Santiago Segura, más o menos, debe ser de una edad similar a la mía, es por eso que uno, un cinéfilo que en ocasiones raya sin pudor la cinefagia, le ha visto (lo digo para que nos entendamos) desarrollarse como director cinematográfico (y no sé muy bien qué cosas más, ya que es alguien mediático y frívolo hasta la náusea). El primer Torrente, confirmo la fecha, data de 1998, y fue un gran éxito de público solo superada, al parecer (¡ay!), por su segunda parte. Aquella primera película de una saga infame, que incluso acudí a verla a las salas, me pareció sencillamente graciosa por momentos, con cierto ingenio, dirigida con algo de habilidad y… tremendamente zafia y excesiva. Nada más que eso supuso para mí aquel film, y resulta significativo que jamás lo he vuelto a revisitar; para nada observé lo que algunos dicen en la actualidad, que me produce algo de rubor al escucharlo de algunos a los que debería tener alguna estima intelectual, sobre una especie de retrato ácido de la sociedad española. No volví a picar pagando en taquilla con ninguna de la lamentable ristra de secuelas, aunque sí he tenido la curiosidad algún pase televisivo, pero sin aguantar demasiado frente a la pantalla; el nivel de vulgaridad (a todos los niveles), ya sin rastro de talento de ninguna clase, producía un alto marcaje en cualquier termómetro de vergüenza ajena. Para aquellos obtusos que confundan las cosas, y como ya sabrán gratamente los seguidores de este lúcido blog, de propaganda ácrata con algún que otro tic nihilista, explicaré que soy un gran amante de la transgresión e incorrección política, de buscar la provocación con estilo, de agitar a los biempensantes, pero algo muy diferente es repetir una y otra vez la misma fórmula, sin asomo de sátira inteligente, únicamente grosera, tosca y vulgar. Claro, hablamos de un tipo tremendamente listo, al menos para lo que es la promoción de su persona y de su obra, y seguro que algo tendrá en cuanto a magnetismo cuando ha sabido seducir a tantos buenos profesionales del cine para participar en sus engendros fílmicos. De hecho, el tipo ha desarrollado también una abundante carrera como actor, quizá cuestionable también en cuanto a talento interpretativo, pero hay que decir que han contado con él los más prestigiosos directores.
A todo esto se unen unas estudiadas campañas de promoción en cada estreno de sus películas, por lo que prácticamente ha asegurado una buena taquilla en cada una de ellas. Pienso que Segura, y lo digo sin asomo de envidia alguna (acusación manida por parte de aquellos botarates incapaces de comprender toda crítica incisiva y mordaz), es el incontestable ejemplo de liberalismo económico que funciona (solo para ciertos bolsillos); cómo colocar un producto en el mercado, al margen de la calidad del mismo, y exprimir al máximo su rentabilidad. Hay quien dice que el actor y realizador es consciente de que produce, buscando una analogía con la comida basura, un cine para consumo fácil, disfrute fugaz y, con total seguridad, con consecuencias fisiológicas nefastas (en este caso, afectando sobre todo a las neuronas, aunque también algo al estómago). Particularmente, no creo demasiado en un cine sin mayores intenciones que hacer pasar un buen rato, creo que al margen de que obviamente se busque la diversión del público, suele haber siempre ciertas intenciones de forma más o menos evidente (¿no es eso la narrativa, incluso la más burda?); es posible que gran parte de los supuestos sapiens se desprovean del cerebro al acudir a una sala de proyección, pero no es mi caso incluso en las obras más banales (¡lo lamento, es lo que tiene ser una gigante intelectual!). Me pregunto si este peculiar actor y director, del que me ocupo hoy en este lúcido texto, tuvo alguna vez intención de realizar una sátira inteligente de una sociedad, todavía, tremendamente reaccionaria impregnada de franquismo. No lo creo y, al margen del talento insultantemente menguante en la saga del personaje, inversamente proporcional a los medios de producción, creo que la cosa se limitable a una parodia, inofensiva por exceso, de un simple facha repulsivo que acabó convirtiéndose, lo cual dice mucho de los tiempos que sufrimos, en un personaje simpático (algo así dijo un bodoque de Vox). El personaje Torrente no sé si quiso alguna vez reírse de la caspa de este inefable Reino de España, pero lo cierto es que no tardó en convertirse en la reivindicación de la caspa elevada al máximo nivel. Segura, insisto, listo como pocos, afirmó en cierta ocasión, desviando la atención, que había que ser muy tonto para confundir su persona con la de su personaje Torrente.
Y puede que venga al caso recordar, como ejemplo de algo que para Segura debe tener mucha gracia (¡me aterrar pensar que también para alguien más!), una secuencia en la que su querido personaje viola a una mujer dormida. Para los que no lo conozcan, antes de dirigir su primer largometraje, Segura ya había realizado unos cuantos cortos con personajes muy similares, es decir, tremendamente excesivos, insultantemente repulsivos y con secuencias escritas a cual de más mal gusto. Llegó un momento que me dije, este tipo no sabe hacer otra cosa a nivel cinematográfico y da que pensar si, efectivamente, él mismo no tenga que ver mucho con las ficciones que perpetra. No obstante, justo es decirlo, antes de su Torrente presidente de este año 2026, acabó realizando una serie de películas familiares, también en forma de interminable saga (¡ay, la ausencia de ideas!) y, al parecer, también de una calidad ínfima inversamente proporcional a los ingresos de taquilla. Acabé entendiendo, se trata de un tipo, efectivamente habilidoso para hacer productos extremos (hacia un lado o hacia otro), dispuesto a cualquier cosa, que lo único que quiere es ganar dinero y lo demás le importa muy poco. En otra excelente campaña de marketing, Segura impidió pases previos de su nuevo Torrente, así como carteles o detalles de su trama; de nuevo, le ha funcionado y el fin de semana de su estreno el público acudió en masa. Se trata de una supuesta sátira del panorama político español con nombres de partidos tan ingeniosos como NOX, Papé, PSAE, Restar o Pudimos. Como no podía ser de otra manera, Segura ha dado más de lo mismo, lo cual es con seguridad poca cosa para un público mínimamente exigetnte: exceso, zafiedad y, por supuesto, cameos de todo tipo, incluidos algunos de figuras abiertamente nauseabundas. Hay quien ha visto que se arremete gratamente contra la ultraderecha, que ve en Torrente la encarnación de sus valores, pero me temo que a estas alturas de la película todo es ya un esperpento nacional capaz de fagocitar, y regurgitar una y otra vez, la realidad más lamentable. Una anécdota real, cuando Torrente en la pantalla grita “¡Viva España!”, una notable cantidad de jóvenes en la sala repiten “¡Viva!”. ¡Pues eso, lamentable, se mire por donde se mire, y más vale que sigamos afilando las neuronas!




