1968: el año sublime de la Acracia

Este libro, de Miguel Amorós (1968. El año sublime de la Acracia; Muturreko burutazionak, Bilbao 2014), , trata de la denominada Acracia madrileña, de los años 1967 y 1968. Sin que tuviera ninguna relación con el exilio anarquista, se trataba de un grupo heterogéneo que puso en tensión desde la universidad de la capital del país las propias estructuras del sistema de enseñanza.

Hay que decir que esta rebelión estudiantil se adelantó al mayo de París. Este grupo de Ácratas, según Amorós, ni fue fundado por Agustín García Calvo, como se ha dicho en alguna ocasión, ni puede vincularse fácilmente al anarquismo clásico; tampoco puede etiquetárseles de situacionistas ni de seguidores de Herbert Marcuse. La confusión sobre la Acracia estudiantil de esos dos años llega hasta nuestros días. Cierta historiografía se ha esforzado en ningunear, o en restarle importancia, debido principalmente a su falta de formalidad organizativa y su ausencia de directrices; esto se traduce en una espontaneidad, tal del gusto siempre de los anarquistas.


Amorós, frente al discurso oficial que concede importancia al movimiento estudiantil de los años 60 para la llamada Transición democrática una década después, considera muy al contrario que la mutación del régimen (continuidad, en realidad) se produjo en realidad debido a su degradación. El movimiento de los estudiantes, aunque luchara como es obvio por la libertad en un sistema dictatorial, jamás tuvo como objetivo la implantación de una régimen democrático y burgués, siendo este el objetivo de fuerzas políticas como el Partido Comunista y otras de la oposición. La rebelión universitaria en España no era esencialmente distinta de la acaecida en Estados Unidos o en el resto de Europa. Lo que ocurre es que un régimen clerical-fascista reprimía con fuerza todos los contenidos radicales y verdaderamente transformadores de la protesta. Así, los elementos más lúcidos entre los estudiantes cuestionaran muy pronto, incluso la propia democratización de la enseñanza y la misma continuidad del régimen dictatorial en su forma liberal-burguesa. Los Ácratas, los más radicales entre los estudiantes, comprendieron la transformación que estaba en ciernes a través de la función de la universidad; la de un capitalismo que había escogido en aquel tiempo la vía tecnocrática-autoritaria frente a la liberal-parlamentaria, por la que apostaban las fuerzas democráticas de oposición (incluido el PCE).

En España, se estaba gestando un modelo de sociedad consumista, basada en el desarrollo industrial, la construcción de barriadas y la conversión en un país de servicios, que llega hasta nuestros días. Por otra parte, la apertura a mercados externos, incluidos los de los países del Este, demandaba un nuevo modelo democrático, aunque el régimen franquista temiera en todo momento la falta de orden y siguiera apostando en cierta medida por una ideología nacional-católica condenada a transformarse. En definitiva, y al margen de la especificidad de la dictadura en España, ocurría lo que en el resto de países “desarrollados”: el Estado se convertía en Capital, y este a su vez en Estado. ¿Quiénes no fueron corrompidos por esta situación de disolución? Amorós señala a artistas y estudiantes, pero son los segundos los que recurrieron a la revuelta y no a la música o la escritura, como los primeros. Así se produjo en el llamado mundo desarrollado, desde los Estados Unidos de América hasta la Europa Occidental, e incluso en algunas ciudades del Este como Varsovia y Praga. Tiene lógica que las rebeliones se produjeran en el ámbito estudiantil, ya que los problemas de la enseñanza media y superior no eran más que un reflejo amplificado de los problemas sociales. Los estudiantes, poco antes de ser domesticados y desclasados preparándoseles para el mundo laboral, tenían un inmejorable espacio para la reflexión y la libertad de debate y discusión.

Entre el movimiento estudiantil, prevaleció la denuncia del estrecho marco político propuesto por la oposición democrática, dilucidando esa estrategia de supuesta renovación cultural y moral para abrir paso al dominio de la mercancía y el dinero. Los estudiantes no se limitaron a hacer más ancho el marco, sino que se rebelaron contra su propia existencia y trataron de ir más allá; frente a fuerzas políticas y aparatos sindicales, hicieron prevalecer su organización asamblearia con el objetivo de cuestionarlo todo y de llevar la alegría, el humor y la furia como Ácrata, ya que sus integrantes no se dejaban seducir por los dirigentes del mañana democrático; rechazando de esa manera el poder, se oponían a la vez al Estado y a la sociedad capitalista. La rebelión en las aulas debía ser el preámbulo de otra de mayor alcance social donde la clase obrera tomara el protagonismo. Una de la características de la misma, diferenciada de otras anteriores, es que no postergaba la felicidad para el futuro, sino que que la buscaba en el instante mismo de la revuelta. Desgraciadamente, ese primer golpe de gracia a la sociedad de masas, en aras de la liberación, no tuvo posteriormente continuidad debido a la ineptitud de fuerzas sociales de mayor envergadura.

Capi Vidal

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