Lo lamento de veras, sé que soy algo pesado, pero tengo que insistir una vez más en la triste realidad que sufrimos y, eso, en sociedad que lastimosamente denominamos como avanzadas. Nunca antes la información, una información mínimamente veraz a poco que uno sea crítico y exigente, ha estado al alcance de cualquiera y es posible que nunca antes, en la historia de esta especie peculiar que denominamos sapiens, se haya tendido como ahora a creer en cosas abiertamente absurdas. La explicación, seguramente, es compleja y obedece a distintas causas que tienen mucho que ver con nuestras lamentables estructuras sociales, políticas y económicas, por lo que dejaremos para otro momento el profundizar en ello. De momento, vamos a atender principalmente a esos síntomas que resultan como para echarse a llorar, cosa que uno, irreductible ante el desaliento, no va a hacer en la puñetera vida. Y es que resulta alarmante que disponiendo de herramientas razonablemente fiables, a poco que uno no sea un perezoso intelectual, tantas personas se obcequen en afirmar, de manera rotunda, una y otra vez las mismas cosas (algunas, simplemente cuestionables de entrada; otras, abiertamente estúpidas). Como es sabido, el que suscribe es un lúcido ateo enemigo de todas y cada una de las religiones, es decir, de toda doctrina plagada de dogmas e irracionalidades. Y, antes de que algún creyente tuerza el morro, yo le pediría que todo ese absurdo que estoy seguro observa en las religiones ajenas, a poco que lo haga de manera crítica, lo aplique a la suya propia. Y es que algún mecanismo debe existir en la psique humana para que, de manera habitual y lógica, esto no se produzca. Habrá quien me diga que son muchos siglos de existencia de las religiones, que ya hubo una época en que parecía que se iban a superar y que, sin embargo, así estamos a día de hoy. Lo siento, pero no me convence, lo absurdo y pernicioso (ambos conceptos suelen ir unidos) lo era en el siglo XVIII y lo sigue siendo en la actualidad.
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¿La muerte de Dios?
La muerte de Dios, frase atribuida habitualmente a Nietzsche, aunque tiene un precedente en Hegel (parece que con otro sentido), tiene ya un tiempecito; podemos resumir el sentido de dicho fallecimiento (obviamente, no de un ser real, sino de una idea, la de un concepto absoluto) en la negación de un orden cósmico, de una ley universal de carácter moral y, como ya hemos apuntado, de cualquier principio absoluto. Seguir leyendo ¿La muerte de Dios?
Remedios existenciales homeopáticos
Recientemente, en este inefable Reino de España, el Ministerio de Sanidad ha concluido algo verdaderamente sorprendente. Esto es, ¡oh, sorpresa!, que no hay evidencia científica que avale la eficacia de la homeopatía en patología alguna. De esa manera, al parecer, se han retirado del mercado más de mil productos relacionados con esta terapia alternativa (también denominada, abiertamente, pseudociencia). Alguien acusará al Gobierno de autoritario e intervencionista, pero yo le daría la vuelta al razonamiento y me preguntaría qué diablos hacen tantos productos a la venta asegurando que pueden sanar dolencia alguna. El caso de la homeopatía no es, tal vez, el más disparatado entre la pléyade de pseudociencias que sufrimos, ya que al menos ofrece una hipótesis sobre la sanación de marras basada en los siguientes aspectos: que lo mismo que te enferma, te sana; que la dosis que hay que administrar debe reducirse a través de reiteradas diluciones a un nivel infinitesimal (lo cual lleva a que el supuesto principio activo sea prácticamente inexistente), y que el tratamiento debe ser particular en cada persona (lo cual siempre he visto como abiertamente contradictorio, precisamente, con tanto medicamento homeopático comercial). He conocido a bastante personas, incluso para mi sorpresa en ciertos ámbitos vamos a llamarles librepensadores, que consumían estos remedios reducidos hasta casi la nada e incluso a algún que otro terapeuta (¡ay, ay!). El que subscribe, para bien y para mal, no suele tener filtros y solía torcer al morro al escuchar según qué teorías, debido a lo cual no tardaban en surgir las acusaciones de poco menos que ignorancia y de cerrazón de mente, entre otras lindezas. Uno que ha recorrido bastante mundo, y tratado a todo tipo de gente con toda suerte de creencias, ha dado con practicantes de la más variadas terapias o como las queramos llamar, ya que la frontera con lo místico y sobrenatural resulta en ocasiones inapreciable.
