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Carlos Giménez: talento, memoria y compromiso en la viñeta

Carlos Giménez nació en el madrileño barrio de Lavapiés, cuando solo hacía dos años del final de la Guerra Civil. Creció en un colegio de Auxilio Social, tal y como quedará reflejado en la serie de Paracuellos, una de sus grandes obras, y allí empezó a dibujar tebeos emulando a los que serían sus primeros maestros, como es el caso de Juan G. Iranzo artífice de las peripecias del personaje de El Cachorro.

A los 18 años, Carlos Giménez entró ya a trabajar en el estudio del dibujante López Blanco y, después de pasar por un penoso servicio militar, en algún que otro estudio donde empezó sus primeros pasos como historietista en series alimenticias.

Poco después, se va a Barcelona donde se convertirá en todo un profesional en la agencia Selecciones-Creaciones Ilustradas, en la que realiza multitud de trabajos que serán reconocidos internacionalmente. De nuevo esta parte de su vida quedó magistral e hilarantemente inmortalizada en otra de sus grandes obras: la serie de Los Profesionales. Obras que le consagrarán, y que alegrarán la vida de multitud de españoles en la Dictadura franquista, son Delta 99, con guión de Jesús Flores, y Dany Futuro, escrita por Víctor Mora -autor de los populares personajes de El Capitán Trueno y sus posteriores calcos El Jabato y El Corsario de Hierro-.

En 1977 vio la luz en España su obra Hom, adaptación de En el lento morir de la tierra, del gran escritor de ciencia-ficción Brian Aldiss, representante de la llamada Nueva Ola británica en la literatura del género. Hom es una reconocida obra maestra, de espléndida narrativa, que fue calificada de “maldita” al obtener una primera negativa por parte de varios editores europeos; su no muy agraciado protagonista y su falta de concesiones a la comercialidad no se ajustaban a los cánones del género. Estamos hablando ya de un trabajo donde Giménez explaya su plena libertad y creatividad y refleja sus preocupaciones: un planeta alienígena -por supuesto, trasunto de la Tierra- servirá de escenario para mostrar la lucha de clases y hacer una llamada a la fraternidad de los seres oprimidos y dispersados para superar los problemas políticos y sociales. Giménez muestra a un protagonista aislado, con deseos imposibles de evadirse de los problemas que afectan a su comunidad y que es dominado por una especie de mente-parásito que le obliga a enfrentarse a otro pueblo explotado. El aprendizaje de Hom pasará por comprender que un hombre solo no puede combatir a los poderosos, y volverá a su hogar a trabajar con su pueblo en un sorprendente final donde también aparece la sombra del autoritarismo.

El siguiente trabajo de Carlos Giménez se centra en la situación del país y se convertirá en un valioso cronista de la Transición, con afán de denuncia de un fascismo que actúa como rémora, todo ello con una impagable e incisiva ironía. Fruto de esta época son las obras, publicadas en origen de manera fraccionada en revistas como El Papus o El cuervo: Retales, España Una, España Grande, España Libre y Mano a mano; algunas de ellas llevaban guiones del genial Ivá, el fallecido creador de las conocidas series de la revista El Jueves Makinavaja e Historias de la Puta Mili. Estos trabajos pueden ser considerados, sin temor, como periodismo vivo, comprometidos en su afán de llamar a la resistencia popular frente a la violencia institucional en una realidad española que sufría acontecimientos cruciales para su futuro y que, tristemente, todavía estamos pagando en nuestro presente. Valga como ejemplo una historieta inaugural de la serie España… donde el dibujante deja claro que son los herederos del franquismo los que ahora ocupan el poder. Qué impagable valor tienen estos trabajos, reflejo de lo que se vivía y se pensaba en una época, y cuánto ayudan a recordar nuestra memoria reciente y a combatir las numerosas estupideces que se dicen sobre la llamada Transición a la democracia en España.

Si por entonces ya había recibido algún premio, nuevos reconocimientos llegarán con Paracuellos, la obra que inaugura el bloque autobiográfico del autor que nos ocupa y que conocerá continuaciones posteriores. Es posible que este trabajo sirviera a Giménez como catarsis personal, al contar sus penurias como niño en aquel hogar de Auxilio Social, que trató de inculcarle la detestable disciplina “nacional”, y que actúe como hilo conductor en la realidad española al simultanear Giménez este trabajo sobre la “educación” fascista con los anteriormente mencionados sobre la Transición. Barrio recogerá la vida adolescente de su autor, y la serie Los Profesionales, ya mencionada, sus primeros pasos como dibujante de historietas. En los años 50, después de abandonar la dureza y soledad del internado de Auxilio Social, se sitúa Barrio; el país con una larga posguerra que retrata Giménez es el de un Régimen terrible, con miles de personas que no encuentran su lugar en esa España oficialmente triunfalista: pobreza, colas de racionamiento, seres humanos convertidos en grotescos y en buscavidas por la miseria… y que forman todo un paisaje del sufrimiento de una España vencida. Sin embargo, la mirada del adolescente que fue se muestra algo esperanzadora, sin caer por supuesto en la nostalgia de una época terrible que hoy se pasa por alto o se pervierte, al haber abandonado su prisión infantil -ajeno tal vez a que todo el país era una cárcel-. Muestra Giménez la solidaridad de las clases bajas en muchos momentos y a pesar de la adversidad de las circunstancias, la conciencia de algunos personajes que continúan leyendo a los clásicos izquierdistas, la brutalidad de ex-combatientes nacionales que perpetúan la contienda civil…

En los últimos años, el trabajo de Carlos Giménez se había centrado en la cotidianeidad, en historias de “gente pequeñita”, como él mismo dijo, “muchas veces, las emociones pequeñas son más emocionantes porque quien las emite sabe más lo que cuenta, y quien las recibe las sabe aquilatar mejor”. Pero si hay un estupendo colofón para la parte de la obra de Carlos Giménez que actúa como recuperación de la memoria histórica es la publicación de 36-39. Malos tiempos, cuyo primer volumen en 2007 sería el inicio de una tetratología que tiene como escenario la Guerra Civil española y que convierte en protagonistas a los grandes olvidados por los “prestigiosos” historiadores de diversas tendencias: la gente normal, el pueblo que sufrió la contienda, que padeció el hambre y el horror de las bombas. El autor ha especificado que no es su deseo “banalizar el dolor y convertirlo en un espectáculo sanguinolento” sino evidenciar la injusticia de la guerra, el caldo de cultivo que supone para el odio entre los hombres. No cae Giménez en el maniqueísmo y muestra el horror producido en ambos bandos, pero dejando claro quiénes fueron los causantes del conflicto y la institucionalización del terror que hubo en el bando nacional. No será una lectura fácil esta obra, pero está tan cargada de sentimiento y de denuncia contra la guerra que resulta imprescindible. Una de las últimas grandes obras de Carlos Giménez, de 2012, es una biografía del también historietistas y pintor Pepe González.

En 2005 Carlos Giménez fue reconocido por toda su carrera con el Gran Premio del Salón del Cómic de Barcelona. Tiempo después, el periodista Borja Hermoso denunciaba la situación del gran autor de historietas, sin todo el trabajo y reconocimiento que se merece -a pesar de contar con multitud de premios en la profesión-, y reivindicaba que sus viñetas deberían estar en un museo.

Capi Vidal

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