Autonomía obrera, anarcosindicalismo, anarquismo

Texto inédito de Miquel Amorós en el que se tratan temas antaño muy comunes como los Sindicatos Únicos, los Consejos de Fábrica y los Consejos Obreros. Para la charla en el Ateneo Popular de Alcorcón (Madrid), 28 de febrero de 2015.

La cuestión de la autonomía ha estado ligada a las primeras manifestaciones históricas de la clase obrera. Por autonomía se entendía la independencia del movimiento obrero respecto de otras clases, especialmente de las facciones radicales de la burguesía que intentaban servirse de él como fuerza de choque para alcanzar sus objetivos particulares. Significaba pues, auto-actividad, autoorganización, auto-orientación política y económica. La Asociación Internacional de Trabajadores fue la primera organización que plasmó la autonomía obrera en su divisa: “la emancipación de los trabajadores será obra de ellos mismos.” Sin embargo, la manera con que concretar dicha autonomía dividió a la Internacional en dos bandos: los “marxistas”, partidarios de la lucha parlamentaria y la autoridad central, y “bakuninistas”, enemigos de la política y de cualquier autoridad, rechazando colaborar con ningún movimiento político “que no tuviera por fin inmediato y directo la emancipación total de los trabajadores”. La derrota de La Comuna de París acentuó estas diferencias, determinando una separación entre acción política y lucha económica; para los socialdemócratas marxistas era prioritaria la primera, y para los anarquistas bakuninianos, los preparativos revolucionarios catapultándose en la segunda.

La preponderancia socialdemócrata, p. e. en Alemania, se tradujo en la formación de partidos obreros a cuyas tácticas electorales debían supeditarse las uniones o sindicatos, mientras que allá donde se impuso la influencia anarquista, p. e. en España, las asociaciones obreras empleaban tácticas antipolíticas. Por un lado, el voto en busca de reformas graduales y la mediación política de los conflictos; por el otro, el federalismo, la acción directa y la huelga insurreccional apuntando hacia metas revolucionarias. La socialdemocracia se consideraba la vanguardia dirigente del proletariado y en su mayoría aspiraba a la conquista del Estado burgués de forma escalonada, por etapas, gracias a un movimiento fuertemente organizado, centralizado y disciplinado. Al final, un capitalismo burocrático de Estado enmascarado como socialismo. En el extremo opuesto, los anarquistas no podían imaginar una liberación dentro del Estado y gracias a él: “Estado significa dominación, y cualquier dominación supone sujeción de las masas y, por consiguiente, explotación en provecho de una minoría gobernante cualquiera” (Bakunin). El anarquismo societario se orientaba en cambio hacia un movimiento sin estados mayores y con un alto grado de espontaneidad, aspirando a implantar directamente, sin transiciones ni intermediarios, un régimen social igualitario no estatal basado en la federación libre de sociedades de productores. Un comunismo libertario. El concepto de Productor u obrero libre emergía en aquellos tiempos frente al de Asalariado o esclavo del capital.

