Hay quien se lamenta, desde una perspectiva presuntamente libertaria (la de verdad, ojo, esa que coloca la solidaridad por encima de cualquier otro valor social), de los nuevos tiempos que corren. Así, se sorprenden de que en algunas librerías especializadas en anarquismo, mientras queda a un lado la obra de los grandes pensadores ácratas del pasado, pueda encontrarse la más amplia variedad de volúmenes que encuadran sin pudor en lo que denominan wokismo. Pensaba yo que esas etiquetas, lanzadas de modo despectivo, eran exclusivas de la fauna más reaccionaria, pero parece que la cosa se está lamentablemente extendiendo. Recordemos que woke, en origen, alude en ingles a ‘estar despierto‘ y que al parecer, y esto es importante para todos esos que añoran la lucha de clases, fue un término acuñado por los trabajadores en Estados Unidos como una manera de adoptar conciencia acerca de los abusos laborales y políticos; sí, años después fue recuperado por movimientos sociales con motivos tan encomiables como luchar contra racismo, favorecer los derechos femeninos e igualmente dar visibilidad a los de personas de diversa orientación social. Obviamente, hay que estar abierto siempre a la crítica y puede ser muy saludable señalar los excesos que pueda haber dentro de las luchas identitarias en la actualidad; no obstante, una cosa es eso y otra muy distinta llorar ante una época, con la que podemos establecer todos los hilos conductores que queramos, pero que sencillamente ya no existe. Es más, no ser consciente de todo lo que de liberador y enriquecedor para el anarquismo pueda tener el feminismo o lo queer, lo lamento, pero me parece de ser auténticos botarates reaccionarios (que parece cada vez más demostrado, se encuentran por supuesto a diestra, pero también a siniestra).
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