoyo, dejémoslo claro, de Estados Unidos. Los ejemplos son muchos, citados solo en Latinoamérica, pero tenemos otras invasiones militares estadounidenses recientes (ya sin comunismo) y muy conocidas, como las de Libia, Afganistán o Irak, con supuestos combates contra dictaduras y consecuencias desastrosas. No es posible asumir bajo ningún concepto, como parece seguir promoviéndose de manera tan infantil, que los Estados Unidos, gobierne quien gobierne, haya representado nunca la defensa de libertad alguna. Quizá la actual administración Trump, con su inefable e inicuo presidente, debiera servir para cuestionar si alguna vez ha existido derecho internacional alguno y se han respetado las soberanías nacionales o, este es otro debate, si las mismas han servido para justificar también regímenes dictatoriales en tantos países. Y no me coloco, de manera ciega, los anteojos anarquistas (aunque sean siempre necesarios en la crítica) para simplemente oponerme a toda forma de opresión estatal; en otras palabras, aunque no defiendo sin más la democracia representativa, una máscara amable de justificar nuevas formas de opresión, sí de manera innegociable las libertades fundamentales que, al menos sobre el papel, debería ser el punto de partida de un sistema aceptablemente liberal, que precisamente posibilite luchar por formas sociales y políticas más justas. Pero, esa no ha sido nunca la intención de Estados Unidos, en Venezuela ahora o en cualquier lugar del mundo, si eso perjudica sus intereses económicos y geoestratégicos. Dentro de un mundo, no sé si con una deriva ahora autoritaria o ha existido siempre, que se están repartiendo Estados Unidos y China, con Rusia y la India al acecho, no desfallezcamos moral e intelectualmente para resistir ante toda forma de opresión y mostrarnos siempre solidarios con los oprimidos. Palabra de ácrata con algún que otro tic nihilista.

Juan Cáspar

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