Manual de logística contra la extinción y defensa de la vida en la era del absolutismo técnico
Carlos de Castro
Introducción
El error de paralaje y el «Momento Cero»
Existe un error de paralaje en la mirada contemporánea, una miopía deliberadamente inducida que nos invita a leer los acontecimientos actuales como crisis aisladas. Se nos dice que el genocidio en Gaza es un conflicto étnico-religioso enquistado; que la guerra de Ucrania es únicamente una guerra de independencia; que la operación de cambio de régimen en Venezuela responde a una lucha por la democracia liberal; que el asedio a Irán expresa las ansias de libertad del pueblo persa; o que la amenaza sobre Groenlandia no es más que una empresa comercial.
Son fragmentos de un espejo roto: relatos disociados que impiden toda comprensión de conjunto. Sin embargo, para quien observe el mapa con la frialdad necesaria, quedará en evidencia que no estamos ante episodios inconexos, sino ante los movimientos sincronizados de una fase superior del despojo.
El libro de Louise Toupin, Salario para el Trabajo Doméstico: Historia de un Movimiento Feminista Internacional, 1972-1977, es, a la vez, una investigación y una provocación, una invitación a reingresar en un campo de lucha cuyas coordenadas resultan sorprendentemente contemporáneas. Lo que Toupin reconstruye no es simplemente una campaña organizada en torno a una demanda polémica, sino un experimento político que buscaba recomponer los términos mismos a través de los cuales se entienden el trabajo, el valor y la subjetividad. En este sentido, el libro opera en un registro a la vez historiográfico y estratégico: no se preocupa solo por lo que sucedió, sino también por lo que aún es posible. En el centro de esta reconstrucción se encuentra un gesto engañosamente simple: tomar en serio la proposición de que el trabajo doméstico —durante mucho tiempo descartado como natural, privado o prepolítico— es, de hecho, un «trabajo multifacético, invisible y no reconocido» indispensable para la acumulación capitalista. Desde este punto de partida, la corriente de Salario para el Trabajo Doméstico se despliega menos como una campaña centrada en un solo tema que como un prisma conceptual. Como subraya Toupin, el trabajo doméstico no remunerado se convierte en una forma de ver, en un método para “reensamblar” las experiencias fragmentadas de las mujeres en un análisis coherente del poder. El hogar ya no está al margen de la economía; es uno de sus motores ocultos.
Y con esta cuarta entrega concluiremos de momento aunque debemos seguir porque necesitamos comprender lo que está ocurriendo en estos momentos. Esta cuarta entrega aterriza en constataciones que nos pueden ayudar a pensar desde la agencia cómo afrontar este neoliberalismo y sus políticas autoritarias.
Escuchaba hace poco que los feminismos están en un momento de retroceso respecto al auge que vivieron durante el periodo anterior a la pandemia del COVID. Como suele ocurrir, los enfrentamientos internos dentro del movimiento han aportado su contribución a dicho retroceso, pero hay muchos otros desencadenantes y no es menor el hecho de que el ataque de las rebeliones antidemocráticas lo son también contra los feminismos.
La liberación neurodivergente significa cambiar las bases, desmantelar un sistema que hizo que nuestra exclusión no solo fuera posible sino rentable.
El discurso social sobre la discapacidad cambió en algo importante: el problema no somos nosotros, sino el mundo en el que nos vemos obligados a desenvolvernos. Para las personas neurodivergentes, esto fue trascendente. Sobrecarga sensorial, normas de comunicación rígidas, lugares de trabajo diseñados para un tipo de mente, no son hechos naturales, son decisiones. Alguien construyó este mundo, y no lo construyó para nosotros.
Como decíamos, «lo político», es la energía de conflicto de toda comunidad que subyace a la sociedad y crea las bases sobre las que se asienta el orden político, es decir «la política». Los poderes de «lo político» son generados por la comunidad y, ante el entramado de estructuras e instituciones de «la política», conforma la posibilidad de transgredirlas y superarlas. El ámbito de «lo político» no es el de la solución de problemas, sino el de las preguntas1. No obstante, el neoliberalismo arremete y cuestiona ambos ámbitos porque cuestiona los fundamentos de la forma política.
Pero no se queda ahí la cosa, destruir lo político significa desmantelar a la comunidad, a la sociedad. El neoliberalismo, con su defensa de los milmillonarios, sueña con escapar del Estado y huir de lo repulsivo que les parece la idea de lo público. Llevan décadas, como ya hemos dicho anteriormente, practicando agujeros en el tejido social e impulsando que desertemos de lo colectivo. Para evitar los programas de protección social, los derechos socioeconómicos y el gasto en ámbitos como la protección medioambiental, la educación y la sanidad pública, lo más «práctico» es que no haya democracia.
