Moda en tiempos de crisis

No está de más hablar un poco de moda en estos tiempos tan revueltos, con presencia de fachas, seguratas, rompepiquetes, desocupas y en general uniformados de porra y nómina a porrillo, que disfrutan de una completa sensación de impunidad. Por supuesto que hay que hacerles ver que no estamos indefensos y que somos propensos a resistir todo tipo de arbitrariedades, y que por nuestra simple presencia, somos capaces de mostrar que sus actos, sus discursos y su propaganda tienen una respuesta con nuestros cuerpos. Porque nuestros cuerpos en movimiento son actos, discursos y fuerza allí donde estén. Y por mera potencia gravitatoria, impedimos que esa basura ideológica se extienda.

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Fernando Fernán Gómez. Centenario del nacimiento del director ácrata del cine español

Este año se cumple el centenario del nacimiento del director de cine Fernando Fernán Gómez, un personaje que va unido al arte cinematográfico español. Nacido según su historia familiar en Lima (Perú), aunque en su partida de nacimiento reflejara Buenos Aires (Argentina), debido a que su madre, que era la actriz Carola Fernán Gómez, se encontraba de gira artística por América Latina. No reconocido jamás por su padre, el también actor Fernando Díaz de Mendoza, fue criado por su madre y su abuela en España. Comenzó a estudiar Filosofía y Letras justo antes de estallar la Guerra Civil española, por lo que tuvo que dejar sus estudios universitarios y se inició en su verdadera vocación profesional como actor de teatro. Se inició junto a otros futuros profesionales como Manuel Aleixandre recibiendo clases en la Escuela de Actores creada por la CNT en Madrid durante los años del conflicto bélico, y de hecho en su archivo personal aún se conserva su carnet de anarcosindicalista en aquella época. Se estrenó como profesional del teatro en 1938 en la compañía de Laura Pinillos; donde lo descubrió Enrique Jardiel Poncela, quien le dio su primera oportunidad en una de sus obras como actor de reparto dos años después en 1940. Ese dramaturgo adaptó para él un papel, el de Peter el Pelirrojo, en la obra Los ladrones somos gente honrada, estrenada en el Teatro Calderón de Madrid en 1941.

Durante los años del Franquismo se consolidó como actor de cine fundamentalmente, participando en decenas de obras cinematográficas tanto de comedia como drama que le llevaron a tener un gran reconocimiento y fama a nivel estatal. Con el paso de las décadas perfeccionó su innata vocación actoral, pero también desarrolló su ingenio como creador de películas y guiones de teatro. En su dilatada trayectoria artística dejaba continuados guiños al mundo libertario que siempre valoró y atesoró en su corazón. Tanto es así, que regresó como afiliado de la CNT tras su legalización, y caminando biográficamente desde 1973 junto a su compañera de vida, Emma Cohen, ambos participaron en el mítin de Montjuïc de la CNT en Barcelona en 1977. Durante su dilatada vida continuó defendiendo las ideas anarquistas hasta en su muerte el 21 de noviembre de 2007. Fue muy simbólico en su funeral ver desfilar a destacados líderes políticos españoles y muchas personas del mundo de la cultura y el cine ante su féretro cubierto por una bandera rojinegra.

En este año 2021, además, la editorial Capitán Swing, reeditó El tiempo amarillo, la memorias personales de Fernando Fernán Gómez, un actor conocido genuinamente por sus dos apellidos, que son ambos maternos, una rareza de un personaje que a nadie dejaba indiferente. Recordado por muchos como ese abuelo gruñón y cascarrabias en que se encasilló su personalidad mediática, tenía una concepción individual y libertaria del mundo cómico. Alguien que levantaba sus brazos y entrelazaba sus manos como saludo en público en la entrega de los Premios Goya del cine, un gesto que simboliza el concepto del apoyo mutuo.