El sindicalismo revolucionario fue una corriente doctrinal que reivindicaba la independencia de los sindicatos en relación con los partidos, y propugnaba la lucha sindical como la única específicamente obrera. Nació en Francia con la creación de la Federación de las Bolsas de Trabajo en 1892 y de la CGT en 1895, siendo una reacción contra la desunión que provocaban los partidos y contra la subordinación de la lucha social a la contienda parlamentaria. Fue pues un intento de conseguir la unidad de la clase por encima de cualquier ideología recurriendo a los sindicatos, órganos que no solamente habían de consagrarse a la lucha económica y al control obrero, sino que se habían de convertir en instrumentos de formación social y de gestión de la producción en el periodo posrevolucionario. El sindicalismo revolucionario no negaba la acción política, sino que se separaba de ella; sus tácticas eran la acción directa contra la clase patronal, el boicot, el sabotaje y la huelga general, gracias a la cual debutaría el proceso revolucionario. Los sindicatos, hasta entonces simples organismos de defensa, ya no eran contemplados solamente como bastiones contra la explotación, sino como motores de la revolución y constructores de la nueva sociedad. Sin embargo, la marea nacionalista de 1914 sumergiría a los sindicatos, que no se opondrían a la movilización militar ni a la guerra. Eso comportaría el fin del sindicalismo revolucionario como tendencia mayoritaria en Francia, pero en España dio un paso hacia adelante: la CNT mantendría una actitud antimilitarista y adoptaría una estructura sindical descentralizada apoyada en federaciones locales y sindicatos únicos, a la manera de la IWW americana, que abarcaban todos los oficios de una industria determinada. En el Congreso de La Comedia de 1921 tomaría el comunismo libertario como finalidad. En posteriores reuniones acordaría no adherirse a la Internacional Sindical Roja promovida por los bolcheviques y prohibir el desempeño de cargos a militantes afiliados a partidos. Quedaba constituido lo que más tarde recibiría el nombre de anarcosindicalismo. Los intentos de cambio en el Congreso reorganizador de El Conservatorio, en 1931, encontraron una fuerte oposición por parte de los sectores anarquistas. La moción de intervención política y la conversión de los sindicatos en federaciones de industria a escala estatal despertaron una fuerte oposición interna, llevando la CNT a la escisión, que no fue superada hasta el Congreso de Zaragoza, mayo de 1936, a costa de mutuas concesiones de las partes enfrentadas. La guerra civil revolucionaria confirmaría el carácter constructivo y administrativo de los sindicatos, verdaderos organismos unitarios de la clase obrera tras las alianzas UGT-CNT, pero desmentiría su antimilitarismo y su apoliticismo: la burocracia sindical, secundada por la burocracia ideológica anarquista,  actuaría como un auténtico partido patriótico, llevando la clase obrera al desastre.

Si bien la necesidad de organizarse eficaz y libremente no encontraba trabas insalvables en los países democráticos, en los países absolutistas como Rusia las sociedades obreras estaban condenadas a la clandestinidad, desde donde no podían ejercer demasiada influencia. Los sindicatos no resultaban prácticos, puesto que la mayoría de los trabajadores quedaban al margen. Durante el movimiento insurreccional de 1905, la clase obrera creó espontáneamente en San Petersburgo un organismo nuevo, unitario, donde confluían todas las corrientes proletarias, dándose la tarea de transformar las masas de huelguistas en tropas de combate: el Consejo de Delegados Obreros o Soviet. El soviet era la organización que respondía a necesidades ofensivas; significaba que los obreros, la mayoría sin organizar, habían pasado al ataque. Era “la forma natural y espontánea de toda gran acción revolucionaria del proletariado”, resultado de una huelga de masas, en palabras de Rosa Luxembourg (hoy diríamos huelga salvaje). La huelga de masas se diferenciaba de la huelga general de los sindicalistas revolucionarios por su espontaneidad, pues no nacía de una convocatoria, y el papel fundamental era desempeñado por los obreros no organizados, no por los sindicalistas. Los partidos y los sindicatos más bien eran arrastrados por el impulso revolucionario, muy a su pesar. Al constituirse el Consejo y dedicarse éste a organizar la vida social en todos sus ámbitos, se pasaba de la economía a la política y, a poco que la huelga salvaje adquiriese visos de batalla en regla, se pasaba de la política a la revolución. Así pues, los Consejos representaban intereses colectivos que iban mucho más allá de los económicos. Eran organismos autónomos del proletariado, pero no representaban a los obreros en función de un oficio, una profesión o un trabajo determinado, sino como miembros de una clase. Eran órganos democráticos revolucionarios de clase, la plasmación de la autonomía obrera en el momento ofensivo, cuando el proletariado se aprestaba a vencer a sus enemigos y se preparaba para dirigir la producción y administrar la sociedad prescindiendo de los patronos y de los representantes del Estado.

