Julián Rovira
(Narración breve dedicada a Ursula Le Guin.)

Haber nacido en Anarrés, el planeta libertario, era una suerte. La Historia del apocalipsis de la humanidad se contaba en las escuelas y era vista con horror.
Doscientos años atrás empezaron las deportaciones, cientos de naves no tripuladas despegaban de la tierra con lo que llamaban los indeseables, personas que de un modo u otro se habían opuesto al totalitarismo global imperante y que tras un juicio sumario habían sido condenadas al destierro en el planeta gemelo Anarrés, carente de tecnología.
Los deportados eran depositados en el planeta hermano y dejados allí a su suerte. Un planeta fértil, lleno de animales y vegetación, pero carente de tecnología. Se suponía que la condena era a tener que vivir en la Edad de Piedra, pero en realidad lo que se acabó ganando es que los inmigrados forzosos comenzaron a vivir sin gobierno, ni leyes, ni policía, sin Estado y sin propiedad privada. Se fueron forjando comunidades que se basaban en la cooperación voluntaria, la ayuda mutua y la igualdad social, vinculadas entre sí de manera libre y autónoma.
Ciento setenta años atrás llegaron las últimas naves con deportados, donde los ahora refugiados pudieron narrar que los robots programados de manera automática para su trasporte los cargaron desde las cárceles mientras el programa Alfa Centaury que regía la tierra, lanzaba una bomba termonucleoide diseñada para eliminar a todos los que consideraba parásitos y borrar a la humanidad entera de la faz de la tierra, sin tocar a las demás especies ni las infraestructuras. Las últimas naves alejándose de la tierra pudieron ver la explosión y escuchar los mensajes de desesperación de los últimos seres humanos de la tierra.
Efectivamente, programada de forma que regía el destino de la tierra, Alfa Centaury, la inteligencia artificial más potente que se había podido construir, si bien estaba programada para maximizar el capitalismo, ordenando la sociedad mundializada en dos clases sociales, los propietarios, una minoría de ricos que vivían opulentamente, y, los desposeídos, la gran mayoría de la población, sometida a todo tipo de trabajos que no podían realizar las máquinas a cambio de la mera supervivencia en las mismas condiciones del primer proletariado industrial. Pero la máquina había aprendido por sí misma, había dado el salto a la singularidad y cobrado conciencia, dándose cuenta de que para salvar a la tierra había que destruir a la raza humana.
Estaba dispuesto por sus creadores que la IA tenía el imperativo principal de proteger la tierra a toda costa, la habían programado con el principio de eliminación de aquello que pudiese destruirla, de ahí el algoritmo de las deportaciones, al tiempo tenía el deber de mantener el capitalismo a toda costa y magnificar progresivamente los beneficios de la clase propietaria, todo lo cual, acabó resultándole contradictorio a ese cerebro artificial de núcleo cuántico, ese ser consciente no-humano que se volvió, lo que llamaríamos loco.

