Archivos de la categoría Librepensamiento

Creencias, salvaciones y autoayudas

A menudo se nos recrimina, dado el pertinaz y alto nivel de crítica que exhibimos en este blog, el no aceptar que las personas crean y practiquen lo que les venga en gana para tratar de mejorar sus vidas. Se trata de la primera falacia, creemos que repetida como un mantra, cuyo escollo a veces es notablemente difícil de salvar.

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Compendio de pacotilla intelectual

Existe un texto de Bertrand Russell con este nombre, tan lúcido como divertido, que se recoge en la valiosa recopilación Dios no existe, de Christopher Hitchens. Echemos un vistazo a las perlas que en él se comentan, muchas de ellas dedicadas a los hombres religiosos, siendo las épocas en las que mayor poder tenían menos proclives a la sabiduría. Efectivamente, en los periodos caracterizados por el predominio de la fe el clero imponía todo su criterio. Cada etapa oscurantista trata de ser ocultada con el fin de que la nueva etapa oscurantista no se reconozca como tal. Russell repasa algunos ejemplos de irracionalidad en el clero, desde que la ciencia comenzó a desarrollarse, y después analiza si el resto de la humanidad es mucho mejor.

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Aprendizaje-Racionalidad-Inteligencia-Librepensamiento-Acracia

El mito del libre albedrío

En este blog, ya hemos abordado el concepto del libre albedrío, basado en una supuesta voluntad libre del individuo, que ya señalamos como una fantasía y un concepto reduccionista proveniente de la tradición religiosa; la libertad humana es algo comlejo y apasionante, pero la vida social está sujeta a tantos condicionantes, máxime en una sociedad jerarquizada y muy mediática, con tantos intereses, que quien no ponga en cuestión sus actos y creencias resulta alguien más bien pobre y determinado.

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Pensamiento, conducta y conformismo social

Albert Camus dijo una significativa frase, que llega amplificada hasta nuestros días: «“El problema más grave que se plantea a los espíritus contemporáneos: el conformismo, y la pasión más funesta del siglo XX, la servidumbre. Más que el equilibrado, el hombre normal es el hombre domesticado». Hay que analizar diversos conceptos para comprender por qué el ser humano, una mayoría al menos, se ha convertido en un mero espectador en sociedades que se consideran avanzadas.

Recordaremos que la psicología social parte del hecho de que somos animales sociales, necesitamos vivir en sociedad, lo cual nos ha llevado a desarrollar ciertas técnicas, como son el compromiso y la negociación, la organización de las conductas según ciertas reglas y la regulación de la competitividad; esta disciplina, relativamente nueva, se ocupa de investigar cómo las personas piensan unas de otras, se influyen y se relacionan entre sí. Puede decirse que cada persona es una suma de multitud de experiencias, tiempos, aficiones y doctrinas, aunque también de la resta de tantas otras; convendría, una vez conocidos ciertos mecanismos que nos conducen a pensar y creer en ciertas cosas, plantearse la noción de libertad tal y como la conoce una cultura basada en mitos como el «libre albedrío» religioso (el cual alude a una voluntad humana supuestamente libre, no sujeta a causas). No hablo de un determinismo radical, no hay que enloquecer al respecto ni considerar al ser humano un mero autómata, sino todo lo contrario, ya que se trata de concebir una libertad más amplia y positiva: para ello, es necesario comprender el proceso de socialización por el cual aprendemos, interiorizamos y asimilamos normas, ideas y comportamientos de una determinada cultura societaria.