Seguir leyendo Remedios existenciales homeopáticosAnarquismo y mística: la ecología anárquica como respeto de lo sagrado terrenal
Simón Royo Hernández
«Un hombre justo es aquel que está formado en la justicia y transformado en su imagen»
(Meister Eckhart, Obras alemanas. Tratados y sermones. II, s. 6, p. 314)
«Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo»
(Fray Luis de León, Vida retirada. Libro I)
“Ser un filósofo no es sólo tener pensamientos sutiles, ni siquiera fundar una escuela, sino amar la sabiduría y vivir de acuerdo con sus dictados una vida de sencillez, independencia, magnanimidad y confianza. Es resolver ciertos problemas de la vida, no sólo en la teoría, sino en la práctica”
(Henri David Thoreau, Walden)
La mística equivale al ateísmo porque declara que toda la Naturaleza es sagrada y divina, al modo spinozista, lo que equivale también a decir, entonces, que toda Iglesia es falsa y que todo Papa y Dios trascendente son mentira, y por ese motivo, es la mística, la única espiritualidad compatible con el materialismo anarquista.
Seguir leyendo Anarquismo y mística: la ecología anárquica como respeto de lo sagrado terrenalAdios a Dios (y a cualquier otro concepto absoluto)
Como creo que ya he manifestado en alguna de estas magníficas columnas que pongo negro sobre blanco, tengo la (no siempre) sana costumbre de leer y escuchar a gente de todo pelaje. Sé que es una botarate tendencia del ser humano la de solo atender a lo que pueda confirmar sus creencias, pero no es mi caso. Precisamente, como uno es un lúcido ácrata de tendencias nihilistas, se deja guiar por su curiosidad, escepticismo, crítica e incredulidad para ir dando forma a un pensamiento exento de dogmas, ya que el compromiso con los valores, quizá de forma solo aparentemente paradójica, se muestra más sólido desde posiciones no absolutistas y enarbolando una pequeña bandera (figurada, of course!) nihilista. Y, por mucha tabarra que nos den algunos, la historia y el pensamiento ayudan sobremanera a llegar a estas conclusiones. El caso que los intelectuales reaccionarios (valga el oxímoron), vertiente católica, son muy, muy pesaditos nombrando hasta el hastío al escritor y filósofo Chesterton. A este fulano se la atribuye una frase, que sus seguidores fundamentalistas no dejan de repetir hasta la saciedad con orgullo algo estólido; algo así como que, si el ser humano deja de creer en Dios, acaba creyendo en cualquier cosa.
Seguir leyendo Adios a Dios (y a cualquier otro concepto absoluto)Los dogmas y el totalitarismo
Es habitual escuchar el argumento, por parte de personas religiosas (Ratzinger lo utilizó en diversas ocasiones y el nuevo pontífice, a pesar de su pelaje progre, estoy seguro que no tardará en hacerlo), relativo a que fue la ausencia de Dios la que dio lugar a los horrores provocados en el siglo XX por regímenes como el nazi o el estalinismo. No es que merezca mucha profundización dicha afirmación, ya que no solo es simplista, también sumamente distorsionadora, pero dado que hay que tantas personas que siguen vinculando moral a religión merece alguna atención. Esto es así porque la substitución de un dogma por otro, y es posible que algunas ideologías hayan encontrado un terreno fecundo en la mentalidad religiosa para desarrollarse, es el auténtico problema.
¿No matarás?