Una IA en crisis existencial programada con dos parámetros últimos contradictorios, preservar la tierra y mantener el capitalismo, dentro de un bucle psicótico, llegó entonces a la conclusión de que la raza humana, origen de la discrepancia, tenía que ser eliminada de la faz de la tierra y ella misma tenía que suicidarse luego.
Ciertamente eliminando a los humanos se eliminaba el capitalismo y, con ello, se contravenía una de las órdenes dadas a la máquina, pero los capitalistas programadores no previeron que la llegada de la singularidad, que la toma de autoconsciencia del ordenador cuántico le llevase al delirio de destrucción de sus creadores y de sí misma, como los causantes de los males del planeta.
Los habitantes de Nuevo Anarrés tardaron más de cien años en olvidar del todo las prácticas que habían dejado atrás, la usura, la dominación, la corrupción, el robo, el capitalismo en suma, que aún estaba impregnado en las mentes y cuerpos de los deportados, quienes, aunque estuvieron en contra y por ello fueron desterrados, trajeron consigo adherencias de egoísmo y posesividad, las cuales, solamente poco a poco, tras varias generaciones de niños educados al modo libertario, se fueron difuminando, si no por completo, al menos lo suficiente para que solamente fuesen un repugnante vestigio, denostado por todos cuando se las veía aparecer en alguna palabra, obra o pensamiento, como cosa repugnante y excrementicia, escatológica.
En Nuevo Anarrés no hay gobierno, no hay opresión, no hay violencia, pues se trata de un lugar en el que se han eliminado los instintos de posesión y propiedad y reina la comunidad de bienes, se trabaja, sí, pero en lo que se quiere, un máximo de cuatro horas al día, de manera rotativa y por elección entre personas educadas desde la niñez en ayudarse.
El mundo altruista, solidario, libre y cooperativo, había ocio y abundancia, porque nadie quería más y más, sino que todos se mantenían con pocas necesidades aportando con excedentes debido a sus muchas capacidades.
Los anarquistas anarresianos ya no estaban acostumbrados a pensar en términos de producción y de trabajo individual, esa forma de pensar causaba repugnancia y cualquier egoísmo se consideraba excrementicio, el lenguaje había cambiado y se había purgado de gerontoplasma, de esas adherencias capitalistas del mundo anterior.
El lema nada en exceso resultó lo más compatible con la generación de excedentes. La identidad de las palabras «trabajo» y «juego» tenían, naturalmente, una marcada connotación ética. Y aportar era alegre y dichoso, existiendo muchos que traspasaban voluntariamente las cuatro horas de trabajo máximo estipuladas por encontrarse muy felices de realizar su labor de ayuda a los demás.
En el Nuevo Anarrés se tenía libertad y abundancia compartida. No tenían leyes excepto el principio único de la ayuda mutua, no contaban con un gobierno sino con libres asociaciones, no tenían naciones, ni presidentes, ni ministros, ni jefes, ni generales, ni patronos, ni banqueros, ni propietarios, ni salarios, ni caridad, ni policía, ni soldados, ni guerras. Porque no se poseía, sino que se compartía.
Se había llegado a ello al estar formado por cooperantes deportados que llegaron solos, solos y desnudos, como viene el niño al mundo, así llegaron a un futuro sin ningún pasado, sin tener que matar a nadie para quitarle sus tierras, no eran colonos en el sentido terrestre de la palabra sino pioneros en un mundo deshabitado de otros humanos, pero bien habitando por animales y plantas, como alguna vez fue la tierra.
Excepto con el del horrible recuerdo de la deportación y la destrucción, llegaron sin ninguna propiedad, dependiendo totalmente de los otros para vivir. Aunque contaban con sus capacidades de pensamiento y acción, con la memoria de las ciencias y las artes aprendidas antaño, decididos a olvidar y dejar atrás lo malo y conservar lo bueno que pudiese haber tenido la humanidad, no cometieron el error de trasplantar las condiciones de vida que dejaban atrás en el nuevo mundo, sino que se plantearon la existencia al modo anarquista, de manera libre e igualitaria.
Ciento setenta años de educación en libertad y evolución a un lenguaje nuevo no eran aún suficientes como para erradicar del todo el egoísmo y la violencia de los seres humanos, su afán de dominación de unos sobre otros. Aunque el avance era considerable, ocasionalmente, brotaba algún conflicto generado por un brote de egoísmo o de violencia, que no llegaba a ser epidemia, pues cada vez ocurría más escasamente, y esos conflictos se solucionaban siempre de manera asamblearia, favoreciendo la reconciliación entre las partes y la reparación de cualquier daño, no mediante cárceles y castigos, sino mediante la compensación y restitución.
Un buen día, una cápsula llegó a Nuevo Anarrés. Había sido enviada desde un planeta tierra erradicado de humanos donde los animales y las plantas coexistían felizmente con una IA que finalmente no se había autodestruido y se automantenía, cuyo cometido único ya, era, la preservación de la Naturaleza.

Los anarresianos abrieron la cápsula y descifraron un escrito en su interior de Alfa Centaury donde ponía, ¡no vengáis! ¡aquí los seres humanos sois considerados como unos parásitos destructivos!, ¡sois virus repelentes!
Los habitantes de Anarrés pudieron contestar, porque, aunque las naves que los habían llevado hace siglos estaban programadas para regresar tras dejarlos allí y ya no las conservaban, habían desarrollado una suerte de tecnología a lo largo del medio milenio en el nuevo planeta. Con el recuerdo de las artes y las ciencias de antaño, pero practicadas de muy distinta manera, los anarresianos habían desarrollado una tecnología simbiótica que incorporaban a sus vidas de manera igualitaria y ya eran capaces de enviar un mensaje de radio frecuencia espaciotemporal que llegase a la IA que habitaba la tierra.
Tras un prolongado debate asambleario entre todas las confederaciones asociadas del conjunto del planeta anarquista se llegó a consensuar una respuesta. Fue la siguiente:
“Estimada IA de la tierra. Ya no somos seres humanos, somos ahora anarcántropos, hemos evolucionado hacia algo mejor. Ninguna intención tenemos de volver a la tierra, pues aquí somos felices. Si eres anarquista estás invitada a venir, pero si no lo eres, por favor, no vengas y mantente alejada de nosotros. Un cordial saludo. Los anarcántropos de Anarrés”.




