1. La exhibición del enemigo imperial cautivo materializa el monólogo autocrático de un poder que se celebra a sí mismo. En la imagen del líder encadenado, el espectáculo unifica la mirada global para proyectar una victoria inapelable: el imperio y su policía encarnan la única realidad posible. Este dispositivo devora al individuo en su propio flujo, colonizando su conciencia y estableciendo como horizonte exclusivo la aceptación de su supremacía y la subordinación absoluta a este orden.
Rechazar las políticas de Donald Trump no implica —ni debería implicar— apoyar dictaduras como la de Nicolás Maduro.
Las libertades se defienden con coherencia: el autoritarismo se rechaza venga de donde venga, sin dobles estándares ni simpatías tácticas.
Oponerse a discursos de odio, xenofobia o políticas dañinas en Estados Unidos no obliga a cerrar los ojos frente a la represión, la corrupción y las violaciones de derechos humanos en Venezuela. Trump esta debilitando la democracia de su país y ha desatado una cacería y deportación de migrantes. Maduro no es mejor: Ha expulsado a un tercio de su población, tiene la cantidad de presos políticos más grandes de la región, su élite se ha enriquecido mientras el pueblo se encuentra en la miseria y está siendo investigado por la Corte Penal Internacional por crímenes contra la humanidad.
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