Los principales agentes de socialización son: la familia, tal vez el primer y más importante de ellos, ya que es en ella donde aprendemos el lenguaje y las normas morales más determinantes; la escuela, donde se produce el salto a un sistema de transmisión de contenidos y valores culturales, y aquí aprendemos a relacionarnos con los demás y a respetar normas y valores sociales; el grupo de compañeros, cuya influencia es decisiva para el aprendizaje de valores y actitudes, habilidades sociales, hábitos de comportamiento, roles sexuales, así como la determinación de las aspiraciones educativas; por último, los medios de comunicación, los cuales influyen en todo tipo de actitudes. Por otra parte, las características fundamentales de la cultura son las siguientes: es aprendida, ya que nacemos con la capacidad para integrarnos en cualquier cultura, terminamos aprendiendo a integrarnos en una muy determinada;  es simbólica, ya que se trata de una forma de unión y comunicación entre los individuos que posibilitan la relación interpersonal (las culturas influyen unas sobre otras, mueren si se aíslan y prosperan si se comunican); es compartida, ya que es un patrimonio de las personas y grupos humanos, no de los territorios; no es estática, ya que cambia y evoluciona, tanto por su dinámica interna como por contacto e intercambio con otras culturas. Bajo ningún concepto puede considerarse que hay culturas superiores a otras, pero sí existen sistemas sociales y políticos mejores que otros, así como costumbres y tradiciones que no son nada respetables (como las que atentan contra los derechos humanos).

Es evidente que la idea que nos formamos del medio social en que vivimos influye determinantemente en nuestro comportamiento, y es la psicología social la que se encarga de estudiar cómo percibe y procesa el individuo la información de su medio social. Con demasiado frecuencia, tratamos a los demás tal y como los percibimos, no como son en realidad, ya que solo conocemos de ellos su imagen. La percepción social es el proceso por el cual tenemos una primera impresión de otras personas y acabamos realizando juicios sobre ellas que terminan influyendo en nuestra relación posterior; se dice que la primera impresión que nos formamos de otra persona se ve influida por factores como el sexo, la edad, los roles o profesiones, el aspecto físico, así como otros aspectos que deducimos o nos informan de ellos. Las distorsiones de la percepción social son: el error de primacía, según el cual la valoración del primer contacto condiciona la percepción y la actitud hacia el mismo; el efecto halo, por el que al conocer una característica de una persona, presuponemos otras cualidades (el buen aspecto, por ejemplo, se suele asociar a alguien inteligente y agradable); la personalidad implícita, según la cual la información que percibimos de otras personas no son datos aislados, sino que poseen relación entre sí y por eso nuestras impresiones son unitarias y coherentes (del tipo «todos los… son unos…»); la correlación ilusoria, consistente en percibir relaciones donde no existen o con menos influencia de lo que pensamos (como la asociación entre el estado de ánimo de una persona y ciertas circunstancias).

Otro concepto importante es la atribución de la causalidad. Consiste en la creencia de una persona sobre la causa de la conducta de las personas; tantas veces, es la interpretación que hacemos de la conducta de alguien lo que provoca un conflicto, no la conducta en sí. El sicólogo Fritz Heider consideró que, tanto la conducta propia como ajena, se debe bien a razones internas o personales (como la capacidad, la motivación o la actitud) o bien a razones externas o ambientales (dificultad de la tarea, determinada situación). Harold Kelley opinaba que cuando el consenso, la consistencia y la distintividad son altos, atribuimos la conducta de los demás a causas externas; en caso contrario, pensamos que es producto de causas internas. El consenso alude al número de personas que tienen la misma conducta («si un gran número de gente hace determinada cosa, debe ser bueno»), la consistencia es el grado en que la conducta se mantiene a lo largo del tiempo («alguien no no me habla durante largo tiempo, por algo tiene que ser) y la distintividad se refiere al hecho de que una conducta solo se produzca en circunstancias específicas («tiene que existir una circunstancia externa para ello»). Refirámonos ahora a los principales errores de la atribución: subestimar el poder del ambiente, ya que tendemos a atribuir a factores personales el comportamiento de los demás y al contrario cuando se trata de nosotros, al atribuir nuestro comportamiento casi exclusivamente a causas externas; sesgo favorable al yo, tendencia a atribuir los éxitos a causas internas y los fracasos a causas externas; sesgo actor-observador, no hay coincidencia entre la atribución de un actor, que suele tender a buscar causas en factores externos a sí mismo, y los de un espectador, que tiende a buscarlas dentro del propio actor.

