Archivo de la categoría: Librepensamiento

Epicureísmo, la filosofía como medicina

El pensamiento de la Antigua Grecia, del cual tal vez nos queda poco gracias al cristianismo, resulta apasionante y muy necesario. Recuerdo cierta conversación, en la que alguien argumentó, ante el hecho de que la Antigua Grecia fuera una sociedad esclavista, que tampoco desapareció esa lacra posteriormente y, de manera lógica, la sociedad griega hubiera tenido también que evolucionar en lo que atañe a la lucha de clases si no hubiese llegado el cristianismo. En cualquier caso, supone toda esa especulación jugar a la ucronía, aunque no está mal insistir en ello ante el dogmatismo religioso que pretende reducir toda concepción de la historia. La relación del anarquismo con el mundo griego es estrecha, y se acaba mencionando a uno u otro autor, o escuela, como precursores de las ideas libertarias. En ese sentido, Epicuro puede ser un filósofo en el que encontremos muchos rasgos liberadores. Aunque hay que aclarar que Epicuro no era explícitamente ateo, sí se empeñó en liberar a los hombres de todo vínculo con los dioses al considerarlos indiferentes al destino humano. Del mismo modo, otra de sus grandes preocupaciones fue que el hombre se desprendiera de todo temor a la muerte, conocida es su frase al respecto: «mientras se vive no se tiene sensación de la muerte y cuando se está muerto no se tiene sensación alguna».

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El Dios catalizador del capitalismo, Dios mediante.

Luis Ángel Campillos Morón

En unos pocos años del s. IV, durante el Imperio romano, el cristianismo pasó de ser proscrito a prescrito. De ser perseguido, a ser tolerado, a ser institucionalizado. De ser perseguido a perseguir. La cadena jerárquica que vinculaba a la criatura con su Creador se amplió considerablemente. Dios, Papa, obispo, sacerdote, creyente de a pie. Toda una serie de poderes divinos y terrenales se enmarañaban viciando aquellas sagradas y puras humildad y caridad cristianas.

Siglos después (s. XVI), Lutero protestó y eliminó a todos esos mediadores, recuperando así el “contacto” directo entre Dios y el creyente. Aquellos pesos pesados (Papa, obispo, sacerdote) se disolvieron y generaron un área de mayor libertad en el creyente. Ello derivó, como célebremente subrayó Max Weber, en un afianzamiento de la noción de individualidad. Por su parte, este individualismo naciente constituyó un pilar fundamental del capitalismo.

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Consuelo existencial, gusto por lo alternativo o mera estulticia

Lo lamento de veras, sé que soy algo pesado, pero tengo que insistir una vez más en la triste realidad que sufrimos y, eso, en sociedad que lastimosamente denominamos como avanzadas. Nunca antes la información, una información mínimamente veraz a poco que uno sea crítico y exigente, ha estado al alcance de cualquiera y es posible que nunca antes, en la historia de esta especie peculiar que denominamos sapiens, se haya tendido como ahora a creer en cosas abiertamente absurdas. La explicación, seguramente, es compleja y obedece a distintas causas que tienen mucho que ver con nuestras lamentables estructuras sociales, políticas y económicas, por lo que dejaremos para otro momento el profundizar en ello. De momento, vamos a atender principalmente a esos síntomas que resultan como para echarse a llorar, cosa que uno, irreductible ante el desaliento, no va a hacer en la puñetera vida. Y es que resulta alarmante que disponiendo de herramientas razonablemente fiables, a poco que uno no sea un perezoso intelectual, tantas personas se obcequen en afirmar, de manera rotunda, una y otra vez las mismas cosas (algunas, simplemente cuestionables de entrada; otras, abiertamente estúpidas). Como es sabido, el que suscribe es un lúcido ateo enemigo de todas y cada una de las religiones, es decir, de toda doctrina plagada de dogmas e irracionalidades. Y, antes de que algún creyente tuerza el morro, yo le pediría que todo ese absurdo que estoy seguro observa en las religiones ajenas, a poco que lo haga de manera crítica, lo aplique a la suya propia. Y es que algún mecanismo debe existir en la psique humana para que, de manera habitual y lógica, esto no se produzca. Habrá quien me diga que son muchos siglos de existencia de las religiones, que ya hubo una época en que parecía que se iban a superar y que, sin embargo, así estamos a día de hoy. Lo siento, pero no me convence, lo absurdo y pernicioso (ambos conceptos suelen ir unidos) lo era en el siglo XVIII y lo sigue siendo en la actualidad.

