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Todos somos títeres

Los hechos son más o menos conocidos. El viernes 5 de febrero, dos miembros de la compañía Títeres desde abajo fueron detenidos en Madrid mientras representaban la obra La bruja y Don Cristobal. La acusación: enaltecimiento del terrorismo. ¿Qué ocurrió para que se llegara a tal extremo represivo y esperpéntico?

Oficialmente, parte del público se sintió ofendido por el contenido de la obra, al parecer también por la presencia de niños entre los presentes, y no tardó en avisar a la policía. Nos parece mezquino, además de obviamente reaccionario, avisar a la fuerzas del orden si no te gusta un espectáculo. La libertad de cada uno empuja a abandonar el lugar o, si es adecuado y no agredes la de los demás, mostrar tu controversia de algún modo. De momento, dejémoslo en que nos parecen dudosos los hechos, además de sospechosa la rápida presencia de la policía y la no menos ágil difusión en los medios. Recordemos que los detenidos son anarquistas. Al sistema, siempre le quedará en última instancia el movimiento anarquista para criminalizar y buscar peligrosidad social, por un lado, pero también para desviar la atención pública en un contexto en el que la clase dirigente apesta a corrupción, económica y moral, por los cuatro costados.

Parece ser que el auténtico peligro social es una obra satírica en la que, precisamente, se denuncian las artimañas del poder. El supuesto ensalzamiento del terrorismo es una parte de la obra representada en la que un personaje pretende criminalizar a otro con una pancarta (que por otra parte, no es más que un juego de palabras utilizando el nombre de dos conocidos grupos terroristas); la verdad, por supuesto, supera a la ficción y da la razón a los titiriteros en lo que precisamente querían denunciar. A estas alturas, cualquier que sepa mínimamente de derecho, sabe que, no solo no se han respetado las mínimas garantías jurídicas, sino que no hay delito alguno en lo ocurrido, por lo que se hubiera entrado en prevaricación. Claro está, el Estado siempre tiene la última palabra y siempre nos quedará la Ley Mordaza. El juez de la Audiencia Nacional mandó a prisión a los dos integrantes de Títeres desde abajo; la acusación de apología del terrorismo fue impulsada por la Fiscalía, la cual pidió prisión cautelar por dos motivos irrisorios: riesgo de fuga y reiteración delictiva.

La muy progresista alcaldesa de Madrid ha declarado no entrar en la cuestión jurídica, pero se ha apresurado a pedir responsabilidades políticas buscándose enemistades en su propio partido. Al parecer la gran preocupación es que la obra La bruja y Don Cristobal se hiciera con la presencia de público infantil, todo ello en un contexto de carnaval en el que la sátira es habitual, pero en el que urge proteger a los tiernos infantes. No importa que los chavales estén expuesto a diario a una intolerable cantidad de violencia y estupidez; no debe ser pernicioso para ellos, ya que es una mera cuestión cultural asumida, muy al contrario de las conspiraciones subversivas. ¿Y cuál ha sido el tratamiento mediático? Pues la cosa ha oscilado también entre la estulticia  y la mala intención. Hasta el día de hoy, más de una semana después de lo acontecido, se sigue insistiendo en la violencia que contiene la obra, incluso se repite hasta la saciedad algunas falsedades, como la violación de una monja, y otras distorsiones que buscan no aclarar nunca el verdadero contenido. Mucho te lo tienes que trabajar para llegar a la verdad: la obra recoge una tradición llamada «Títeres de cachiporra», caracterizada por la irreverencia y lo políticamente incorrecto, uno de cuyos exponentes más reconocidos es El retablillo de Don Cristobal, de García Lorca, que precisamente inspira el caso que nos ocupa.

La bruja y Don Cristobal nunca fue catalogada para un público infantil por la compañía, otro factor importante, ya que no se la puede acusar tampoco de traer su obra con engaños. Desconocemos cómo llegó a representarse en aquel contexto; aunque es por supuesto cuestionable si resultaba apta para un público infantil, es algo que no resulta ya primordial. La obra, en un ambiente de burla y carnaval, tenía un contenido crítico con la autoridad, la propiedad y la religión, por lo que se ha buscado el ya manido subterfugio de «enaltecimiento del terrorismo», que alcanza cotas ridículas en este caso. Represión política y jurídica, pura y dura, sin que podamos buscarles en esta ocasión matices de ningún tipo a la verdad. El tratamiento mediático, con su búsqueda del sensacionalismo a cualquier precio, siendo el principal el de la verdad, debería hacernos reflexionar sobre en qué sociedad vivimos. Insistiremos en otro factor importante, mientras dos artistas están detenidos y procesados por ejercer su derecho a la libertad de expresión y crítica, algo que ocupa gran parte de las portadas, el latrocinio de la clase dirigente es ya tan evidente, que tal vez algo tiene que buscarse para mantenernos distraidos.

Capi Vidal

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