La fraternidad universal frente al Estado-nación

El internacionalismo como aspiración moral y política

Desde sus orígenes, el anarquismo es internacionalista, al igual que lo fue la corriente socialista marxista, aunque ésta traicionaría pronto esa condición en su praxis política. Desde el punto de vista ácrata, es tan sencillo como considerar que las fronteras políticas, las naciones, son una evidente consecuencia de la existencia de Estados; por lo tanto, las naciones y las identidades colectivas son también fruto de una degeneración autoritaria y violenta de la sociedad.

El internacionalismo hunde sus raíces en la Antigua Grecia, con los filósofos cínicos y estoicos y su visión de la humanidad como un todo natural y moral; el anarquismo observa esta tradición filtrada por la herencia ilustrada y crea una de los componentes esenciales de su filosofía social. En el anarquismo, a diferencia del marxismo y su visión histórica, se considera el internacionalismo o cosmopolitismo como un hecho natural y, sobre todo, como una exigencia ética. Estado, nación y patriotismo se observan estrechamente vinculados a un gobierno y al enfrentamiento entre los pueblos a través de los ejércitos, fuerzas armadas que se encargan de la defensa de la identidad nacional. El nacionalismo se observa desde el anarquismo como un mistificación política, un valor supremo creado artificialmente por lo Estados, que acaba anulando al individuo; se identifica, al menos en los orígenes decimonónicos, con la clase burguesa, mientras que el internacionalismo debería ser inherente a la clase trabajadora.

Carlos Malato, en La filosofía del anarquismo, considera que la humanidad en su desenvolvimiento ensanchó el círculo en que se encontraba encerrada primitivamente: la necesidad fisiológica impuso la agrupación familiar y la reproductiva dio lugar a la tribu, entre los nómadas, y la ciudad entre los sedentarios. Existirían a partir de ahí dos tradiciones en la historia de la humanidad: la federación de pueblos libres, en una, y el Estado en la otra. La visión histórica de este autor, tal vez demasiado lineal, observa el nacionalismo como un progreso frente al provincialismo medieval; sin embargo, el patriotismo en la modernidad sería sinónimo de conservadurismo y son los partidarios de la federación de pueblos libres, del internacionalismo o de la patria única, los movidos por un impulso progresista, noble y generoso. Esta intención no supone quebrar de forma bárbara las costumbres y las lenguas de los diferentes pueblos, sino buscar afinidades naturales y aspiraciones comunes. Los anarquistas no desean acabar con la cohesión y solidaridad entre los integrantes de una misma región, sino superar los obstáculos y extender esos valores al conjunto de la humanidad.

Así, la visión anarquista sobre el nacionalismo es obviamente negativa, con el afán de superar la estrecheces del patriotismo y de las identidades colectivas, y con el objetivo de buscar los lazos de colaboración entre los pueblos expandiendo la libertad y la cultura; no obstante, al igual que ocurre con la religión, el concepto de nacionalismo no resulta unidimensional, pero sí parece una evidente antítesis de la aspiración ácrata al encontrarse asociado a la creación de un Estado para administrar los intereses de una región. Ya Proudhon observaba la nación disociada del Estado, como parte constitutiva de su federalismo político y un elemento clave en la construcción del internacionalismo en la sociedad futura; su visión era flexible y descentralizadora, ya que lo que entendemos como nación debía estar sustentada en otras entidades autónomas como la región, el municipio o el barrio. En Bakunin, no existía otra “liberación nacional” posible que la que se encuentra unida a la revolución social antiestatista y federalista, situando la voluntad consciente del pueblo por encima de cualquier derecho político o histórico; la nación sería para los pueblos, lo mismo que la individualidad para cada ser humano: un hecho natural y social y un derecho a pensar, a hablar, a sentir y a comportarse de una manera propia enfrentado a unos Estados capaces de anular esa libertad, tanto en naciones como en individuos.

La visión de Kropotkin, no muy lejos de la de Bakunin, insistía en que los anarquistas debían hacer todo el énfasis posible en la cuestión social y económica en los llamados movimientos de liberación nacional antiimperialistas. Con Rudolf Rocker, testigo ya de los totalitarismos del siglo XX, sí asistimos a una nítida aversión al nacionalismo al ver detrás de él una clara voluntad de poder y al considerar que el aparato estatal y la idea abstracta de la nación parten del mismo tronco; la separación entre pueblos tiene su origen y su fortalecimiento en la expresión política estatal. Es sabida la divergencia que realizaba Rocker entre nacionalismo y cultura, en su obra de idéntico título, ya que consideraba que era mucho más influyente en el individuo su entorno intelectual que el llamado “espíritu nacional”; éste, unido a su vertiente política, posee las mismas aspiraciones de dominio. En Rocker y en el anarquismo, la separación entre pueblo y nación es tan clara como entre sociedad y Estado; incluso, hay que considerar según el alemán que la nación es una consecuencia del Estado, y no a la inversa. La conciencia nacional, al igual que la religiosa, es una imposición artificial del entorno ambiental y educativo, un claro obstáculo para la emancipación universal. El nacionalismo es, desde este punto de vista, claramente reaccionario, una creación cultural apriorística que subsume al individuo en la categoría de sujeto colectivo y lo relega a una condición histórico-cultura estrecha y parcelada. El propio Rocker consideraba el nacionalismo como la religión del Estado.

Erich Fromm, que observaba al ser humano de una manera admirablemente amplia y analizaba sus males desde puntos de vista tanto sociales como sicológicos, insistía en la necesidad del internacionalismo y de la fraternidad universal (esa solidaridad que desean primar los anarquistas en el desenvolvimiento social y político). Ésta, es sobre todo una aspiración ética, que pasa por la comprensión de la realidad material, social y sicológica de las personas, y que se ve obstaculizada por naciones y Estados, entre otros problemas. La superación de las fronteras es un objetivo físico y político, pero también intelectual y moral.

J. F. Paniagua

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