David Serramitjana / Directa
Cada verano, cuando un gran incendio forestal devasta miles de hectáreas, el debate público parece condenado a repetir el mismo discurso: hay demasiado bosque, está sucio, hay demasiada vegetación y hay que limpiarlo. Es un relato sencillo, intuitivo y fácil de comunicar; un relato cómodo que permite a una buena parte de la población comprar una explicación rápida a un problema extraordinariamente complejo.
Aun así, esta idea es un atajo intelectual. Simplifica en exceso, señala el lugar equivocado y acaba trasladando la responsabilidad hacia quien no puede defenderse, que es precisamente quién sale peor parado. Los bosques no toman decisiones. Las personas, sí.
Los bosques no abandonaron los cultivos. No decidieron que las explotaciones ganaderas familiares desaparecieran o fueran sustituidas por modelos intensivos de agricultura orientada a alimentar el ganado y las macrogranjas. Tampoco decidieron que la leña y el carbón vegetal, que durante siglos fueron causantes de una sobreexplotación de muchas masas forestales, se sustituyeran por los combustibles fósiles. Los árboles no construyeron urbanizaciones en medio de la montaña, no encienden las cerillas y, evidentemente, no secan los ríos y no han alterado el clima.
Cuando afirmamos que “el problema son los bosques”, estamos atribuyendo la culpa a un ecosistema que, simplemente, responde a los cambios que nuestra sociedad ha introducido durante generaciones. Sería como culpar a una calle oscura de una agresión: podemos discutir si hace falta más luz, más prevención o más seguridad, pero el problema nunca será la calle; el problema es el agresor. Con los incendios pasa una cosa parecida: convertir al bosque en el culpable es una manera muy pobre de evitar mirar de frente las causas reales.
El bosque no es una fotografía

El primer error es mirar el bosque como una fotografía y no como una historia. El paisaje forestal que hoy contemplamos es el resultado de siglos de interacción entre el clima, el suelo, las especies y, especialmente, la actividad humana.
Durante mucho de tiempo, nuestro país1 no estuvo cubierto por las masas forestales continuas actuales. El territorio funcionaba como un mosaico, en una combinación de cultivos, pastos, bosques sobreexplotados y una ganadería extensiva que malograba constantemente el sotobosque. Aquellas masas forestales estaban profundamente transformadas. No presentaban la estructura ni la complejidad de un bosque maduro, sino que eran ecosistemas modelados por una gran presión humana.
A menudo confundimos cualquier superficie arbolada con un bosque ecológicamente maduro, pero una masa forestal explotada intensamente no recupera su madurez natural el día siguiente que cese la actividad humana. La recuperación ecológica es un proceso lento que requiere décadas, a veces siglos. Los ecosistemas tienen memoria, pero necesitan tiempo para recuperar aquello que fueron o adaptarse a lo que serán.
El gran cambio, pues, no lo provocó el bosque, lo provocó la sociedad. El éxodo rural, la industrialización, la mecanización del campo, el cambio energético y el crecimiento demográfico transformaron Cataluña a lo largo del siglo XX. En 1920, tenía poco más de 2,3 millones de habitantes; hoy superamos los 8,2 millones. Hemos multiplicado la población por casi cuatro en un siglo. Hablamos del paisaje como si solo hubiera cambiado la propia naturaleza, cuando en realidad quien ha cambiado radicalmente es la sociedad que lo rodea. La vegetación, sencillamente, ha ido ocupando los espacios que habían quedado vacíos de presencia humana.
Hoy, más del 60% del territorio catalán es superficie forestal. Esto no quiere decir que todo sea bosque —hay matorrales, prados y zonas abiertas—, pero debemos recordar que la gran mayoría está en manos privadas. La configuración del paisaje es el resultado de malas decisiones económicas, políticas y sociales acumuladas. Hablar de los bosques sin hablar del modelo agrario, del consumo energético o del urbanismo es explicar el problema a medias.
Además, deberíamos hacernos una pregunta incómoda: si hace cien años había menos superficie forestal continua y menos combustible acumulado, pero también infinitamente menos medios de extinción que ahora, ¿qué podemos comparar? No sirve de nada idealizar el pasado de un territorio sobreexplotado, pero tampoco podemos creer que el problema actual es que “hay demasiado bosque”. Lo que tenemos es un territorio demasiado poblado, fragmentado y urbanizado, sometido a una movilidad y una presión humana brutales bajo un clima, sobre todo mediterráneo, cada vez más extremo.
El sotobosque no es suciedad