‘Lo que siento por la anarquía, por la acracia, es una enorme curiosidad o una esperanza. El resto de opciones políticas no me satisfacen, están basadas en el engaño. Todo lo que no se dedica a la revolución es tiempo perdido – Jean Genet – pero reconozco que para eso hace falta tener unos cojones que yo no tengo. Yo no me he atrevido nunca a ser un revolucionario y creo que no hacerlo es una cobardía, pero es una cobardía que asumo.’
Fernando Fernán Gómez

Todo por hacer
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La otra ley del número

Hace 122 años, en 1899, Ricardo Mella publicaba en Vigo el folleto La ley del número, uno de los textos más importantes y divulgados de la obra del anarquista gallego que, fundamentalmente, ataca los puntos de flotación del sistema parlamentario y reivindica un sistema de gobernanza federalista donde las mayorías no impongan sus criterios de manera aplastante.

Desde mucho antes de esa fecha, quizá incluso desde la conformación de las primeras organizaciones gremiales y obreras que pelearon por mejorar la condición de la clase trabajadora desde los inicios del capitalismo, siempre ha existido una tensión entre las distintas maneras de entender el movimiento popular que también ha tenido su corolario en la sociología organizativa del obrerismo. Por un lado, siempre hemos encontrado valedores de las organizaciones de base amplia, numéricamente potentes, con mucha capacidad de atracción para sectores dispares de la clase trabajadora y gran potencial de influencia y transformación social. Por otro lado, esta mirada siempre ha sido contestada por apuestas que han privilegiado la organización en torno a grupos pequeños de gente, teóricamente muy capacitados, con militancias muy cercanas a lo que hoy en día se conoce como activismo y con poco interés por sumar gentes diversas a sus proyectos políticos.

En el ámbito del movimiento libertario ambas visiones han convivido históricamente y, de hecho, algunos de los modelos de organización social del anarquismo han partido de análisis que han tenido muy en cuenta el potencial organizativo del movimiento libertario en un momento determinado y un territorio concreto. Solo hay que pensar en el contexto político del que parte el anarcosindicalismo francés a finales del siglo XIX para entender la forma en que un sector del anarquismo galo reaccionó ante el agotamiento de un ciclo movilizatorio, el de la propaganda por el hecho, que ya no daba para más y se había demostrado incapaz de movilizar a grandes masas de trabajadores.

A día de hoy, las organizaciones libertarias, también aquellas que están insertas en el movimiento obrero, están atravesadas por esos mismos debates y, en buena manera, sus diferencias vienen de las distintas formas de entender la sociología deseable de la organización obrera. De hecho, en el terreno del sindicalismo revolucionario estamos viendo como, aun de manera silenciosa, parte de las organizaciones que se reclaman como anarcosindicalistas están viviendo un notable proceso de rearme que está teniendo como primera consecuencia su mayor presencia y capacidad de influencia en determinados sectores laborales, algunos de ellos muy precarizados y machacados por el capitalismo, todavía más desrregulado, posterior a la crisis de 2008.

No cabe duda de que, a pesar del ruido mediático que generan determinados procesos internos vividos recientemente en el conjunto de todas estas organizaciones, hoy en día estamos viendo como organizaciones como Solidaridad Obrera, CGT y CNT no paran de crecer en algunos territorios y sectores laborales concretos. Esto se produce, además, en un contexto en el que la imagen pública de los sindicatos se ha degradado terriblemente y la pérdida de influencia de los grandes sindicatos es evidente. Este aumento numérico, que ha provocado que CNT haya duplicado su afiliación en los últimos diez años o que CGT haya ganado un importantísimo tejido de secciones y sindicatos en todo el conjunto de Cataluña, ha venido acompañado también de una ampliación, renovación, feminización y aumento de capacitación de sus cuadros militantes, lo que ha favorecido el aumento de su capacidad de organización sindical y su mayor capacidad de visibilización e influencia en determinados sectores laborales, pero también sociales.

