Archivo de la categoría: Librepensamiento

Democracia y Anarquía. Reflexiones sobre un libro

El libro de Donatella Di Cesare: Democracia y anarquía1 es un libro exigente que obliga a quien lo lee a adentrarse en el significado y etimología de palabras y conceptos de la Grecia clásica analizando, en algunos casos, sus cambios de forma y significado a lo largo del tiempo. La lectura, salvando este obstáculo, es fluida y sencilla.

Di Cesare parte de la actualidad para señalar que la democracia griega se ha ido transformando en un «monumento», un arquetipo inmóvil, un modelo fugaz para poder ser colonizado por las «verdaderas» democracias que son las modernas.

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Remedios existenciales homeopáticos

Recientemente, en este inefable Reino de España, el Ministerio de Sanidad ha concluido algo verdaderamente sorprendente. Esto es, ¡oh, sorpresa!, que no hay evidencia científica que avale la eficacia de la homeopatía en patología alguna. De esa manera, al parecer, se han retirado del mercado más de mil productos relacionados con esta terapia alternativa (también denominada, abiertamente, pseudociencia). Alguien acusará al Gobierno de autoritario e intervencionista, pero yo le daría la vuelta al razonamiento y me preguntaría qué diablos hacen tantos productos a la venta asegurando que pueden sanar dolencia alguna. El caso de la homeopatía no es, tal vez, el más disparatado entre la pléyade de pseudociencias que sufrimos, ya que al menos ofrece una hipótesis sobre la sanación de marras basada en los siguientes aspectos: que lo mismo que te enferma, te sana; que la dosis que hay que administrar debe reducirse a través de reiteradas diluciones a un nivel infinitesimal (lo cual lleva a que el supuesto principio activo sea prácticamente inexistente), y que el tratamiento debe ser particular en cada persona (lo cual siempre he visto como abiertamente contradictorio, precisamente, con tanto medicamento homeopático comercial). He conocido a bastante personas, incluso para mi sorpresa en ciertos ámbitos vamos a llamarles librepensadores, que consumían estos remedios reducidos hasta casi la nada e incluso a algún que otro terapeuta (¡ay, ay!). El que subscribe, para bien y para mal, no suele tener filtros y solía torcer al morro al escuchar según qué teorías, debido a lo cual no tardaban en surgir las acusaciones de poco menos que ignorancia y de cerrazón de mente, entre otras lindezas. Uno que ha recorrido bastante mundo, y tratado a todo tipo de gente con toda suerte de creencias, ha dado con practicantes de la más variadas terapias o como las queramos llamar, ya que la frontera con lo místico y sobrenatural resulta en ocasiones inapreciable.

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Anarquismo y mística: la ecología anárquica como respeto de lo sagrado terrenal

Simón Royo Hernández

«Un hombre justo es aquel que está formado en la justicia y transformado en su imagen»
(Meister Eckhart,
Obras alemanas. Tratados y sermones. II, s. 6, p. 314)


«Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo»
(Fray Luis de León,
Vida retirada. Libro I)


“Ser un filósofo no es sólo tener pensamientos sutiles, ni siquiera fundar una escuela, sino amar la sabiduría y vivir de acuerdo con sus dictados una vida de sencillez, independencia, magnanimidad y confianza. Es resolver ciertos problemas de la vida, no sólo en la teoría, sino en la práctica”
(Henri David Thoreau,
Walden)

La mística equivale al ateísmo porque declara que toda la Naturaleza es sagrada y divina, al modo spinozista, lo que equivale también a decir, entonces, que toda Iglesia es falsa y que todo Papa y Dios trascendente son mentira, y por ese motivo, es la mística, la única espiritualidad compatible con el materialismo anarquista.

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Adios a Dios (y a cualquier otro concepto absoluto)

Como creo que ya he manifestado en alguna de estas magníficas columnas que pongo negro sobre blanco, tengo la (no siempre) sana costumbre de leer y escuchar a gente de todo pelaje. Sé que es una botarate tendencia del ser humano la de solo atender a lo que pueda confirmar sus creencias, pero no es mi caso. Precisamente, como uno es un lúcido ácrata de tendencias nihilistas, se deja guiar por su curiosidad, escepticismo, crítica e incredulidad para ir dando forma a un pensamiento exento de dogmas, ya que el compromiso con los valores, quizá de forma solo aparentemente paradójica, se muestra más sólido desde posiciones no absolutistas y enarbolando una pequeña bandera (figurada, of course!) nihilista. Y, por mucha tabarra que nos den algunos, la historia y el pensamiento ayudan sobremanera a llegar a estas conclusiones. El caso que los intelectuales reaccionarios (valga el oxímoron), vertiente católica, son muy, muy pesaditos nombrando hasta el hastío al escritor y filósofo Chesterton. A este fulano se la atribuye una frase, que sus seguidores fundamentalistas no dejan de repetir hasta la saciedad con orgullo algo estólido; algo así como que, si el ser humano deja de creer en Dios, acaba creyendo en cualquier cosa.

