Mucho antes de que expresiones como “crisis de vivienda”, “fondos de inversión” o “sindicato de inquilinos” formaran parte del lenguaje cotidiano, Barcelona vivió una de las mayores rebeliones por la vivienda de su historia. En el verano de 1931, decenas de miles de familias obreras dejaron de pagar el alquiler. La protesta nació de los barrios, estuvo impulsada por el Comité de Defensa Económica vinculado al Sindicato de la Construcción de la CNT y convirtió cada desahucio en un conflicto colectivo.
Para entender, si es que ello es posible, la evolución del precio de viviendas y alquileres (1), hay que irse al franquismo, porque los informes que cada década sacan sobre el estado de la juventud, mencionan «la herencia cultural». Por nombrar un inicio: el Plan Nacional de la Vivienda del año 54. El ministro de Vivienda, José Luis Arrese (falangista) y algunos más pensaron que si conseguían que los trabajadores tuviesen una casita propia, acciones en las empresas y deudas alargadas, no desearían sublevarse más contra sus patrones.
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