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Cuando creímos cambiarlo todo. Mi vivencia libertaria en la “Transición española”. La teoría de la cebolla

Francesc Boldú

Francesc Boldú fue miembro de los dos primeros Secretariados Permanentes de la CNT de Cataluña. Participó en la ocupación de la Soli, la organización del mitin de Montjuic y las Jornadas Libertarias de Barcelona. Posteriormente fue Secretario de Organización de la CNT en el V Congreso. Tras la impugnación participó en el Congreso de Valencia y, finalmente, se apartó de todas las CNT. Ha sido profesor de filosofía en diversos centros, el último el Instituto Español de Tánger (Marruecos)

Artículo publicado en Redes Libertarias núm. 5 (primavera 2026)

No soy historiador. He sido profesor de filosofía. Durante más de 40 años, mis alumnos tenían de 16 a 18 años. Ellos siempre 16 a 18. Yo, un año más. He vivido la evolución de la juventud. Día a día. Año a año. Y eso me preocupa mucho. Porque cuando una generación no ve ningún horizonte, busca cualquier respuesta.

Si no mostramos un modelo distinto a la sociedad actual, el único modelo alternativo que les queda es el de Vox. Y entonces siguen a Vox.

No voy a recitar un montón de datos históricos sobre lo que hicimos en el pasado, sino transmitir las emociones que viví para compartirlas con la gente de hoy. No para repetir nada, sino para motivar a la gente a hacer algo nuevo, distinto.

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A propósito del criminal «científico» Vallejo-Nágera

Acaban de retirar, transcurrido ya más de un cuarto del siglo XXI, los honores (o algo similar) a Antonio Vallejo-Nágera, el que tiene el grandioso honor de ser considerado “el mengele español”. Efectivamente, este médico y comandante militar puso todo su talento al servicio del fascismo hispano con prestigiosos cargos durante la cruenta dictadura franquista, puede decirse que fue una de las personalidades que se esforzó en garantizar el horror del orden instituido. Que haya tenido que pasar más de medio siglo desde la muerte del genocida Franco, y después de varias décadas de supuesta democracia, para que se anule el “prestigio” institucional de tantas figuras y se insista en lo moralmente evidente, dice mucho de esa pertinaz farsa que fue la Transición y de esas ataduras que sigue teniendo el sistema político, económico y también científico al llamado Régimen del 78. Sin embargo, echemos un vistazo a la historia reciente. Hay que decir que la concepción eugenésica del criminal Vallejo-Nágera, por supuesto una exacerbación ultrarreaccionaria de las tesis de la época, tampoco era una rara avis en la sociedad española. La supuesta ciencia, tantas veces, se ha puesto al servicio de las políticas de Estado para establecer la categoría de lo que no es “normal” y tratar de evitar la “degeneración”, cultural o biológica, de la raza; puede decirse, sin ambages, que en la sociedad contemporánea se ha producido cierta concepción racista de la ciencia. De esa manera, ciertos «científicos» intervienen para prevenir conductas, efectivamente, “anormales” y tratar de que el conjunto de la población acepte el sistema imperante. Para el caso que nos ocupa, el de este inefable todavía hoy Reino de España, y a propósito de este impresentable auge reaccionario actual, esta visión racista tiene mucho que ver con ese horror denominado “hispanidad” (recordaremos cómo este vocablo acabó sustituyendo al de, sencillamente, “raza” y quizá vayamos encontrando esos vínculos con la actualidad).

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El País, medio siglo (de ignominia)