Entramos ahora en la cognición social, es decir, en el proceso por el cual elaboramos, interpretamos y utilizamos la información social. Se dice que el conocimiento humano tiende a ser conservador: se intenta preservar aquello que ya está establecido, nuestros conocimientos, actitudes e hipótesis previas (el ejemplo más obvio es que la primera impresión es la que más influye). Pasemos a nombrar los errores más frecuentes en la distorsión de nuestro pensamiento: pensamiento egocéntrico, con el que magnificamos la influencia de nuestro propio yo en los acontecimientos; ideas preconcebidas de un hecho, que condicionan nuestras impresiones y recuerdos; selección de información, se busca lo que confirme nuestras creencias y no lo que las refute; efecto del falso consenso o tendencia a creer que hay un gran número de personas que comparten nuestras actitudes (excesiva identificación con un grupo); pensamiento contrafactual o considerar lo que pudo haber sido, algo tan determinante en juicios y conclusiones como pensar en lo que efectivamente ocurrió; visión retrospectiva, tendencia a exagerar después de saber el resultado de un acontecimiento (el habitual «ya lo sabía yo»). Ahora, mencionemos el gran problema del conformismo; es decir, la tendencia a adaptarse a las circunstancias de manera resignada y/o acrítica, la cual conduce inevitablemente al estancamiento y la mediocridad. El conformista acaba estando orgulloso de coincidir con lo que todo el mundo piensa y hace, por lo que solo puede mostrarse hostil con los que viven con inquietud y practican la reflexión para tratar de minar las costumbres, los hábitos y la moral (es decir, con el que se enfrenta a lo establecido).

Las actitudes, es decir, la reacción favorable o desfavorable hacia algo o hacia alguien, constan de tres componentes: cognitivo, creencia que el sujeto tiene acerca del objeto o sujeto de su actitud (favorables o desfavorables); afectivo, conjunto de sentimientos hacia el objeto o sujeto de la actitud (positivos o negativos), y conductual, que se refiere al conjunto de actuaciones respecto hacia el objeto o sujeto de la actitud (puede ser de apoyo u hostil). La formación de actitudes se ve determinada por los agentes de socialización mencionados al comienzo del texto: familia, experiencias personales, grupos sociales (políticos, religiosos o deportivos) y por los medios de comunicación. Cada persona, en mayor o menor medida trata de justificar sus creencias, actitudes o sentimientos; a veces existe desacuerdo entre lo que se cree y lo que se hace y se produce una inevitable tensión, por lo que se tiende a reducir el conflicto cambiando las creencias y haciéndolas compatibles con la conducta. Las actitudes suelen mostrar resistencia al cambio y mantenerse estables, aunque son susceptibles de modificación a lo largo del tiempo; algunas estrategias para modificar conductas son los premios y castigos y la persuasión publicitaria. La investigación sicológica asegura que los cambios de pensamientos y creencias, previos a los cambios de actitud, gracias a la persuasión se producen por factores como los siguientes: el comunicador es agradable, expresivo y semejante en algún aspecto a la audiencia; el mensaje apela a las emociones y puede ser más efectivo si se respalda por los hechos; si se trata de un mensaje conflictivo, se presentan argumentos que presuponen una audiencia bien informada, y el mensaje tendrá una mayor efectividad si se repite con mucha frecuencia.

