CULTO PERSONALIDAD ANARQUISMO

Culto a la personalidad y otros papanatismos

Desde que creo recordar, y no digo tampoco que mi memoria sea prodigiosa, he tenido una aversión manifiesta a toda clase del llamado culto a la personalidad. Incluso, he de aclararlo, dicho rechazo pienso que se producía antes de abrazar mi todavía joven yo, de manera lúcida, el anarquismo. Al menos a un nivel político, dicho concepto se manifiesta en forma de toda clase de halagos, elogios y el peloteo más deplorable hacia el considerado líder de un sistema, ideología y/o revolución (palabra mil veces pervertida por el autoritarismo y la subordinación). Más adelante, y de modo más inquietante para cualquier naturaleza mínimamente libertaria, veremos que el mecanismo no es exclusivo de regímenes totalitarios o explícitamente autoritarios. No obstante, como resulta evidente, es en esta clase de sistemas donde de forma más clara, grotesca y patética se desarrolla a través de una serie de técnicas, propagandas y manipulaciones diversas. Esta suerte de papanatismo extremo a menudo se confunde con el mero patriotismo que tanto inculcan desde la cúspide de las pirámides nacionales, y con el intencionado reforzamiento de un determinado régimen, sustentado en esa abstracción perniciosa llamada nación, vendido como benévolo. Vamos acotando un poco más, ya que podemos comprobar con este último razonamiento que el repulsivo fenómeno no se limita a ciertos regímenes donde la represión es clara, ya que se fomenta la sumisión en la cabeza visible del líder, pero hay otros rasgos que también se producen en otro tipo de sistemas aparentemente democráticos y liberales. Mucho tiene que ver ese pueril, crédulo, bobalicón y pazguato culto a determinadas personalidades con la aceptación acrítica de la autoridad y con la idea de las diferencias de clase o de cualquier otra índole en las sociedades humanas. Veamos si me explico con detalle antes de que salten los bodoques habituales. En primer lugar, no se niega en absoluto la valía de ciertas personalidades, en el campo de la actividad humana que sea, pero hay que insistir en que a menudo ese empeño está directamente relacionado con el trabajo colectivo de muchos otros. Tal vez, aceptando eso, podamos empezar a comprender dos cuestiones que deberían resultar obvias: una, que no es posible elevar a los altares sin más a un solo individuo, ni siquiera en un único ámbito; otra, que no existe nadie totalmente inmaculado, y mucho menos a nivel moral, que a la postre resulte inmune a todo forma de crítica.

Ese culto al prohombre, el caudillo, el héroe o el ideólogo es, claro está, eminentemente reaccionario, aunque se haya dado igualmente, y con qué fuerza, en ideas progresistas y revolucionarias. De hecho, es necesario aclarar, por dar una información concreta y con cierto temor a equivocarme, que el concepto fue creado en la extinta Unión Soviética una vez descubiertos los horrores del estalinismo. Es posible que el culto fuera exacerbado en época de Stalin, y que el mismo mecanismo operara también en la Alemania de Hitler, aunque igualmente se ha producido en muchos otros regímenes autoritarios o presuntamente democráticos, no demasiado lejanos en el tiempo. Podemos comprender perfectamente que, en determinados sistemas de aspiración totalitaria, donde en la educación está fuertemente implementado ese culto a la personalidad y no existen las libertades más elementales para poder cultivar un pensamiento libre, las personas terminen aceptando, de una manera u otra, las loas al amado líder. Es perfectamente comprensible que la represión permanente genere esa aceptación acrítica en muchas personas, aunque como en toda estructura sectaria existan los mecanismos o terapias para hacer que el personal acabe cayéndose del guindo. Sin embargo, y a eso voy, más preocupante resulta que los mecanismos del culto a la personalidad parezcan estar tan insertos y diluidos en esta especie peculiar que llamamos sapiens, que sea decididamente complejo combatirlos en aras de un pensamiento libre. Es posible también que sea la historia de la humanidad, según la cual a monarcas, líderes y jefes de Estado se les solía atribuir cualidades sobrehumanas o directamente divinas, la que explique el papanatismo residual en la actualidad. El desarrollo de la modernidad, lejos de buscar una emancipación del autoritarismo, no ayudó a mejorar las cosas y, así, los medios de comunicación y la tecnología posibilitaron reforzar la imagen positiva de los de arriba y asentó lo que conoceríamos explícitamente como culto a la personalidad. Claro, atendiendo de nuevo a la historia y a las creencias generadas por el imaginario humano, es más que factible que los sistemas totalitarios se inspiraran de manera secular en lo que simple y llanamente había sido la doctrina religiosa. Si nos tenemos que tragar fundado en la fe que alguien plagado de atribuciones sobrenaturales como Jesucristo existió (y quien dice ese nombre póngase aquí cualquier otro: Buda, Mahoma o cualquier otro ser más o menos mítico), pues ya podemos tragarnos cualquier cosa sobre algún líder político, aunque los hechos verifiquen lo contrario. A la consabida e interesada frase «Si no se cree en Dios, se acaba creyendo en cualquier otra cosa», yo le daría la vuelta: «Precisamente, como creemos en un ser imaginario todopoderoso, acabamos creyendo en cualquier cosa sobre cualquiera». Sí, puede que sea demasiado simplista, pero atendamos a ello sin ofensa alguna con todo el espíritu crítico posible.

