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Sonrisas y estulticia

Cuando alguien asegura que es abiertamente feliz, alguien como yo , tan negativo, tan frustrado y tan nihilista, no puedo por menos que fruncir (aún más) el ceño. La primera reflexión es que, a poco que uno tenga un mínimo de conciencia, y de consciencia, no me cabe en la cabeza cómo puede uno abrazar sin más la felicidad de un modo tan simple e irreflexivo. Se me dirá que si la gente quiere repetir ante el espejo, con una sonrisa de oreja a oreja, que su vida se muestra pletórica de alegria y felicidad, allá cada uno. Claro, pero es que alguien tan amargado como yo, no solo no puede aceptar sin más semejante simpleza narcótica, además creo que el problema es un poquito más profundo. La exigencia de felicidad, junto a ese engendro pseudopsicológico denominado «filosofía positiva», no solo es uno de los más terribles síntomas de la progresiva idiotización social que sufrimos, también es fácilmente reconocible como algo generado por el sistema en que vivimos y que sufrimos. No hace falta que pongamos nombre a dicho sistema, productivista y consumista hasta la nausea, pero que da lugar a tantos problemas sociales, económicos y psicológicos, que uno no entiende cómo podemos continuar de forma pertinaz por el mismo camino, tantos además de forma acrítica y con una obligada sonrisas en el rostro.

Pero, no nos desviemos, analicemos esta dictadura de la felicidad en la que vivimos. No es algo tan nuevo, los que entienden hablan de una tendencia psicológica de al menos un par de décadas, aunque con raíces anteriores, bien financiada por el entramado empresarial y por fundaciones de todo tipo, eminentemente esforzada en promover la psicología positiva y la obligación del bienestar emocional para apuntalar el statu quo. Así estamos a día de hoy, con la proliferación de tanta terapia positiva, tanta cultura pueril de la autoayuda y tanto curso de coaching capaz de adiestrarnos para cualquier empeño forzosamente preestablecido. No hay, de esta manera, problemas estructurales, sociales, políticos o económicos, sino simples daños psicológicos a nivel individual. ¿Les suena? Claro, es la cultura de la última fase del capitalismo en su denominación neoliberal; ahora sí, le ponemos nombre al sistema. La pobreza no es ya consecuencia de un determinado sistema en que vivimos, sino que se coloca la responsablidad en el propio individuo; el éxito o el fracaso de nuestras vidas, incluso nuestra propio bienestar mental e incluso físico, depende exclusivamente de nosotros. Parece mentira que traguemos con una simpleza distorsionadora tal, tal vez por la escasa reflexión y profundización presente en la sociedad actual, bien promovida por toda una cultura imperante.

Como insinué al principio, por un lado se trata de toda una abstracción de los problemas sociales en nombre de la supuesta felicidad individual, pero la cosa llega todavía más allá a un nivel psicológico. Se asegura que la supuesta plenitud de nuestas vidas se debe, casi por completo, a factores personales, sin que importen las circunstancias sociales o de cualquier tipo, y no se admite nada ajeno a esa meta banal de la felicidad. Por supuesto, esta suerte de zombis de sonrisa autoimpuesta resultan muy dóciles de cara a la productividad del sistema. Nada de gestionar racionalmente las emociones buenas, malas o regulares que inundan nuestra cotidianeidad, nada de profundizar en los problemas psicológicos, sociales y políticos que siguen caracterizando el mundo en que vivimos. No es solo una cultura infantil, en el peor sentido, no solo superficial y distorsionadora, también profundamente conservadora. Los problemas no son ya estructurales, sino individuales, todo depende de nuestra voluntad y de nuestra adaptación a cualquier circunstancia, por supuesto casi imposible de cambiar, ese engendro en forma de neologísmo que llaman resiliencia. Si no abrazas esa dictadura de la felicidad y en cambio te muestras abiertamente crítico, se te suele señalar como un pobre amargado, una persona rara y especial, que en realidad se aparta de la borregada precariamente orgullosa, feliz en su vida gris epidérmicamente maquillada de color. Pues, orgulloso de ser diferente, miren ustedes. A veces, con una mueca de desprecio. Otras, con una sonrisa, sí, pero más bien socarrona.

Juan Cáspar

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