El Ártico ha dejado de ser una periferia congelada del sistema mundial para convertirse en uno de los principales escenarios de la crisis contemporánea. Groenlandia, en particular, se sitúa hoy en el cruce entre colapso climático, extractivismo, militarización y competencia entre grandes potencias. Lo que se presenta en los discursos oficiales como un debate técnico sobre seguridad, desarrollo o soberanía es, en realidad, la actualización de una lógica histórica de dominación estatal y acumulación capitalista.
Entender lo que ocurre en Groenlandia exige ir más allá de los titulares geopolíticos y situar el conflicto en una perspectiva crítica que cuestione no solo quién controla el territorio, sino qué formas de poder, de organización social y de relación con la naturaleza se están imponiendo.
Es 16 de junio de 1951. El explorador francés Jean Malaurie avanza en trineos tirados por perros por la costa noroeste de Groenlandia. Había llegado solo, de forma impulsiva, con unos escasos ahorros del CNRS, oficialmente para trabajar en los paisajes periglaciales. En realidad, este encuentro con pueblos cuya relación con el mundo era de otra naturaleza forjaría un destino singular.
Ese día, tras largos meses de aislamiento entre los inuit, en el momento crítico del deshielo, Malaurie avanza con algunos cazadores. Está agotado, sucio, demacrado. Uno de los inuit le toca el hombro: “Takou, mira”. Una espesa nube amarilla se eleva hacia el cielo. A través del catalejo, Malaurie cree al principio que se trata de un espejismo: “una ciudad de hangares y tiendas de campaña, de chapas y aluminio, deslumbrante bajo el sol entre el humo y el polvo […] Hace tres meses, el valle estaba tranquilo y desierto. Había plantado mi tienda, un día claro del verano pasado, en una tundra virgen y llena de flores”.
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