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El mito del libre albedrío y algunas visiones emancipadoras

No pocas veces, se acusa a las ideas anarquistas de tener una confianza exacerbada en una supuesta voluntad libre del ser humano, algo de entrada ya muy cuestionable, que quiere identificarse con la vieja noción de «libre albedrío»; tal posición, no solo es errónea, sino que los anarquistas clásicos hicieron ya una crítica radical a lo que se considera un concepto reduccionista proveniente de la tradición religiosa y señalaron los condicionantes sociales para el ser humano. Para abordar con cierto rigor la cuestión hay que hablar también de otro concepto, aparentemente antitético, el determinismo.

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Simone Weil, la fuerza y el anarquismo

Capi Vidal

Es muy posible que haya quien encuentre a Simone Weil una rara avis en el campo político e intelectual; alguien que se la podía etiquetar de izquierdista radical participando en varias publicaciones al respecto, pero que al mismo tiempo mostró una espiritualidad cristiana acercándose en algún momento al catolicismo, aunque sin llegar a formar parte de una Iglesia que criticó1. Además, no se limitó a la teoría en su defensa de los oprimidos, ya que decidió ella misma, en 1934, comprobar las duras condiciones de las fábricas en Francia, trabajando en algunas de ellas, en 1936 vino a España a luchar al lado de los anarquistas en la guerra civil y a participar en la revolución consecuente (una estancia, finalmente, corta debido a un accidente en su pierna), mientras que, posteriormente, en la Francia ocupada colaboró con la resistencia al nazismo. Simone Weil, ya en un artículo de 1933, se lamentaba de no haber encontrado en la doctrina marxista respuesta a la defensa de la libertad individual frente a las nuevas formas de opresión que habían sucedido al capitalismo clásico; su distanciamiento de esta doctrina estuvo en la crítica de la filósofa a la civilización industrial y al desarrollo de las fuerzas productivas.

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Autoayudas (y otras distorsiones)

Dijo aquel filósofo, tan influyente en la modernidad para bien y para mal, que la creencia religiosa venía a ser «el consuelo de los afligidos». No puedo estar más de acuerdo. Dejemos claro que semejante aseveración poco o nada aporta sobre lo benévolo o no de la religión, ya que la misma vendría a ser una consecuencia de los males terrenales. Si a las carestías materiales o físicas, se une el miedo, la inseguridad y las promesas de una existencia mejor, más acá o más allá, el despropósito viene a ser mayor. En la actualidad, al menos en las sociedades mal llamadas desarrolladas, la carestía material está habitualmente mezclada con todo suerte de malestares físicos y psicológicos, lo cual empuja a que gran parte del personal abrace sin pudor las más variopintas y descabelladas creencias, teorías, doctrinas y terapias. Al parecer, las crisis de todo tipo que nos depara este maldito sistema ha hecho que los libros llamados de autoyuda aumenten sus ventas de forma notable. Para que luego digan que la gente no lee. El problema, por supuesto, al menos en este caso, no es la falta de lectura. El problema es que… ¡madre mía, qué lecturas!

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Condenadas creencias

No sé qué fulano dijo en cierta ocasión que el ser humano, si dejaba creer en esa abstracción absoluta supuestamente idealizada que denominan Dios, acababa creyendo en cualquier cosa. Lo que no se tuvo en cuenta, con semejante aseveración nada imparcial, es que la misma creencia en un ser omnipotente, infalible y, presuntamente, magnánimo sin fisuras es el mayor despropósito al que nos podemos enfrentar los seres humanos. Que nadie se ofenda, todos creemos en cosas que a los ojos de otros, seguramente, resultan disparatadas. Yo mismo, mi fe inquebrantable en que algún día podamos fundar una sociedad mínimamente digna se contradice con la cantidad de estulticia, mediocridad y papanatismo con el que nos enfrentamos a diario. Exagero, por supuesto, hay gente haciendo cosas loables, pero los inicuos, los que fomentan la subordinación y creencias de la gente, hacen mucho daño y la masa gris parece seguirles a pies juntillas. Pero, volvamos a las creencias. ¿Puede evitarse que la gente crea en abiertas majaderías y actúe de forma aceptablemente racional?

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Los dogmas y el totalitarismo

Es habitual escuchar el argumento, por parte de personas religiosas (Ratzinger lo utilizó en diversas ocasiones y el nuevo pontífice, a pesar de su pelaje progre, estoy seguro que no tardará en hacerlo), relativo a que fue la ausencia de Dios la que dio lugar a los horrores provocados en el siglo XX por regímenes como el nazi o el estalinismo. No es que merezca mucha profundización dicha afirmación, ya que no solo es simplista, también sumamente distorsionadora, pero dado que hay que tantas personas que siguen vinculando moral a religión merece alguna atención. Esto es así porque la substitución de un dogma por otro, y es posible que algunas ideologías hayan encontrado un terreno fecundo en la mentalidad religiosa para desarrollarse, es el auténtico problema.

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La construcción de la identidad personal

La identidad personal, entendida como individualidad (para diferenciarla del individualismo insolidario de las sociedades contemporáneas) supone un proceso dinámico, ya que a lo largo de la vida los elementos que la configuran pueden ir modificándose. Puede parecer paradójico que en ese proceso de construcción de la identidad personal se dé un movimiento hacia la separación (es decir, hacia la independencia y la individuación), pero al mismo tiempo se necesite a los otros.

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