Si el año pasado, hubo que sufrir ciertas celebraciones, o no sé muy bien qué, sobre la supuesta llegada de la democracia a este bendito país tras la muerte del dictador, es ahora el diario adalid de la progresía el que cumple su medio siglo de existencia. Y hay que dejarlo meridianamente claro, al respecto, los fastos producen no poca vergüenza ajena para todo aquel que tenga bien oxigenada la conciencia. No seamos ingenuos, no es que esperaramos que el llamado cuarto poder se mostrara mínimamente autocrítico, especialmente si hablamos del que es el grupo mediático más fuerte en este inefable Reino de España. Efectivamente, el diario El País nació en 1976 y, seguramente, no hay ningún otro factor que represente mejor lo que constituyó ese fraude llamado Transición a la democracia. Hagamos algo de memoria, eso tan necesitado en la actualidad, bien aderezada de un poquito de decencia y moralidad. Uno de los fundadores del diario fue José Ortega Spottorno, hijo del filósofo Ortega y Gasset, que a pesar de su supuesta condición liberal y laica acabó unido militarmente al bando reaccionario golpista y después, por supuesto, hizo fortuna en el régimen del genocida Franco. Spottorno era un editor de prestigio, había dado continuidad a la Revista de Occidente de su padre, un hombre bien visto por los sectores más abiertos de la dictadura franquista. Pero, quizá no es tan conocido que otro de los promotores, y por supuesto futuro accionista, de El País fue el ministro franquista Manuel Fraga Iribarne. Y fue el fundador de ese engendro posfranquista llamado Alianza Popular el que puso como director del diario a Juan Luis Cebrián, director de los servicios informativos de la franquista Televisión Española e hijo de un veterano y muy influyente falangista miembro de la Jefatura de la Prensa del Movimiento. Con estos sencillo datos, vemos cómo se estaba gestando la alabada transacción, el paso de una dictadora a una democracia con cierto lavado de cara político y mucha continuidad en todo lo demás. Cuando se publica el primer número de El País, en mayo de 1976, Manuel Fraga era ministro de gobernación de la Monarquía sucesora de Franco en la jefatura del Estado con un tipo tan sinvergüenza como Juan Carlos de Borbón (permanentemente alabado por el diario a pesar de sus latrocinios y escándalos diversos), mientras que solo quedaban dos meses para que fuera nombrado presidente del Gobierno otro tipo que se acostó franquista y se levantó demócrata, Adolfo Suárez. La prensa del momento, con El País a la cabeza, acompañó muy bien todo el proceso transicional en base a un supuesto miedo a la regresión al autoritarismo y a un mucho de intereses de todo tipo. El relato de que El País nació de un grupo de subversivos demócratas solo esta disponible para mentes biempensantes no sobradas de excesiva comunicación interneuronal. Una vez más, recordemos que PRISA, poderosa editora del periódico, fue creada en 1972 por miembros de la burguesía franquista y con el visto bueno institucional de la dictadura; poseía ya todos los medios a su alcance, junto a un numeroso accionariado de personas con (muchos) posibles, para el futuro proyecto de un diario moderno y liberal, no era en absoluto la aventura incierta de un grupo de precarios jóvenes como tantas veces se ha querido vender.

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Contra el fascismo y el olvido

Agustín Guillamón

No existe un fascismo abstracto, etéreo, de manual. El fascismo siempre ha tenido nombres, apellidos, uniformes, iglesias cómplices, jueces obedientes, falangistas disfrazados de policía o empresarios beneficiados y víctimas perfectamente identificables. El fascismo no es una opinión incómoda ni un exceso del pasado: es un régimen criminal, una práctica sistemática de terror, exterminio y saqueo, cuya huella sigue viva allí donde no se ha hecho justicia.

El fascismo español no fue una reacción, fue una agresión. La guerra civil de 1936 no fue una guerra entre hermanos, fue una guerra de clases iniciada por una sublevación militar contra un régimen democrático. Desde el primer día se impuso la lógica del exterminio: fusilamientos masivos, cunetas y pozos, cárceles, campos de concentración, exilio, robo de bienes, de dignidad y hasta de bebés. No hubo simetría posible. Hubo vencedores armados que saciaron su sed de venganza hasta el hartazgo y vencidos indefensos y humillados con destino de víctimas, sin más misión que el sufrimiento.

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El infierno y la brisa

¡Arriba Hazaña! es una curiosa película española de 1978, que siempre he considerado muy reivindicable, basada en la estupenda novela de José María Vaz de Soto El infierno y la brisa. Debido a la estructura de libro, basada en pequeños textos con diferentes puntos de vista de los diversos personajes, la película toma unos derroteros muy diferentes, con una narración que se puede describir como más lineal, más directa y con un desarrollo y un desenlace evidentes, y muy efectivos.