Por otro lado, este proceso de crecimiento numérico se ha visto acompañado a su vez de la proliferación de numerosas alternativas de organización social de carácter barrial y territorial, los llamados sindicatos de barrio, que por un lado han venido a fortalecer el músculo organizativo de sectores sociales generalmente desamparados por los grandes sindicatos y, por otro, han contribuido a dignificar y poner en valor el sindicato como propuesta de organización de organización válida para el siglo XXI. Este rearme coincide al mismo tiempo con un contexto internacional en el que un nuevo ciclo de luchas parece abrirse paso, incluso en los Estados Unidos, haciendo frente a los procesos de reajuste del capitalismo que están destruyendo la vida en el planeta.

Finalmente, todo este proceso de rearme sindical, que ha posibilitado, por ejemplo, la consolidación de CGT como alternativa de organización sindical en Cataluña o la multiplicación de la conflictividad sindical provocada por la CNT, está provocando amplias transformaciones en la manera de enfrentar las luchas comunes de los de abajo. Por un lado, el empuje del sindicalismo feminista y la proliferación de sindicatos de base amplia que operan en sectores ultraprecarizados, ha favorecido el establecimiento de alianzas entre sectores muy diversos de la clase trabajadora. Esta convergencia, planteada en algunas ocasiones bajo el paraguas de la interseccionalidad de las luchas, está favoreciendo que la acción social de las organizaciones obreras se oriente hacia sectores donde el sindicalismo vertical no llega, lo que está contribuyendo a la autoorganización de capas cada vez más amplias de la población obrera.

Dicho esto, parece claro que en buena medida se ha roto con una inercia organizativa que, volviendo al principio, estaba favoreciendo la aparición de un modelo de sindicalismo revolucionario vacío de contenido y de sentido, ya que no tiene amplias masas de trabajadores y trabajadoras detrás. En ese sentido, cabe preguntarse hasta qué punto podemos hablar de sindicatos cuando, más allá de sus estructuras burocráticas y autorreferenciales, no pasan del puñado de afiliados, carecen de influencia en las empresas y ni siquiera mantienen una actividad sindical que salte del conflicto puntual de alguno de sus militantes. Qué sentido tiene, seguimos, hacer brindis al sol pidiendo, por ejemplo, la convocatoria de una huelga general indefinida y revolucionaria, si se ha renunciado a trabajar seriamente en el frente laboral y nuestra actividad solo se hace de cara a los cuatro militantes convencidos o a través de redes sociales (donde además solo se critica a las organizaciones cercanas). Qué sentido tiene mantener una estructura organizativa, pesada y burocrática, que apenas si federa gente y que, para más inri, se vende como un logro. Que cada uno haga sus cábalas…

En un contexto tan duro como el actual, cuando los sectores más reaccionarios de la sociedad están ganando fuerza y el capitalismo está robando nuestras vidas de mil maneras distintas, necesitamos organizaciones obreras que estén a la altura de las circunstancias, agrupando en su seno a sectores cada vez más amplios y diversos de la clase obrera, favoreciendo la autoorganización en los sectores más precarizados y plantando cara a la dictadura empresarial que nos machaca en nuestro día a día. Eso solo lo conseguiremos con organizaciones fuertes, que trabajen de manera estratégica y colaborando entre sí donde se pueda, poniéndose al servicio de los trabajadores y trabajadoras y mirando de cara a sus problemas, ofreciendo alternativas y dejando atrás los lemas vacíos, los discursos autorreferenciales y el identitarismo a ultranza. Y lo necesitamos ya.

Trabajador anarcosindicalista

Tomado de: https://portaloaca.com/opinion/15712-la-otra-ley-del-numero.html

REVOLUCIÓN MÉXICO ZAPATA

Revolución mexicana y ejército libertador zapatista. Tierra y libertad para los campesinos

La Revolución mexicana fue un acontecimiento histórico de primer calibre iniciado en el año 1910 y con grandes repercusiones internacionales. Supuso la creación de un espacio de ruptura política con acciones, tiempos y protagonistas diversos; entre los que destacarían Emiliano Zapata o Pancho Villa. Un documento político clave en la conformación ideológica del Ejército Libertador del Sur, conocido como el Ejército Zapatista, salió a la luz el 25 de noviembre de 1911. El manuscrito conocido como Plan de Ayala fue un documento que sentaba las bases de Tierra y Libertad, la reclamación fundamental de los campesinos mexicanos, y fue el documento más influyente por su carácter social y revolucionario en la posterior Constitución mexicana de 1917.

