que generalizar, que siempre hay gente buena o mala, y esos habituales lugares comunes, que por otra parte no dejan de ser verdades de perogrullo. Efectivamente, no soy justo a veces en mi habitual intensidad retórica, ya que hay personas que, frente a tanta adversidad, se muestran valientemente solidarias con el prójimo. Sin embargo, cuando caigo en esa reflexión abstracta sobre este peculiar ser, supuestamente racional, que llamamos sapiens aludo a ciertos mecanismos conducentes a la más profundad incapacidad para innovar a nivel moral. Y esto lo dice uno que, en tantas ocasiones, suele hacer gala de cierto nilhilismo. Hablemos de Ceuta. Es, obviamente, un gran drama humano que en una población de más de 80.000 habitantes se produzca un flujo migratorio que casi duplique la población, algo que se dio hace poco más de un mes entre el 30 y el 31 de julio. Esta personas acceden a territorio español a nado o a pie, y gran parte son marroquíes, pero también provenientes de países en conflicto como Sudán, Malí o Somalia. Los abiertamente inicuos no tardan en hablar de invasión, según su repulsiva mentalidad militarista, mientras que trata de dejarse a un lado el hecho de que tantas personas se jueguen la vida abandonando su lugar de origen para tratar de buscar una vida mejor. No deja de ser una exacerbación puntual del mundo que sufrimos de una manera permanente. Gran parte de la humanidad sumida en la necesidad o víctima de despotismos y conflictos bélicos, sin capacidad para cambiar su lugar de origen, se ven empujadas a migrar para comprobar cómo el mezquino mundo desarrollado, ese mismo cómplice de tantas tiranías y culpable de esquilmar los recursos ajenos, les cierra las puertas.
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