En este escenario, se hace urgente revisar una expresión instalada en el imaginario colectivo, repetida por medios y por técnicos del administración y responsables políticos: “limpiar los bosques”. Un bosque no es un jardín, y el sotobosque no es suciedad.
El sotobosque es biodiversidad, protección del suelo, reciclaje de nutrientes y regulación hídrica. Es el refugio y el hábitat de hongos, bacterias, plantas, invertebrados, pájaros y pequeños mamíferos. Cuando hablamos del bosque solo como árboles y como combustible, reducimos un ecosistema vivo en una simple carga de material inflamable. Reducir un debate de esta complejidad a la dicotomía de si un bosque está “limpio” o “sucio” es de un simplismo alarmante, propio de barras de bar.
Esto no significa que cualquier estructura forestal sea resiliente. Hay continuidades de vegetación que facilitan la propagación —como determinados pinares—, pero la gestión forestal ha de tener objetivos ecológicos claros. Las políticas públicas no se tendrían que medir por las hectáreas intervenidas o por el volumen de madera extraído, sino por su capacidad real de construir paisajes diversos y preparados para el cambio climático.
Esta necesidad de rigor se tiene que aplicar también a las recetas fáciles que surgen del impacto emocional de cada incendio, como la de abrir más pistas forestales, carreteras o grandes cortafuegos a cualquier precio. Los cortafuegos tienen una función importante si están muy planificados y mantenidos en puntos clave, pero un cortafuego abandonado o mal diseñado se convierte en una cicatriz inútil. Ya se vio claramente a Sierra de la Culebra hace unos años: un territorio lleno de cortafuegos y de explotaciones forestales simétricas sin sotobosque que no sirvieron de nada ante los grandes incendios.
Abrir caminos no es una solución neutra. Cada nueva pista fragmenta hábitats, puede aumentar la frecuentación humana y, por tanto, incrementa el riesgo de incendios por negligencias. La pregunta no tendría que ser solo ¿“como llegamos a todas partes cuando se incendian?”, sino “¿por qué hemos permitido poner personas, casas y actividades en lugares donde después es tan difícil protegerlas?”.
Lo mismo ocurre con la ganadería extensiva, a menudo idealizada. La función de los antiguas ganados no dependía del número de reses decididas en un despacho, sino de su movilidad dirigida sobre el territorio. Recuperar esto hoy es complejo, y denominar los animales “bomberos de cuatro patas” es una metáfora simpática que simplifica la realidad. Los animales domésticos no son maquinaria forestal ni desbrozadoras con patas: son seres vivos, y su bienestar tiene que formar parte imprescindible de cualquier decisión. Además, no tendrían que ser utilizados para sustituir artificialmente funciones ecológicas que los animales salvajes ya hacen de manera natural cuando los ecosistemas están sanos y equilibrados.

Todo esto, evidentemente, no puede hacernos olvidar la gran tarea y el riesgo que asumen las personas que trabajan en la extinción y la prevención de los incendios. Bomberos, ADF, agentes rurales, personal de emergencias, voluntariado y otras muchas personas actúan a menudo en condiciones extremas para proteger vidas, pueblos y territorio. Precisamente por respecto a este trabajo, hay que ir a la raíz del problema y no limitar el debate a eslóganes simples que se repiten después de cada incendio.
El factor humano
Finalmente, es necesario asumir una de las verdades más incómodas del debate: la inmensa mayoría de los incendios tienen un origen humano. No solo hablamos de los pirómanos que encienden fuego de manera deliberada, sino también de los “pirómanos indirectos”: personas que incumplen normativas, ignoran avisos de riesgo o actúan con imprudencia en días especialmente peligrosos. Barbacoas, colillas, quemas mal controladas, actividades recreativas irresponsables y trabajos agrícolas, forestales o profesionales hechos en momentos, zonas o condiciones de riesgo pueden acabar teniendo consecuencias devastadoras.
Además de estas imprudencias, también hay que tener presente que, en algunos territorios especialmente afectados por los incendios, se ha hablado a menudo de posibles intereses económicos, conflictos de uso del suelo, aprovechamientos o presiones sobre el territorio. No se puede atribuir esta intencionalidad a ningún incendio si no hay pruebas, y la normativa limita el cambio de uso forestal tras un fuego; eso sí, pero tampoco conviene excluir estos factores del debate cuando analizamos las causas humanas de los incendios.
Las víctimas invisibles

También hay una ausencia clamorosa en el relato público: las víctimas no humanas. Cuando un incendio quema, los titulares hablan de casas afectadas, pérdidas económicas y evacuaciones, pero casi nunca se habla con la misma intensidad de los animales que mueren quemados o asfixiados; de los nidos hechos ceniza; de los reptiles, anfibios e insectos que no pueden huir, o de la vida invisible del suelo que sostiene el ecosistema.
La biodiversidad es la gran víctima silenciosa. Cuando el fuego devasta el bosque, no solo se destruye madera o paisaje: se quema memoria ecológica, refugio y futuro. La naturaleza no es un decorado pasivo donde tienen lugar las tragedias humanas: es una comunidad viva que sufre las consecuencias directas de nuestra irresponsabilidad.
Ha llegado el momento de cambiar el enfoque. En lugar de preguntarnos cómo tenemos que “limpiar” los bosques para mantener nuestro estilo de vida, tendríamos que preguntarnos qué modelo de país, de urbanismo, de alimentación y de consumo energético estamos dispuestos a sostener. El futuro de nuestros bosques no dependerá de lo que decidan los árboles. Ellos lo tienen claro: arraigan, crecen, cooperan, mueren y completan el ciclo de la vida. Somos nosotros quienes hemos convertido el territorio en un espacio fragmentado y vulnerable por el afán del beneficio inmediato.
Los bosques no tendrían que sentarse en el banquillo de los acusados. Somos nosotros quienes tenemos que responder cómo pensamos reparar el mal que hemos generado como especie.
- El autor se refiere a Cataluña, a sabiendas que su argumentación sirve para muchos otros territorios. ↩︎