Conflictividad social y la propiedad de la tierra antes de la Revolución mexicana

En el año 1910 un 0,2% de propietarios poseía el 85% de las fincas rústicas mexicanas, existían 10 mil haciendas de más de 100 ha. de extensión cada una. Se había concentrado una cantidad ingente de tierras despojadas a las comunidades indígenas en muy pocas manos a lo largo de decenas de años, aunque fue principalmente durante el periodo dictatorial conocido como el Porfiriato (1876-1911) cuando se profundizó la rapiña de tierras comunales. La inversión extranjera para la incipiente industria y la construcción del ferrocarril revalorizaron la tierra. A finales del siglo XIX, ante el avance de los especuladores y negociantes, se produce la total pérdida de la tierra de manos de las comunidades, siendo la fuente fundamental de la acumulación capitalista.

Un problema endémico con la tierra en México se extendía a lo largo de todo su territorio, aunque esta tendencia venía ya proyectada desde el expolio de tierras en época colonial española. El anarquista mexicano Ricardo Flores Magón anuncia desde muy principios del siglo XX la necesidad de una transformación agraria profunda. El descontento de los campesinos indígenas desposeídos de la tierra como único medio para su forma de vida y supervivencia les liga más si cabe a la reivindicación de la misma. A finales del siglo XIX se producen decenas de pequeños levantamientos por la tierra, y continuará sucediendo así hasta la irrupción de la Revolución mexicana. El levantamiento social campesino es la perspectiva histórica idónea para acercarse al proceso revolucionario mexicano y no el estudio de los gobiernos sucesivos y las luchas entre facciones militares posteriores, pues esa perspectiva nos conduce a la contrarrevolución impuesta oficialmente a través del autoritarismo institucional. También influirán notablemente las luchas obreras de 1906-1907, que iniciaron un ciclo de revueltas sociales precursoras de la revolución.

El plan del político Francisco Madero para acabar con el periodo de gobierno de treinta años del militar mexicano Porfirio Díaz el 20 de noviembre de 1910 es un fiasco, porque finalmente no llegan las armas convenidas desde el norte del territorio. Se inicia así un conflicto que dará lugar a la denominada Revolución mexicana. En marzo de 1911, Estados Unidos actualizó el plan de guerra contra México para defender los intereses económicos en el país vecino. Se contemplaba utilizar divisiones terrestres desde la frontera norte y divisiones navales para ocupar los principales puertos de ambas costas mexicanas. El objetivo era realizar un bloqueo mercantil efectivo, al mismo tiempo que se establecían corredores bajo control estadounidense para defender algunas compañías empresariales estadounidenses, casas manufacturadas, minerías y otras industrias.

Levantamiento zapatista en el territorio de Morelos, el Ejército Libertador del Sur

En el sur mexicano los campesinos desposeídos de tierras articularon una fuerza unitaria de levantamientos locales en febrero de 1911, y el enfrentamiento abierto con las fuerzas porfiristas. En Morelos, Emiliano Zapata y sus hombres se levantaron en armas llamando a la insurrección social, fue una proclama desafiante que retó a las fuerzas de Porfirio Díaz. Las cárceles se abrieron, los caciques fueron fustigados y los archivos administrativos de propiedades privadas fueron quemados; una auténtica rebelión de los pueblos que reclamaban la devolución de tierras.

El zapatismo logró una inaudita unidad, las columnas rebeldes se desplazaban de pueblo en pueblo, uniéndose a la tropa insurrectos locales y ampliando así el número de nuevas gentes adheridas al ejército libertador en el sur. Este crecía de manera tan increíblemente rápida, tanto es así que tan solo dos semanas después del levantamiento generalizado, se necesitaba una mayor logística para mantener un ejército de ese calibre. Se generó una experiencia social revolucionaria inédita y todo el mundo se unía gustosamente a la lucha.