En 1917, la situación revolucionaria rusa puso de nuevo en escena a los Consejos Obreros, a los que se añadían Consejos de Campesinos, de Marineros y de Soldados. Evidentemente no surgían para modificar el mercado laboral elevando el precio de la fuerza de trabajo, sino para ocupar el lugar de los ayuntamientos, de los parlamentos y del resto del aparato estatal. Encarnan la forma de la revolución, a la que ningún partido ni ningún sindicato podían representar. Son su expresión de masas inmediata. En la medida en que la victoria no era segura, su posición resultaba inestable y, tal como sucedió en 1918 en Alemania y Hungría, donde el peso de la socialdemocracia era considerable, los Consejos viraron hacia posturas conservadoras que les auto-limitaron y al final provocaron su disolución. En tanto que instrumentos de la destrucción del capitalismo se alineaban contra los sindicatos, quienes con afán de supervivencia se aferraban a los esquemas de negociación burgueses.

Los sindicatos habían sido creados en una época de expansión capitalista y formaban parte del orden institucional, donde abrevaba una burocracia sindical con intereses semejantes a los de la burguesía. Al entrar en crisis el capitalismo, su papel defensivo y regulador dejó de cumplimentarse, puesto que para el proletariado no se trataba de reforzarse dentro del capitalismo, sino de acabar con él. Entonces, ante la dimisión general de los sindicatos, junto con las huelgas salvajes y las ocupaciones aparecieron otras maneras de organizarse como las asambleas de huelguistas, los comités de fábrica y las coordinadoras.

Pronto dichas formas desbordaron el marco económico y actuaron políticamente, con la consiguiente oposición de la burocracia sindical y partidista. En una fase organizativa superior, tales estructuras dieron lugar a los Consejos Obreros. No obstante, toda revolución que permite subsistir formas anteriores de poder estatal o que deja constituirse formas nuevas, cava su propia tumba. En Alemania, la socialdemocracia supo paralizar la dinámica consejista para después apartarse, posibilitando la supresión de los consejos por medios policiales y militares. En Rusia, los bolcheviques pusieron en pie un aparato policial y un ejército que marcando distancias, facilitó el desarrollo de una burocracia político-estatal destinada a domesticar y convertir en elemento decorativo a todo el sistema consejista, no sin ahogar en sangre los consejos que se resistieron, como los de Kronstadt y los del Sur de Ucrania (makhnovistas).

En España, en 1936, los sindicatos únicos desempeñaron el mismo papel que los Consejos en lo relativo a la defensa de la revolución, la producción y administración. La consigna “Todo el poder a los sindicatos” era la traducción del lema ruso “Todo el poder a los soviets.” A pesar de todo, la revolución española no desmanteló el Estado burgués sino que trató de utilizarlo para consolidarse, viéndose forzada a una renuncia tras otra, con la agravante de alimentar una burocracia obrera que se convirtió en uno de los factores principales de su derrota. Cuando se desencadena la contrarrevolución, o sea, cuando el Estado recobra fuerzas, tanto el terreno de los Consejos como el de los sindicatos revolucionarios se contrae, puesto que no han podido o sabido forjar una fuerza capaz de contenerlo y anularlo. Tras un corto periodo decadente, donde se trasforman en organismos técnicos de mediación y cogestión, unos y otros desaparecen.

A menudo se ha confundido Consejo Obrero con Consejo de Fábrica, dos realidades completamente diferentes. El Consejo de Fábrica surgió durante el movimiento de ocupaciones de marzo de 1921, en Turín, en tanto que organismo encuadrando a los obreros en su lugar de trabajo por encima de los sindicatos.