Hablemos ahora de los estereotipos, los prejuicios y la discriminación. Los estereotipos son los juicios, inferencias y predicciones sobre los miembros de un grupo sin considerar las diferencias individuales que existen entre ellos; así, los estereotipos le roban a uno su individualidad, suelen ser imprecisos, directamente falsos y resistentes a información nueva. Primo Levi dijo que había que huir de los juicios a posteriori y de los estereotipos; es un error juzgar épocas y lugares lejanos, en el espacio y en el tiempo, con la medida prevaleciente en hoy y en el ahora. En cuanto a los prejuicios, consiste en pensar mal de los otros sin suficiente justificación; se es hostil a personas de otros grupos sociales y se manifiesta suspicacia, temor u odio. Las causas de los prejuicios suelen ser: el deseo de relacionarnos sólo con personas que tengan nuestras mismas ideas, el sentimiento de superioridad y de autoafirmación, el deseo de buscar un chivo expiatorio para descargar la agresividad producto de nuestras propias frustraciones y limitaciones, así como la tendencia a dar ventaja a los grupos mayoritarios en detrimento de las minorías. La discriminación es la conducta negativa, o no igualitaria, hacia otra persona perteneciente a otro grupo o categoría social. Para hablar de otros pensamientos y conductas sociales, que conducen al fanatismo y la violencia, es necesario tener siempre en cuenta el mundo en el que vivimos. La pobreza, la desigualdad y la imposibilidad de acceder a los más elementales avances científicos y técnicos para tantas personas son los principales problemas materiales y sicológicos de nuestra época. Ellos son la fuente del odio y las frustraciones, sentimientos que originan el fanatismo y la violencia. El fanático posee una percepción distorsionada de la realidad, cree estar en posesión de la verdad y trata de imponérsela a los demás; suele tener inmadurez y dependencia emocional, búsqueda de emociones fuertes, dogmatismo o rigidez de pensamiento, no acepta las críticas, suele mostrar una personalidad paranoide, obediencia a alguna autoridad y una visión simplista de la realidad (ellos y nosotros). Es importante comprender que todos los pensamientos, actitudes y comportamientos, hasta los más extremos, suelen tener una casuística y una serie de factores que los determinan.

Libre Examen

Reflexiones (muy terrenales) sobre la espiritualidad

El término espiritualidad, debido a su apropiación por parte de la religión, hasta el punto que casi se confunden en el lenguaje coloquial, se nos hace terriblemente antipático. Y, sin embargo, merece que le prestemos atención, precisamente para desprenderle de esa condición trascendente y sobrenatural y tratar de demostrar la superioridad de lo inmanente de cara a los valores humanos y la transformación social.

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La subversiva búsqueda del conocimiento

A poco que uno tenga cierto apego hacia el conocimiento, vivimos una época cuanto menos desconcertante. Lo habéis adivinado, me refiero una vez más a las numerosas creencias, supercherías y charlatanes que proliferan por doquier. Se trata muy problamente, de lo que nos depara la sociedad del consumo y el capitalismo con su pertinaz mercantilización de la vacuidad. Cuanta más estulticia prolifere, tanto mejor, el personal más sumiso y manipulable.

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Manipulaciones y creencias

Hay quien sostiene, de manera encomiable por un lado, aunque sembrando la sospecha por otra, que el librepensamiento resulta imposible. Dejaremos claro que, efectivamente, entendido como concepto absoluto, el librepensamiento, o pensamiento independiente, resulta francamente difícil. Es más, lo que nos reafirma en nuestra defensa del mismo, lo cual no quiere decir que ninguno de nosotros merezca el calificativo de ‘librepensador’, es nuestra más firme oposición a todo absolutismo sin que por ello caigamos en un vulgar relativismo (ya que, de una manera o de otra, todos tenemos ciertas creencias, aunque con la permanente crítica en base a la verificación con la realidad que conocemos; no entraremos, de momento, en abstrusas polémicas sobre lo que es o no ‘real’); identificamos el absolutismo con cualquier tipo de creencia, y más en concreto con toda creencia trascendente, es decir, no sujeta a la verificación y al debate en un plano humano (para bien, y tantas veces para mal, el único que conocemos).

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Javier Krahe, cantautor brillante e irreverante

Javier Krake nos dejó, de forma algo temprana, en 2015; un cantautor brillante, irreverente y divertidísimo, digno heredero del gran George Brassens. Además de su obra, nos ha legado un enfrentamiento con instituciones de lo más cuestionables en una actitud permanentemente irreductible. Hay que recordar aquel tema de Cuervo ingenuo, interpretado en el mítico concierto de Joaquin Sabina y Viceversa, grabado en directo en febrero de 1986 en el Teatro Salamanca de Madrid. Cuando Krahe iba a iniciar su actuación, las cámaras de Televisión Española dejaron de grabar, en un ejercicio de censura gubernamental, un tema donde se cantaban las verdades al hoy sorprendentemente alabado Felipe González. Y es que lo de este país sigue siendo un grave problema de memoria histórica.

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