Este ejército libertador se funda oficialmente en el municipio de Jolalpan, en el estado de Puebla, en marzo de 1911, nombrando a Emiliano Zapata, un simple campesino mexicano, como líder del movimiento. Se potenciará el carácter ofensivo de la rebelión de los pueblos en el campo social y la defensa de su honradez frente al enriquecimiento de los hacendados. Se produce entonces la toma de la ciudad de Cuautla en mayo de 1911 como respuesta al intento porfirista de lograr una pacificación. El pueblo derrotó a uno de los regimientos militares mejor preparados del porfiriato, marcando un hito sin precedentes. La victoria popular aumentó la firmeza en la lucha, pues los despojados sentían que podían tomar las tierras directamente sin un gobierno intermediario. La energía del estallido social se fue moviendo en una rápida propagación hasta la toma de Cuautla, y esta corriente se difundía en paralelo a una red que brindaba mayores posibilidades.

A finales de la primavera de 1911 continuaron las victorias en todo el territorio y que fueron posibilitando la revolución campesina mexicana, mientras que hacendados, capataces y jefes políticos huían o se mostraban implorantes. Uno de los hechos más interesantes que se dio en este proceso fue que primero se desarrolló la práctica revolucionaria, y luego se materializó su teoría en el documento manuscrito conocido como Plan de Ayala.

Las cortas distancias entre los pueblos y la gran densidad poblacional fueron buenas condiciones del territorio para la propagación del zapatismo. Sin embargo, este hecho también tenía sus desventajas, puesto que sus enemigos políticos contaban con numerosas sedes locales, con lo cual asaltar una de ellas solo permitía lograr una reducida cantidad de armamento para todo un ejército tan numeroso. Además, los zapatistas tuvieron que encargarse de sabotear el telégrafo y el ferrocarril para impedir unas buenas comunicaciones de sus enemigos porfiristas, mientras ellos hacían desplazamientos rápidos en grupos de hombres montados a caballos. Un hecho que fue bastante favorable para esta extensión del levantamiento revolucionario fueron las redes culturales o los nodos sociales comunes en la cosmovisión indígena; por ejemplo, el lugar conocido como Tepeyac, que era nodo de reunión de diversas culturas desde época prehispánica. Estas tradiciones permitieron el contacto entre poblaciones a raíz de su vinculación cultural.

Plan de Ayala en noviembre de 1911. Magonismo y zapatismo unidos por la Tierra y Libertad

En zonas zapatistas se daban distintos conflictos creados por el propio porfiriato y por los capitalistas en su interés por promover aquellos negocios y usos del suelo al servicio de la acumulación de capital durante el siglo XIX. De esta manera había conflictos abiertos entre las zonas de producción azucarera, y las de producción de maíz, existiendo también algunas zonas dedicadas a la minería o a la implantación fabril de industrias. Para los zapatistas la milpa (parcela sembrada) era sustento de vida y lucha principal de la cotidianidad agraria frente a la industria azucarera impuesta por el hacendado y el empresario industrial. La siembra del maíz fue despojada en favor de las cañas de azúcar, de la explotación de los recursos acuíferos y los bosques. El enemigo por lo tanto tenía la figura del empresario católico y racista que humillaba a la población, encontrando grandes similitudes con el antiguo propietario colonial.

El Plan de Ayala fue escrito por Emiliano Zapata y Otilio Montaño, es un manifiesto político elaborado en Morelos y que suponía la ruptura ideológica con el iniciador de la Revolución mexicana, el entonces presidente Francisco Madero, por traicionar la causa campesina. Además, pone por escrito las demandas agrarias de la rebelión zapatista: la restitución de tierras a quienes habían sido robados durante el Porfiriato y la redistribución de las grandes haciendas en propiedad de una minoría privilegiada.