Existía el precedente similar de los Shop stewards ingleses de 1915-1920, y el de los Comités de Fábrica rusos. El Consejo de Fábrica era un órgano representativo de base con funciones económicas relacionadas con el “control obrero” de la producción. Carecía pues de las funciones político-administrativas del Consejo Obrero, que obedecía a una fase superior de la lucha de clases. En gran parte ejercía tareas que habían correspondido a los sindicatos, como la representación directa de los trabajadores o la gestión de la producción frente al capitalismo. No era la fórmula definitiva de la autonomía de clase en el periodo prerrevolucionario, sino sólo su primer peldaño. Los Consejos de Fábrica formaron parte de los Soviets en Rusia y terminaron confundiéndose con ellos en Alemania, antes de ser definitivamente aplastados. La derrota del fascismo no planteó de nuevo la necesidad de Consejos en el bloque capitalista occidental, pero sí en el bloque estalinista. El sistema de Consejos reapareció en Hungría en 1956 como respuesta popular al terrorismo policial y a la dictadura de partido, planteando al mismo tiempo la reorganización de la economía sobre bases verdaderamente socialistas y no sobre los pies de barro de un capitalismo estatalista. Así pues se daba la dualidad entre Consejos Revolucionarios (que abarcaban a los artistas, escritores, soldados, estudiantes y funcionarios) con funciones claramente de gestión política, y los Consejos de Trabajadores (o de Fábrica), que sustituían a los venales sindicatos del régimen en tanto que representación genuina de los intereses económicos de los obreros. El sistema de Consejos se reveló como la única alternativa democrática no sólo a la dictadura, sino al sistema parlamentario. La democracia directa de las asambleas es lo más opuesto que cabe a la seudodemocracia de partidos, porque solamente en ella es posible la realización de los principios políticos de igualdad y libertad. La república consejista de Hungría duró doce días, siendo aniquilada por los tanques rusos. Es remarcable el hecho de que el régimen no tuvo problemas en hacer concesiones económicas, sabedor de que en esa esfera las crisis no llegan a cuestionarlo. Sin embargo, la represión intelectual fue implacable. La verdadera libertad no nace del trabajo y el consumo, sino del pensamiento. Un pueblo sumiso es el que no piensa, bien porque no le dejan, bien porque ha perdido la facultad de pensar. Ese principio es la gran aportación del totalitarismo a la dominación. La reconstrucción que siguió a la guerra mundial dio lugar a un largo periodo expansivo propicio a los pactos sociales desarrollistas. Durante los momentos de crisis posteriores –Mayo del 68 en Francia, Revolución de los Claveles en Portugal, Movimiento Asambleario de 1975-77 en España, Movimiento por la Autonomía en Italia, Solidarnosc en Polonia, caída del Muro de Berlín- los consejos de fábrica hicieron acto de presencia con denominaciones diferentes, pero tuvieron una existencia efímera.

La clase obrera no llegó a disponer de un nivel de coherencia y cohesión suficiente para imponerlos e impulsarse hacia adelante, en la dirección revolucionaria. No fueron más que destellos anticapitalistas condenados a una extinción rápida, pues la economía de mercado, integrando al capitalismo burocrático de Estado, pudo superar con relativa facilidad las contradicciones que los originaron.