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¿La muerte de Dios?

La muerte de Dios, frase atribuida habitualmente a Nietzsche, aunque tiene un precedente en Hegel (parece que con otro sentido), tiene ya un tiempecito; podemos resumir el sentido de dicho fallecimiento (obviamente, no de un ser real, sino de una idea, la de un concepto absoluto) en la negación de un orden cósmico, de una ley universal de carácter moral y, como ya hemos apuntado, de cualquier principio absoluto. Seguir leyendo ¿La muerte de Dios? →

El pragmatismo y la filosofía pluralista

Se conoce como pragmatismo, dejando a un lado sus precedentes históricos (que, seguramente, forman toda una escuela o corriente principal dentro del pensamiento), a un movimiento filosófico desarrollado sobre todo en el mundo anglosajón, aunque con repercusión en otros países y con otras denominaciones (como son las llamadas corrientes anti-intelectualistas).

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Papa-natismo a rabiar

o del paso por del jefe supremo, de esa institución arcaica, que llaman Iglesia Católica, Apostólica y Romana, por este inefable Reino de España (parejo en cuanto a arcaísmo) es para seguir sorprendiéndose del género humano. Sorprendiéndose y, dejen de leer todos aquellos con la piel muy fina, sumirse en la vergüenza ajena más lamentable. Y no me refiero, que también, a la lamentable sumisión de los poderes públicos dentro de un Estado aconfesional (por otra parte, una especie de oxímoron). Lo más preocupante es, lo habréis adivinado los lectores más avispados de este lúcido blog, el patético papanatismo del personal convertido en masa acrítica y sujeta a una preocupante enajenación eufórica, que deja a un lado los sangrantes problemas del mundo que vivimos, para escuchar a un supuesto líder espiritual, que sencillamente apuntala el statu quo. No debe ser casualidad que el epíteto que tanto me gusta usar a modo crítico se construya etimológicamente con el término papa (perdón por el chiste fácil). Para los ofendidos, recordaremos el significado de papanatas: “Persona simple y crédula o demasiado cándida y fácil de engañar”. Si a eso le añadimos la obediencia debida que reclama una institución reaccionaria y jerarquizada como la eclesiástica, puede que debamos dejar nuestras creencias y susceptibilidades a un lado para empezar a reflexionar un poquito si es que queremos rendir tributo a nuestra condición como especie supuestamente sapiens. En no demasiados años, hemos pasado de un sumo pontífice acusado poco menos que de nazi, aquel Joseph Razinger (Benedicto no sé cuántos) que provocó ciertas manifestaciones en contra, luego a un Jorge Mario Bergoglio (de nombre artístico Francisco), este ya con un talante progre y, ahora, a un tipo creo que estadounidense de origen, que se hace llamar León Catorce. Creo que este fulano, que para algunos representa una continuación del talante progresista del anterior (sin que sepamos muy bien qué diablos quiere decir esto) ha estado cosa de una semana en tierras ibéricas y se le ha prestado suma atención a todas y cada una de las palabras que han salido de su sacra cavidad oral.

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Democracia y Anarquía. Reflexiones sobre un libro

El libro de Donatella Di Cesare: Democracia y anarquía1 es un libro exigente que obliga a quien lo lee a adentrarse en el significado y etimología de palabras y conceptos de la Grecia clásica analizando, en algunos casos, sus cambios de forma y significado a lo largo del tiempo. La lectura, salvando este obstáculo, es fluida y sencilla.

Di Cesare parte de la actualidad para señalar que la democracia griega se ha ido transformando en un «monumento», un arquetipo inmóvil, un modelo fugaz para poder ser colonizado por las «verdaderas» democracias que son las modernas.