El magonismo de tendencia anarquista y el zapatismo agrario tenían grandes posibilidades de diálogo por sus semejanzas y diferencias, condiciones ambas necesarias para dinamizar el pensamiento y la cultura. El zapatismo rompió los monopolios tanto de la tierra como del ganado y otros medios de producción, además se establecieron fábricas nacionales y labores para el sostenimiento de la tropa del ejército, los enfermos y dependientes de la sociedad. Propusieron en 1915 nacionalizar el petróleo y la minería, y construyeron la unidad de la liberación social y nacional como clave de la lucha del Ejército libertador del sur. El magonismo tuvo una importante influencia en los escritos y acciones zapatistas, así como la conocida consigna de ‘Tierra y Libertad’, atribuida a Ricardo Flores Magón, y símbolo desde entonces de la vinculación ideológica con el zapatismo revolucionario.

Una importante vertiente del magonismo se sumó al Ejército Libertador del Sur, y participaron activamente en las estrategias de acción programadas por el zapatismo. Por ejemplo, en el plan de ataque a la Ciudad de México en 1913, o en el año 1914 en la toma de Guerrero, Morelos y Puebla. La aportación del magonismo es, por lo tanto, ideológica y militar igualmente. La revolución mexicana continuó varios años, siendo perseguidos tanto el zapatismo como el magonismo por situarse como movimientos disidentes contra las fuerzas constitucionalistas, que se convertirían en las nuevas autoridades del país mexicano. No obstante, la internacionalización del zapatismo fue un hecho en otras latitudes de América Latina, así como su influencia hasta la actualidad en la conformación del neozapatismo y la red de municipios autónomos en el territorio de Chiapas en el sureste mexicano.

Todo por hacer
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La libre indagación

Siempre han existido personas que se han esforzado en pensar libremente, no solo en considerar que la idea de Dios es simplemente un invento humano, sino en señalar el gran mal que se ha hecho en su nombre. Desgraciadamente, no se puede averiguar mucho de estas personas, ya que han estado sometidas normalmente a la aniquilación o al ostracismo. De igual modo, es posible que muchos creyentes en apariencia fueran en realidad escépticos o librepensadores con miedo a proclamar su auténtico pensamiento en contextos muy represivos. Sigue leyendo

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El inverecundo Felipe González y el neoliberalismo

Recientemente, el inicuo expresidente de este bendito país, Felipe González, hizo las siguientes declaraciones: «El neoliberalismo ha sido una deformación que ha generado mucha desigualdad en la redistribución del ingreso». ¿Se puede ser más caradura? A propósito de esto, conviene recordar lo que es la historia reciente de este indescriptible país, por un lado, así como por otro la del propio liberalismo (no especialmente fácil de trazar). Sobre esta última, resulta especialmente irritante que los «liberales» patrios rechacen el uso del prefijo ‘neo’ ya que, claro, pretenden trazar una historia del liberalismo desde los clásicos, como Locke y Adam Smith, pasando por Hayek y llegando hasta lo que ellos digan. Como se supone que los que sostienen este discurso no son abiertamente idiotas, hay que deducir que hablamos de simples canallas, con poca o ninguna vergüenza, que sencillamente quieren justificar un capitalismo sin barreras, que sume a gran parte de la población en la indigencia. No daremos nombres, de momento, aunque uno de ellos es un prestigioso literato de dudosa ética personal. Sobre la historia del liberalismo, en el polo opuesto, hay quien se ha esforzado en señalar que el origen de esta filosofía se encuentra principalmente, no en el individualismo y en el lucro personal, sino en la búsqueda de la tolerancia, la pluralidad e, incluso, lo que haría torcer el gesto a ciertos liberales, en la virtud y el sentido comunitario.

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Anarquismo individualista en España durante la Dictadura de Primo de Rivera y la Segunda República.