Oponer consejismo y anarcosindicalismo sería estéril y absurdo, pues ambas formas de autonomía se dieron en condiciones locales particulares, con tradiciones diferentes y grados distintos de organización, y en ellas colaboraron militantes obreros de diversas ideologías. Ahora, trascurrida la etapa globalizadora y cerrado el último ciclo desarrollista del capital, el problema principal más bien sería otro, a saber, el de la bajísima combatividad de la masa asalariada, su escasa disposición a organizarse y aún menos a abrirse perspectivas liberadoras. No sólo la masa muestra nulo interés por cuestionar la sociedad en la que sobrevive, sino que con su conducta resignada y autolimitada contribuye a su estabilización. Ninguna reivindicación contempla la abolición del capitalismo; ningún contenido lo trasciende. La pregunta de por qué la clase obrera dejó de manifestarse como tal hace más de treinta años no tiene fácil respuesta, pero cualquier actividad subversiva ha de empezar respondiéndola de modo convincente. Ninguna teoría de la revolución proletaria ha podido sobrevivir incólume a tal desaparición y a tanto conformismo, y el anarquismo no es ninguna excepción. Esto es así porque el ocaso de los revolucionarios acarreó el de sus teorías, hoy pálidos reflejos doctrinarios de un pasado idílico y mistificado. Bajo la etiqueta anarquista subyace organizaciones, ideologías y actitudes muy dispares, cuyo común denominador es la confusión, el guetismo y la presencia insuficiente o nula en los raros conflictos actuales. Sin embargo, del anarquismo queda una parte no vencida, el rechazo de la autoridad, de la política y del Estado, que ningún planteamiento con vocación subversiva puede soslayar. Del consejismo y anarcosindicalismo resiste el ejemplo de unidad, democracia directa y autonomía. Los grupos que comparten esas mínimas exigencias libertarias y consejistas –los grupos autónomos- han de aportar luz a la condición obrera actual que sirva de catalizador de un movimiento realmente social, antipatriarcal, anticapitalista y antiautoritario, al que el oportunismo no desvíe por cauces institucionales, y esa tarea es principal (aunque no exclusivamente) teórica. El pensamiento precede la acción, pero sólo como el relámpago al trueno. La cuestión social ha de invadir la esfera del pensamiento para convertirse verdaderamente en fuerza práctica. En cualquier caso, los grupos no han de colocar el activismo militante en el sitio que correspondería al debate y a la lucha social por llegar de los agraviados y oprimidos. No han de caminar por la senda vanguardista y aventurera, ni dentro ni fuera de las instituciones. La función de un grupo autónomo sería la de contribuir a una mayor conciencia de ese agravio y esa opresión, que tendría que materializarse en la creación de organizaciones más o menos formales de convivencia, autogestión y autodefensa. En fin, suscitar una autoorganización de la disidencia social verdaderamente comunitaria en el curso de las luchas que no dejan de producirse. Ellas son su medio y solamente en él han de mostrarse ejemplares. Solamente partiendo de ellas podrá desencadenarse un movimiento de segregación económica, política y social que dé al traste con el capitalismo y el Estado, dos palabras pero una misma cosa.

Miguel Amorós

Fuente: http://kaosenlared.net/autonomia-obrera-anarcosindicalismo-anarquismo/

Un comentario sobre “Autonomía obrera, anarcosindicalismo, anarquismo”

  1. Amorós nos dice que la pregunta «de por qué la clase obrera dejó de manifestarse como tal hace más de treinta años no tiene fácil respuesta» y que «cualquier actividad subversiva ha de empezar respondiéndola de modo convincente».
    Es pues curioso que no lo hagamos y que nos conformemos con decir que esa pregunta «no tiene fácil respuesta». Aunque, lo más curioso es que la tiene, que sabemos por qué la clase obrera dejó de manifestarse como tal…»
    ¿Por qué, pues, no respondemos «de modo convincente» y, al no hcerlo, conribuímos a que ninguna lucha sea hoy y pueda ser mañana «subversiva»?
    Me parece obvio que no es la respuesta a la pregunta lo que no es fácil sino ser consecuentes ahora con el deseo emancipador de la clase trabajadora de antes. Pues, si «el pensamiento precede
    la acción», la realidad hoy es que seguimos pensando la emancipación; pero nuestro deseo, al estar colonizado por la ideología capitalista del «tener», nos impide ser consecuentes con nuestro pensamiento emancipador y por eso, en vez de traducirse en acción (revolucionaria), se conforma con quedar reducido a retórica…
    De ahí que unos y otros lamentemos «la bajísima combatividad de la masa asalariada, su escasa disposición a organizarse y aún menos a abrirse perspectivas liberadoras», y, en el mejor de los casos, insistamos (como lo hace Amorós) en la necesidad de preguntarnos por qué se ha llegado a una situción en la que nos vemos obligados a reconocer que «ninguna reivindicación contempla la abolición del capitalismo; ningún contenido lo trasciende».
    ¿No deberíamos, pues, comenzar por reconocer la colonización de nuestro deseo y la necesidad y urgencia de buscar medios y comportamientos para liberarlo y darle como objetivo la vida ahora que el capitalismo amenaza con hacerla imposible?
    Fraternalmente

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