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Remedios existenciales homeopáticos

Recientemente, en este inefable Reino de España, el Ministerio de Sanidad ha concluido algo verdaderamente sorprendente. Esto es, ¡oh, sorpresa!, que no hay evidencia científica que avale la eficacia de la homeopatía en patología alguna. De esa manera, al parecer, se han retirado del mercado más de mil productos relacionados con esta terapia alternativa (también denominada, abiertamente, pseudociencia). Alguien acusará al Gobierno de autoritario e intervencionista, pero yo le daría la vuelta al razonamiento y me preguntaría qué diablos hacen tantos productos a la venta asegurando que pueden sanar dolencia alguna. El caso de la homeopatía no es, tal vez, el más disparatado entre la pléyade de pseudociencias que sufrimos, ya que al menos ofrece una hipótesis sobre la sanación de marras basada en los siguientes aspectos: que lo mismo que te enferma, te sana; que la dosis que hay que administrar debe reducirse a través de reiteradas diluciones a un nivel infinitesimal (lo cual lleva a que el supuesto principio activo sea prácticamente inexistente), y que el tratamiento debe ser particular en cada persona (lo cual siempre he visto como abiertamente contradictorio, precisamente, con tanto medicamento homeopático comercial). He conocido a bastante personas, incluso para mi sorpresa en ciertos ámbitos vamos a llamarles librepensadores, que consumían estos remedios reducidos hasta casi la nada e incluso a algún que otro terapeuta (¡ay, ay!). El que subscribe, para bien y para mal, no suele tener filtros y solía torcer al morro al escuchar según qué teorías, debido a lo cual no tardaban en surgir las acusaciones de poco menos que ignorancia y de cerrazón de mente, entre otras lindezas. Uno que ha recorrido bastante mundo, y tratado a todo tipo de gente con toda suerte de creencias, ha dado con practicantes de la más variadas terapias o como las queramos llamar, ya que la frontera con lo místico y sobrenatural resulta en ocasiones inapreciable.

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Anarquismo y mística: la ecología anárquica como respeto de lo sagrado terrenal

Simón Royo Hernández

«Un hombre justo es aquel que está formado en la justicia y transformado en su imagen»
(Meister Eckhart,
Obras alemanas. Tratados y sermones. II, s. 6, p. 314)


«Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo»
(Fray Luis de León,
Vida retirada. Libro I)


“Ser un filósofo no es sólo tener pensamientos sutiles, ni siquiera fundar una escuela, sino amar la sabiduría y vivir de acuerdo con sus dictados una vida de sencillez, independencia, magnanimidad y confianza. Es resolver ciertos problemas de la vida, no sólo en la teoría, sino en la práctica”
(Henri David Thoreau,
Walden)

La mística equivale al ateísmo porque declara que toda la Naturaleza es sagrada y divina, al modo spinozista, lo que equivale también a decir, entonces, que toda Iglesia es falsa y que todo Papa y Dios trascendente son mentira, y por ese motivo, es la mística, la única espiritualidad compatible con el materialismo anarquista.

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Adios a Dios (y a cualquier otro concepto absoluto)

Como creo que ya he manifestado en alguna de estas magníficas columnas que pongo negro sobre blanco, tengo la (no siempre) sana costumbre de leer y escuchar a gente de todo pelaje. Sé que es una botarate tendencia del ser humano la de solo atender a lo que pueda confirmar sus creencias, pero no es mi caso. Precisamente, como uno es un lúcido ácrata de tendencias nihilistas, se deja guiar por su curiosidad, escepticismo, crítica e incredulidad para ir dando forma a un pensamiento exento de dogmas, ya que el compromiso con los valores, quizá de forma solo aparentemente paradójica, se muestra más sólido desde posiciones no absolutistas y enarbolando una pequeña bandera (figurada, of course!) nihilista. Y, por mucha tabarra que nos den algunos, la historia y el pensamiento ayudan sobremanera a llegar a estas conclusiones. El caso que los intelectuales reaccionarios (valga el oxímoron), vertiente católica, son muy, muy pesaditos nombrando hasta el hastío al escritor y filósofo Chesterton. A este fulano se la atribuye una frase, que sus seguidores fundamentalistas no dejan de repetir hasta la saciedad con orgullo algo estólido; algo así como que, si el ser humano deja de creer en Dios, acaba creyendo en cualquier cosa.

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