José Ramón Palacios Geógrafo y Maquinista Jefe del Tren AVE (Jubilado)
Anunciada desde el 17 de noviembre de 2003 cuando la Ley del Sector Ferroviario incorporó las Directivas Europeas –91/440 y 2001/12 CE– que aconsejaban “liberalizar el sector para afrontar su desarrollo y modernizaron mediante la privatización y la alta velocidad”, esta ley, aprobada por el PP, recibió enmiendas a la totalidad de la oposición de izquierdas, y tímidos comunicados de los sindicatos verticales, CCOO, UGT y SEMAF, denunciando su “tendencia privatizadora”.
La llegada al poder del PSOE en 2004 aplazó su aplicación hasta que, el 31 de diciembre del 2005, entró en vigor sin modificación alguna, y ahora sí, con la bendición de la izquierda y el aplauso de los sindicatos. Luego, el PP en el año 2015, y el gobierno PSOE-Podemos en 2022, actualizaron sus normas privatizadoras para configurar la vigente Ley del Sector Ferroviario. Cosas de la democracia.
El segundo evento público del CEAG, la jornada «Crítica del malestar», se organizó con la intención de abordar una de las experiencias que más impacto tiene en la vida cotidiana de la clase trabajadora actual: el malestar emocional. El presente texto pretende dar cuenta de mi intervención en dicho evento, una charla que titulé «Salud mental y capitalismo: una reflexión de Mark Fisher».
En este texto, recurriré al pensamiento de Mark Fisher para explorar la relación que existe entre el sistema socioeconómico en el que vivimos y el malestar psicológico. Para ello, presentaré en primer lugar el concepto de realismo capitalista antes de abordar los temas de la organización del trabajo y el estado de la cultura dentro del realismo capitalista, con un objetivo: ver cómo su estado actual influye en el deterioro de nuestro bienestar psicológico.
Pese a nuestro escepticismo y rechazo hacia las democracias liberales, las rebeliones antidemocráticas que crecen a nuestro alrededor suponen un ataque en toda regla a lo político, lo social, el bien público, el igualitarismo y la justicia social en nombre de la libertad y la moralidad tradicional.
El ataque neoliberal tiene como objetivo «lo político» puesto que es lo que sostiene la posibilidad de la democracia, entendida como gobierno del pueblo. Hay una diferencia importante entre «lo político» y «la política», esta segunda se refiere a las instituciones, coincide con los Estados y se identifica con las particularidades del poder político.
El Neoliberalismo lleva unas cuantas décadas extendiéndose por el mundo sin que haya encontrado una oposición importante en el terreno institucional. Más resistencia y lucha ha encontrado en la calle: movimientos antiglobalización de la década de los noventa del siglo XX y movimientos de las plazas contra la crisis financiera mundial y la recesión económica de 2008 que generaron una profunda crisis social.
En el terreno institucional, da igual que haya gobernado el conservadurismo que la socialdemocracia, desde la década de los ochenta del siglo pasado, el neoliberalismo se ha ido imponiendo aun cuando ha ido evolucionando e integrando nuevos elementos. Por ese motivo, algunas autoras hablan de que actualmente está en «ruinas»1 si se atiende a cómo fue concebido en su origen.
La tragedia de Adamuz y el colapso de la red de “Rodalies” de Cataluña constituyen —tras el accidente de Angrois— el episodio más grotesco y dramático de la “nueva era ferroviaria” proclamada al unísono por la casta política hispano-catalana, la oligarquía del cemento y las élites mundializadoras. En esta sociedad del riesgo, de la que hablaba Ulrich Beck, la Alta Velocidad se añade a la lista de peligros y amenazas socio-ambientales en la que figuraban los transgénicos, los gases de efecto invernadero, las renovables industriales, los cables de Muy Alta tensión, las centrales nucleares y la industria agroalimentaria. La ciencia y la tecnología de la posmodernidad no son neutrales. Al contrario de lo prometido, a tecnologías más altas, menor bienestar y mayores riesgos. Eso es particularmente verdad en materia de infraestructuras innecesarias. El liderazgo español en esa clase de despropósitos muestra la persistencia de la mentalidad desarrollista heredada del franquismo en la política profesionalizada de cualquier color, un caso extremo de irresponsabilidad cuyos nefastos resultados han quedado bien a la vista. La Alta Velocidad nunca fue sostenible, puesto que la sociedad que la pone en marcha no lo es. Tampoco es ni mucho menos eficiente y segura, tal como indican la impuntualidad diaria, la aparición de decenas de puntos críticos y el creciente número de incidencias, y no parece que sea el futuro feliz de la movilidad ciudadana.
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