Lo lamento de veras, sé que soy algo pesado, pero tengo que insistir una vez más en la triste realidad que sufrimos y, eso, en sociedad que lastimosamente denominamos como avanzadas. Nunca antes la información, una información mínimamente veraz a poco que uno sea crítico y exigente, ha estado al alcance de cualquiera y es posible que nunca antes, en la historia de esta especie peculiar que denominamos sapiens, se haya tendido como ahora a creer en cosas abiertamente absurdas. La explicación, seguramente, es compleja y obedece a distintas causas que tienen mucho que ver con nuestras lamentables estructuras sociales, políticas y económicas, por lo que dejaremos para otro momento el profundizar en ello. De momento, vamos a atender principalmente a esos síntomas que resultan como para echarse a llorar, cosa que uno, irreductible ante el desaliento, no va a hacer en la puñetera vida. Y es que resulta alarmante que disponiendo de herramientas razonablemente fiables, a poco que uno no sea un perezoso intelectual, tantas personas se obcequen en afirmar, de manera rotunda, una y otra vez las mismas cosas (algunas, simplemente cuestionables de entrada; otras, abiertamente estúpidas). Como es sabido, el que suscribe es un lúcido ateo enemigo de todas y cada una de las religiones, es decir, de toda doctrina plagada de dogmas e irracionalidades. Y, antes de que algún creyente tuerza el morro, yo le pediría que todo ese absurdo que estoy seguro observa en las religiones ajenas, a poco que lo haga de manera crítica, lo aplique a la suya propia. Y es que algún mecanismo debe existir en la psique humana para que, de manera habitual y lógica, esto no se produzca. Habrá quien me diga que son muchos siglos de existencia de las religiones, que ya hubo una época en que parecía que se iban a superar y que, sin embargo, así estamos a día de hoy. Lo siento, pero no me convence, lo absurdo y pernicioso (ambos conceptos suelen ir unidos) lo era en el siglo XVIII y lo sigue siendo en la actualidad.
Y quien habla de religiones, póngase aquí cualquier otro doctrina, teoría o ideología donde opera el mismo mecanismo. Detengámonos en lo que podemos denominar sin demasiados problemas pseudociencia. Y, antes de ello, un pequeño inciso sobre la posmodernidad, según la cual no puede tomarse ya la ciencia como un saber absoluto y puede decirse que constituye un relato entre otros dentro de las diversas culturas. Bien, es todo un debate, hubo un tiempo en que parecía que la razón y el conocimiento científico iban a liberar a la humanidad, mientras que la realidad ha sido muy diferente en los últimos tiempos. Podemos aceptar que, efectivamente, no puede tomarse la ciencia de manera absoluta, aunque en mi opinión no ha sido esa nunca, o no debería haberlo sido, su característica. Por otra parte, hay que ser muy crítico con la instrumentalización que se ha realizado del conocimiento científico, en ocasiones per se muy cuestionable, por parte de los poderes políticos y económicos. Pero, una cosa es eso y otra muy diferente es no aceptar que el método científico, con un horizonte muy amplio, por supuesto, sigue siendo el mejor acceso al conocimiento que se nos ocurre. En otras palabras, podemos catalogar sin demasiado dificultad todo aquello que es mera pseudociencia, que no tiene base sólida alguna y que pertenece al terreno de las creencias. No cuesta nada reírse en la cara de los terraplanistas o de los pobres bodoques que afirman que el planeta tiene solo unos miles de años, aplicando el mínimo conocimiento empírico. Sin embargo, ojo, se ha dicho que poco tiene que decir la ciencia acerca de un ser omnipotente creador del universo, que hasta ahora nadie ha visto más allá de alguna delirante percepción mística, pero no debería tardarse mucho en descartarse, por ejemplo, el concepto de una energía cósmica benévola, que algunos además aseguran saber canalizar para consumo de incautos. Son ejemplos de creencias descabelladas, en alguna ocasión con la cuestionable legitimidad de tener miles de años (sería entonces ciencia obsoleta) y en otros caso, ni eso (podemos llamarlo, con todas las letras, pseudociencia).
Hay quien dice que el ser humano tiene avidez por lo maravilloso, pero en lugar de buscarlo en el amplio conocimiento humano, en el arte, la música, la literatura o, por qué no, en alguna ciencia que sirve de veras a la humanidad, se pierde en delirios cósmicos y espirituales. No sé si la respuesta está siempre en la mera idiotez, he tratado de defender muchas veces que no, que existen otras causas como la búsqueda de tranquilidad existencial, ese mero consuelo u opio del pueblo al que aludía el clásico. Hay también quien sostiene que a veces se trata del gusto por lo alternativo, por pensar que se forma parte de una minoría que ha alcanzado la iluminación y la verdad, por muy irrisorias que estas resulten. No obstante, pienso que en demasiadas ocasiones la más profunda mediocridad se encuentra también detrás de todo este cúmulo de creencias dogmáticas disparatadas, la falta de una auténtica curiosidad intelectual y de un espíritu verdaderamente crítico. Y, como ya apunté anteriormente, no quiero que toda esta crítica, a veces demasiado fácil, se quede solo en terreno religioso o pseudocientífico. Desgraciadamente, a veces se amplia también a lo ideológico, al campo político o económico, donde esos malditos mecanismos dogmáticos y actitudes pueriles también se desenvuelven a gusto. Muy probablemente, por eso soy también, o trato de serlo (ya que, de alguna manera, todos tenemos creencias) un anarquista en lo intelectual, a mi modo de ver, supone la permanente crítica a todo fundamento, dogma o verdad definitiva; por supuesto, con unas gotitas del muy saludable nihilismo que nos haga cuestionar los valores más perniciosos.