Banderas e identidades colectivas

Uno posee una profunda aversión por las banderas, los himnos y toda suerte de símbolos de identidad colectiva; soy consciente de que exagero, pero es más fuerte que yo, y creo que nunca mejor dicho. Esto es extensible, ya que uno es coherente hasta la extenuación en sus manías, a la cuestión ácrata. Es más, hace muchos años, cuando el que suscribe era joven e ingenuo (sigo siendo ambas cosas, por supuesto), participó en la creación de una publicación libertaria y no se me ocurrió otra cosa que proponer el bonito nombre Sin bandera. El caso es que la revista duró unos cuantos números, con esa misma denominación de cabecera, pero el asunto no estuvo exento de polémica, ya que hay quién afirmó con rotundidad que, por supuesto, los anarquistas también tienen bandera. Leo un artículo reciente, en la imprescindible publicación libertaria actual Todo por hacer, en el que se sostiene que es un pensamiento erróneo muy extendido creer que los ácratas no entienden de banderas ni estandartes, ya que sencillamente son símbolos que representan a una comunidad de personas organizadas con unos intereses comunes, pero no necesariamente a Estados-nación ni a ningún tipo de idea autoritaria o grupo basado en alienantes identidades colectivas. Para exponer su argumentación, el texto abunda en dispares ejemplos más o menos libertarios y no solo en la bandera negra o rojinegra: la Comuna de París, la Makhnovia en Ucrania, Rojava en el Kurdistán, comunidades zapatistas en México o las mismísimas colectividades españolas de 1936.

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Marx y los anarquistas

El anarquismo, aunque tenga una extensa prehistoria, nace en la primera mitad del siglo XIX; por lo tanto, al igual que el marxismo, es consecuencia de la Revolución francesa, del triunfo de la burguesía, de la formación de la clase obrera y del desarrollo del capitalismo industrial. Por muchos precedentes que podamos señalar, no podemos hablar de anarquismo explícito antes de Proudhon; dejaremos para más adelante, la primera y significativa controversia que tuvo este autor con Marx.

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Sobre perdones y rancias tradiciones

A escasos días de la fiesta nacional del 12 de octubre, que tan cachondos pone a los reaccionarios de este insufrible país, el muy repulsivo José María Aznar ha hecho gala de su espíritu patriótico y ha reivindicado el legado del imperio hispánico frente a cualquier discurso crítico con el mismo. Como el ego de este fulano es inversamente proporcional a su escasa estatura moral, ha personalizado la cuestión sin rubor alguno afirmando que él no piensa pedir perdón «por defender la importancia de la nación española». También se despachó a gusto contra el actual presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, precisamente por exigir disculpas a España por haber cometido toda suerte de tropelías en la conquista de las Américas. Vaya por delante que lo de estos estadistas progresistas, como el propio López Obrador, me parece una mera pose, ya que mucho habría que hablar de lo que tendrían que reconocer tantas naciones y poderosos sobre toda suerte de iniquidades a los pueblos, por no hablar de los que siguen sometidos en la actualidad.

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Las banderas de los ácratas: vexilología desde la perspectiva libertaria

Hay un pensamiento erróneo muy extendido que dice que el anarquismo no entiende de banderas ni estandartes, que a los libertarios no les representan y se muestra rechazo hacia esos « trapos ». Sin embargo, esa afirmación no puede estar más alejada de la realidad y en este artículo se pretende exponer la idea contraria para enfocar un poco la luz sobre ese asunto. En la historia de los dominadores, las banderas han servido para identificar a nobles, monarcas, imperios, estados-nación; pero también han enarbolado banderas los territorios sin estado, los pueblos indígenas, las comunidades disidentes, movimientos populares… En general, cualquier agrupación de individuos que se organizan y tienen reivindicaciones comunes que quieren dar a conocer a la masa social, adopta unos símbolos de identidad, y muchas veces estos símbolos son en forma de bandera.

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Un espacio en la red para el anarquismo (o, mejor dicho, para los anarquismos), con especial atención para el escepticismo, la crítica, el librepensamiento y la filosofía en general