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Carlos Giménez: talento, memoria y compromiso en la viñeta

Carlos Giménez nació en el madrileño barrio de Lavapiés, cuando solo hacía dos años del final de la Guerra Civil. Creció en un colegio de Auxilio Social, tal y como quedará reflejado en la serie de Paracuellos, una de sus grandes obras, y allí empezó a dibujar tebeos emulando a los que serían sus primeros maestros, como es el caso de Juan G. Iranzo artífice de las peripecias del personaje de El Cachorro.

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Transiciones y transacciones

No paro de escuchar, entre el vulgo, que hay que enterrar el pasado. Nunca mejor dicho, ya que continúan multitud de asesinados por el franquismo bajo las cunetas y sin una reparación histórica decente. No puede entenderse la historia de este inefable país, ni su presente, sin condenar tajantemente el golpe fascista del 36, entendiendo la guerra que desencadenó como fundamentalmente entre clases, y la posterior dictadura criminal de cuatro décadas. Tras la muerte del dictador, en la cama, se nos ha estado insistiendo en un cuento edulcorado sobre la posterior transición a esto que denominan democracia. Urge, por supuesto, la deconstrucción de ese relato según el cual unos prohombres, de izquierdas y de derechas, decidieron otorgar la «libertad» al pueblo español sin que este hiciera mucho por merecerla. En primer lugar, uno de los factores que se suelen pasar por alto es la profunda depresión económica provocada por la inutilidad de los últimos gobiernos del franquismo, en un contexto de crisis internacional por el alza de los precios del petróleo, en un clima de lucha obrera ante la perspectiva de un posible cambio político. No puede entenderse el proceso sin ese factor de combatividad de los trabajadores, por lo que el franquismo necesitaba anularlo para salvar todo lo posible sus privilegios, producirse cierto maquillaje político y que hubiera una continuidad económica.

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La Transición española, la visión anarquista

Aunque algunas voces, y de manera muy matizada, quieren ahora ser críticas en los medios generalistas con la llamada Transición española a la democracia, es necesaria una profundización mayor recordando la visión anarquista también en la memoria histórica. Sin perder la autocrítica, siempre necesaria, hay que recordar los factores de silenciamiento y criminalización que llevaron al declive del único movimiento que no quiso participar en el domesticamiento político y sindical.

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La película ‘Modelo 77’ y la historia de la Copel

Había mucha expectación para ver la última película de Alberto Rodríguez, Modelo 77. Tengo que decir que este director es para mí es uno de los más interesantes en la actualidad, y ahí está su filmografía para demostrarlo, donde ya había tocado de manera muy crítica la historia reciente de este país. Ahí están películas tan notables como Grupo 7, La isla mínima o El hombre de las mil caras, donde bajo el formato de policiacos o thrillers se denuncia una determinada realidad social y política de un país con demasiadas costuras.

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¿Salvar al rey?

Me mandan un pequeño extracto de uno de los documentales de moda, «Salvar al rey», en el que se confirma lo que era un secreto a voces: la implicación del emérito Juan Carlos en el intento de golpe de Estado del 23-F en 1981. Se contempla a unos exagentes del CSID afirmando que el antiguo monarca era nada menos que el motor del golpe y, una vez visto el fracaso de la intentona golpista, los servicios de Inteligencia en un ejercicio magistral acreditan como el gran salvador de la democracia al rey puesto por el dictador, ese mismo que juró los principios del movimiento fascista. Al parecer, HBO ha decidio estrenar este trabajo audiovisual en un momento donde, de manera vergonzante, España está todavía rindiendo tributo a la recién fenecida Isabel II de Inglaterra. No he visto el documental, de dos horas y media de duración, pero los que sí lo han hecho aseguran que no aporta mucho a lo ya sabido, mientras que cierto tono sensacionalista no ayuda demasiado al rigor informativo. A estas alturas de la película, a poco que uno no sea un papanatas lamentable (y en este inefable país hay unos cuantos), resulta más que conocido que el fulano llamado Juan Carlos I de España es un individuo rastrero de la peor especie, a pesar de ser presentado como el gran héroe de esa farsa llamada «transacción democrática» y haber caído de pie una y otra vez, al menos, hasta hace bien poco.

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