Bien, sea como fuere, estamos bien entrados en el siglo XXI, la tecnología ha posibilitado que tengamos un acceso casi ilimitado a la información y… ¡el ser humano, por lo general, parece más crédulo y estúpido que nunca! Sí, lo sé. internet y las redes sociales también se caracterizan por la más profunda desinformación y por la propaganda más vulgar, pero lo verdaderamente alarmante es que gran parte de los sapiens se limiten a reafirmar sus propias creencias y sus prejuicios más lamentables. No hace falta demasiado esfuerzo para dudar de determinadas afirmaciones e incluso de refutarlas, pero muchos papanatas ni siquiera se plantean hacerlo. Probablemente, esto explique el auge del autoritarismo actual, asentado en una visión reaccionaria, aunque recordemos que en nombre de un supuesto progreso también se ha practicado el despotismo más atroz fundado en el culto a los de arriba; quizá ambas cosas están interrelacionadas. En nuestras democracias más o menos liberales, en el que el poder político se basa en un circo electoral más bien voluble y acrítico, hay un mecanismo inquietante que bien puede ser visto como un residuo del culto a la personalidad más propio de otros sistemas. Como el que suscribe es un lúcido anarquista, de tendencia además nihilista para más inri, dejaré más que claro que, consecuentemente, no pretendo reforzar la idea de que es necesario un gobierno de una minoría, de que tiene que haber una clase dirigente frente a una masa incapaz de gestionar sus propios asuntos. Hasta aquí, de acuerdo, pero voy a tratar de meterme en la pie de aquel que confía en la democracia electiva, alguien honesto y con el cerebro aceptablemente bien oxigenado. Así, lejos de expresar sin más, como vemos por doquier, que a dicha persona le gusta un líder político y que va a votarle por dicho motivo (residuo evidente del culto a la personalidad, por no decir algo peor), se trata de alguien que confía en un programa concreto de un partido político, que le empuja a meter el papelito en la urna, y que va luego a exigir a los que mandan para que lo cumplan. En fin, queridos lectores, no apostaremos sobre cuántas de las personas que decididamente acuden a las urnas cumplen con esta actitud. Se dice que el clásico culto a la personalidad generaba un sentimiento de unidad entre los que realizan loas papanatas al líder; con seguridad, es ese horror que llaman identidad colectiva, la cual se manifiesta de diversas formas y en todas ellas se coloca a las masas al servicio de una determinada oligarquía. En la sociedad posmoderna, el asunto está más diluido, la sumisión a ciertas personalidades se produce mediante mecanismos menos evidentes; no solo en el campo político, también en otros ámbitos como el deporte, la cultura de masas o los negocios, normalmente dejando la cuestión moral a un lado (o bien distorsionada por el mundo en que vivimos donde cualquier mercachifle se presenta como una autoridad al respecto). ¿Está el culto a la personalidad, el papanatismo más lamentable, inserto en la condición humana? Por supuesto, a pesar de ciertas evidencias, queremos pensar que no y seguiremos trabajando por un pensamiento verdaderamente libre, por una sociedad más inteligente y por unos valores más sólidos. Palabra de ácrata con algún que otro tic nihilista.

Juan Cáspar

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