Escucho las declaraciones de la pareja de una mujer fallecida, en el reciente accidente ferroviario de Urda, que alude a la culpa del tipo de sociedad que estamos sufriendo. El hombre, cargado de razón y se supone que venciendo una indescriptible tristeza, alude al «capitalismo de las prisas» (sic), a esa búsqueda implacable de beneficios a costa de trabajadores sobreexplotados. Recuerdo una canción del irrepetible cantautor Javier Krahe, llamado «Huevos de corral», donde realizaba un paralelismo entre la época de la dictadura con el grandioso advenimiento del progreso y la democracia; de esa manera, con su buena dosis de sarcasmo y mala leche, Krahe criticaba que poco había cambiado a nivel político el país al mismo tiempo que realizaba una sutil mención al cuestionable progreso tecnológico, que servía también para apaciguamiento de una masa acrítica: «Varios amigos míos opinan que así está bien, / que los mismos ya no roban y corre más el tren. / Eso ya lo he probado, / sabe a domesticado».
Hay circunstancias en la existencia arbitrarias, impredecibles y terribles, eso que llamamos accidentes, y que terminan costando la vida de los seres humanos. Allá cada cuál con sus creencias supersticiosas y sobrenaturales, pero el que se den dichas situaciones (cualquier catástrofe natural, por ejemplo), es un motivo más, especialmente de índole moral, para no creer de forma pueril en ninguna suerte de déspota todopoderoso (o como lo queramos llamar, hay quien se reafirma por ejemplo en ese despropósito del karma) que juega con la vida de sus pobres creaciones. Habrá quien sostenga que no viene a cuento dicho razonamiento, pero uno piensa que sí, que más que nunca hay que insistir en ello frente a los que esgriman algo así como razones superiores en el sufrimiento humano. No obstante, al margen de disquisiciones metafísicas y de las cosas disparatadas en las que podamos creer respecto al destino de este peculiar ser llamado sapiens, hay que aceptar lo inevitable de esos accidentes cruentos e irreparables (terremotos, tsunamis, avalanchas de glaciares, lavas de volcanes…), que es posible que por estadísticas pensemos siempre, de forma falaz y no menos terrible en nuestro distanciamiento, que va a ocurrir a otros.
Sin embargo, atengámonos ahora a otro concepto, igualmente pernicioso, y que en este caso sí puede ser evitable al producirse por la muy terrenal intervención del ser humano. En contraposición con el anterior, aunque en ocasiones se usen como sinónimos, podemos denominarlos incidentes. ¿Lo ocurrido recientemente, que ha segado decenas de vidas de un modo horrendo, es un accidente, producto de la arbitrariedad del destino o de un cúmulo de causas difíciles de predecir? ¿O, por lo contrario, se ha tratado de un incidente, consecuencia del sistema que hemos construido? Recordemos entonces la feroz crítica que se encontraba en las palabras de la víctima, al inicio de este texto; por mucho que busquemos una explicación sencilla en forma de un culpable concreto, puede que se trate de la brutal consecuencia de una sociedad que prima el beneficio económico frente a cualquier preocupación de índole moral. Desgraciadamente, todos nos hemos visto imbuidos de ese deseo de llegar o acabar más pronto en nuestra actividad diaria (laboral o lúdica), mejor en dos horas que en cuatro, por no hablar de una obsesión por la productividad, también a un elevado coste humano.
Existe, por supuesto, una relación entre ambos conceptos, de tal manera que si todos los esfuerzos se dirigieran a paliar la intolerable miseria de gran parte del planeta se reduciría enormemente el impacto de todo accidente. De esa manera, es un sistema producto de la mano humana (incidental), el que propicia situaciones terribles (pobreza, explotación, conflictos bélicos, degradación del medioambiente…) que favorece el no poder evitar catástrofes más arbitrarias. Es posible que esto explique las cíclicas crisis de todo tipo que se producen, y eso en el mundo mal llamado «desarrollado», ya que otros viven en una situación precaria permanente. Llegamos en este punto a ese desarrollo tecnológico, nada «neutral», incluso exacerbado en las últimas décadas y, como terrible paradoja, puesto al servicio de un sistema inasumible, que privilegia solo a unos pocos mientras el resto tiene que ir a remolque en forma de padecimiento y, en no pocas ocasiones, perdiendo la vida.
Mientras que ciertos buitres buscan sacar rédito político de accidentes o incidentes como el ocurrido esta semana, exigiendo sin más que se quiten unos en el poder para ponerse ellos, los técnicos se esforzarán en buscar la concatenación de causas, no pocos fallos en el sistema, que ha llevado a ello. Algunos siguen insistiendo que la solución estriba en unos mejores sistemas de control, mientras obvian toda crítica a unas condiciones materiales que exigen esa mayor productividad y beneficio a un elevado coste humano. Y no pretendo negar en absoluto la responsabilidad de los que detentan el poder político, quizás más por esa inicua connivencia con el poder económico, que por una mejor o peor gestión, en este caso en el campo de los transportes, pero léase también cualquier otro ámbito humano. Y, precisamente, en cualquier actividad que llevemos a cabo, a nivel social, político o económico, puede darse la solución autogestionaria, que ponga por encima de cualquier otro factor el bienestar y la seguridad de los seres humanos. En suma, cuidarnos de verdad unos a otras, primar la solidaridad, no solo de manera puntual, sino como un paradigma permanente en la acción humana.
Precisamente, el sistema ferroviario era uno de los ejemplos históricos que pusieron los y las anarquistas, el cual podía funcionar perfectamente de manera descentralizada y en manos de los propios profesionales. Pero, por supuesto, con parámetros morales muy diferentes a los de toda sociedad estatal y capitalista. Esperemos que, transcurrido un tiempo después de este terrible accidente, no nos encontremos de nueva en una dinámica enloquecida, con falsos triunfalismos sobre el desarrollo tecnológico, que apuntale el estado de las cosas. Confiemos de manera sólida en que sirvan estas tragedias para generar una mayor conciencia y rebeldía sobre el mundo que sufrimos. Un sufrimiento, en gran medida, producido de manera incidental, es decir, por causas humanas perfectamente solventables. Igualmente, es de desear que se produzca también una radical reflexión sobre todas esas innovaciones tecnológicas, que insisten en una mayor velocidad o en la conquistas de nuevos mundos, mientras en este seguimos sosteniendo un inaceptable malestar para gran parte del planeta. Se habrá notado que en esta ocasión, de manera contundente, he evitado el tono sarcástico habitual. Palabras de este ácrata, algo nihilista, pero, de forma paradójica, con grandes preocupaciones morales.
Juan Cáspar
https://exabruptospoliticos.wordpress.com/2026/10/31/accidentes-e-incidentes-brutales-ambos/