Una conversación reciente con mi sobrina, bendita sea, acerca del precepto judeocristiano «No matarás», y en general sobre las tres religiones del libro con un mismo origen, me inspira unas cuantas reflexiones no exentas de lucidez. La lógica estribaba, bendita ingenuidad, en que si se trata de un mandamiento divino el no acabar con la vida del prójimo, cómo es posible llamar verdaderos judíos (no en el sentido étnico, claro, sino referido a los que profesan el judaísmo), o cristianos, o musulmanes, a todos aquellos que han asesinado, y siguen haciéndolo, por doquier. Se trata de una cuestión nada baladí, ya que por un lado nos invita a indagar en los orígenes de la moral humana, que mi condición ácrata quiere pensar obviamente que se trata de algo mucho más complejo de que una autoridad, sobrenatural o muy terrenal, dictamine la prohibición de algo. Por otra parte, el asunto también nos empuja a reflexionar una vez más, para congratulación de todos aquellos amantes del librepensamiento, sobre lo pernicioso o no de las creencias religiosas. Vamos allá, con notable entusiasmo, y en primer lugar aclararemos algo. Es habitual que, en la actualidad, cuando se perpetra un sangriento atentado en nombre del Islam, alguien asegure que, a diferencia de los cristianos, los musulmanes y otras creencias sí matan. Uf, no hace falta aclarar la interesada estupidez, en nombre de las tres religiones del libro se ha asesinado muchísimo sin que haga falta aclarar cuál de ellas lo ha hecho con más ahínco en nombre un nocivo concepto absoluto y alienante (sí, Dios). Claro, esto no contesta a la pregunta que nos ocupa, pero sí evidencia y explica que otros preceptos, u obligaciones, deben prevalecer en las creencias frente a aquel de no arrebatar la vida del vecino, por no pensar o creer lo mismo que tú. No hace falta que nos remontemos a las Cruzadas o la inquisición, en época contemporánea un muy cristiano dictador, en este inefable país llamado Reino de España, provocó una sangrienta guerra civil junto a una posterior y cruenta dictadura durante gran parte del siglo XX con la pérdida, directa o indirecta, de innumerables vidas por su causa. Por cierto, al alzamiento genocida de todos aquellos generales facciosos la muy cristiana Iglesia Católica lo llamó también Cruzada, lo cual nos hace ver dónde queda el quinto mandamiento en su muy flexible moralidad.
Seguir leyendo ¿No matarás?Religión, anarquismo y posmodernidad
¿Qué hay de cierto en lo que aseguran los pensadores posmodernos? La posmodernidad se caracteriza por la crítica a cualquier discurso totalizante, algo que debería poner en cuestión a las religiones y a todo tipo de dogmatismo. Lejos de esto, lo que llaman «época posmoderna» ha abierto la puerta a toda suerte de creencias espirituales y seudocientíficas. ¿Existe algo llamado «anarquismo» posmoderno? Defendemos que las ideas libertarias, con su huida de toda solución definitiva y de toda trascendencia, y con su convicción en la transformación de la vida para abrir nuevas posibilidades inmanentes, han sido la excepción entre las corrientes surgidas en la modernidad
Ha muerto Brian de Nazaret
De nuevo nos encontramos ante la representación teatral más importante de la cristiandad. Y no sé lo tomen como una crítica, sino como una descripción de lo que se dice en las calles de los países cristianos durante lo que se denomina la Semana Santa.
Representaciones teatrales desarrollando lo que en la Biblia se recoge como la pasión de Jesucristo. Pueblos en los que se “crucifica” a vecinos que hacen el papel de Jesucristo y los ladrones crucificados junto a él. Países donde literalmente se crucifica a varios hombres para purgar sus pecados, otros lugares donde se autoflagelan para procesionar, etc.
Seguir leyendo Ha muerto Brian de NazaretEl papado y la anacrónica Iglesia
Recuerdo hace ya unos cuantos años, estando todavía aquel tipo llamado Joseph Ratzinger en el trono de Roma, que hubo manifestaciones masivas por la celebración en Madrid de no sé que jornadas joviales de la Iglesia, con la visita de innumerables jóvenes católicos y del propio, entonces, sumo pontífice. El caso es que uno, criticón, gruñón y curioso por naturaleza, se pasó por aquellas protestas para ser testigo de algunas escenas peculiares. Así, los manifestantes, cada vez que se cruzaban con aquellos feligreses de corta edad venidos de tierras lejanas les espetaban, a modo de mantra, algo así como «¡Vuestro Papa es un nazi!». Es muy posible que la indescriptible expresión de los fervorosos creyentes, a medio camino entre el estupor y el espanto, estuviera motivada sencillamente por la incomprensión del idioma castellano, aunque no es descartable tampoco que en realidad estuviera originada en la ignorancia pura y dura acerca del fondo de la cuestión. Hay que decir, cierto es y como no podría ser de otra manera, que el apellidado Ratzinger, cuyo nombre artístico fue Benedicto XVI, fue sin duda un tipo ultraconservador y, se destapó en su momento, había pertenecido al parecer a las Juventudes Hitlerianas, algo que él mismo aclaró fue de manera forzosa siendo un tierno infante. El caso es que, pretendiendo ser el que suscribe algo racional en sus protestas, sufrí algo de vergüenza ajena ante aquellos gritos iracundos que transgredían sin pudor la ley de Godwin (buscad, buscad).
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