ACRACIA ANARQUISMO NIHILISMO

El esperpento que sufrimos todos

Me resistía a escribir algo sobre algo el tema o debate, que ha estado en el candelero (o candelabro) a lo largo de esta semana en este inefable Reino de España. Al final, va a resultar inevitable, ya que a pesar de encontrarme habitualmente a infinita distancia de la mediocridad, yo mismo termino por caer en algunos lugares comunes. Me refiero, claro, a lo de las jornadas en Sevilla sobre la guerra civil española organizadas por ese ser humano incalificable, que ha debido nacer en un siglo equivocado, apellidado Pérez Reverte. No hacía falta demasiado derroche intelectual, ver de entrada al convocante, comprobar que el evento se denominaba La guerra que perdimos todos y repasar a los asistentes llevaba, ni siquiera a hacer saltar todas las alarmas, simplemente a arrojar al vertedero el asunto. Sin embargo, la cosa entró en la polémica y terminó por saltar por los aires cuando uno de los asistentes, un joven y exitoso escritor llamado David Uclés, decidió renunciar a ir al comprobar algunos nombres convocados; era el caso del repulsivo e inicuo expresidente del gobierno, José María Aznar, junto a uno de los fundadores de la ultrarreaccionaria fuerza política Vox, Iván Espinosa de los Monteros. La excusa del barbado literato, al parecer con un best-seller precisamente sobre el conflicto civil y social español, fue que no podía compartir mesa con unos tipos que, busco el texto liberal, «habían quebrado los derechos fundamentales del ser humano», con algún añadido como el daño que había producido Aznar o que Espinosa de los Monteros había sido uno de los artífices de «un partido que atenta contra los valores por los que lucho» (grandilocuente cita textual). Al poco de la renuncia de Uclés, otros como Antonio Maíllo, coordinador de Izquierda Unida, también se negaron a asistir. Diré de entrada que resulta francamente cuestionable la pose final de los que ahora, tras la polémica que ya se avecinaba, se bajan del carro llenando titulares. Es decir, no hay quien se crea que todos los convocantes no conocieran los detalles de las jornadas, empezando por el indignante título, que equipara a ambos bandos en litigio, y terminando por el listado de asistentes (que, por cierto, hay de todo; desde gente que no sé qué pinta ahí hasta algún historiador serio como Julián Casanova).

A no ser, claro, que uno acepte asistir a algo sin conocer los pormenores, simplemente, por ser un inmejorable escaparate (convocado por una tristemente famosa figura de las letras) para su persona y su obra. En fin, son simples conjeturas y que me perdonen todos aquellos sinceros en su manera de obrar (sí, algo de sarcasmo hay). Ante la polémica, el evento, congreso, jornadas, o lo que diablos iba a ser aquel esperpento, se ha cancelado. Hay que decir que puede ser otro ejemplo de que aquella parodia que realizó de Pérez Reverte el humorista Joaquín Reyes, tal vez, lo clavó; buscad, buscad en YouTube, se evidenciaba que, tras su fachada de irrisorio machito español protagonista de infinitas guerras, el trasunto del Capitán Alatriste en realidad se hacía caquita en los pantalones a la menor de cambio. Y es que Reverte, como excusa para la suspensión ha asegurado que ha recibido amenazas «violentas» (debe ser que las hay «pacíficas») por parte de elementos de ultraizquierda (sea lo que sea eso). Para mayor ridículo, el fulano también ha asegurado que, por un error de imprenta, el título del evento debería haber ido entre interrogantes. Todo muy creíble. Al margen del esperpento que supone todo esto hay que decir que la cosa no es para tanto, no hay nada nuevo en querer, de manera directa o indirecta, equiparar a ambos bandos en la guerra civil (y, no lo olvidemos, también «social»). El muy idiota cartel del evento, en el que dos banderas enfrentadas (la tricolor y la actual rojigualda) acaban ardiendo, ya dice todo sobre dicha equivalencia en el horror a las dos partes. Resulta inconcebible que alguien convoque unas jornadas sobre la Segunda Guerra Mundial en la que se insinúe, por ejemplo, que el eje fascista también tenía sus razones (una obviedad, por otra parte) y, consecuentemente, hay que tratar de buscar un camino intermedio. El caso español, a pesar de haberse visto no pocas veces como una antesala de la lucha contra el fascismo (que, a pesar de su complejidad, es correcto), tiene notables diferencias; una es asegurar una y otra vez eso de ser un conflicto cruento «entre hermanos» (perfecta excusa para eso de la reconciliación, que no sé muy bien qué quiere decir más allá de «esto es lo que hay»), otra y la principal es que al final ganaron los malos (es decir, el fascismo, o al menos una forma de fascismo como contrarrevolución preventiva).

Algunos imbéciles todavía esgrimen todavía, y se ha visto en la defensa de Pérez Reverte y sus jornadas, que habría que preguntar a la gente qué prefería, si la dictadura de Franco o haber convertido el país en una colonia soviética estalinista. Esto me recuerda lo que dijo la filósofa Simone Weil, que estuvo combatiendo junto a la Columna Durruti; que una guerra que empezó siendo una lucha de pobres contra ricos, se convirtió en un enfrentamiento entre potencias rivales. Efectivamente, mucho hay que decir todavía sobre la guerra civil española, provocada por un puñado de generales facciosos encabezados por Franco, y sobre el estallido revolucionario que se produjo de forma paralela, finalmente aplastado (y no solo por los reaccionarios). Del mismo modo, sobre la represiva dictadura posterior, continuación del conflicto bélico por parte de los vencedores, y sobre la llamada Transición a la democracia; de aquellos polvos, estos lodos en que muchos siguen justificando a Franco provocando que parte de los jóvenes no sepan a qué atenerse. Por supuesto que es muy saludable sentarse con historiadores, y otras figuras intelectuales, que aporten visiones dispares. Sin embargo, la perfecta excusa para no asistir a algunos debates resulta lúcidamente clara, hay unos mínimos historiográficos, unos hechos probados y unos consensos de los que simplemente hay que partir. Por otra parte, es evidente que el muy repulsivo e inicuo Aznar o el muy inicuo y repulsivo Espinosa de las Monteros no son en absoluto culpables de lo que perpetraron sus ancestros fascistas; pero, la cuestión es que ellos mismos son continuadores, en otros tiempos y con otros discursos, de aquel horror que, en la actualidad (y de forma sumamente coherente) se niegan a condenar tajantemente. No hace falta tener el cerebro demasiado oxigenado para saber lo que iban a sostener semejantes elementos, moral e intelectualmente insignificantes, en la misma línea de lo que luego ha manifestado el quejica Pérez Reverte, en unas jornadas que sencillamente hay que denunciar con todas las fuerzas posibles. Indignante e irrisorio es también que se quiera equiparar el poder económico y mediático de los convocantes de este tipo de eventos con los que los criticamos. Seguiremos presentando batalla (a nivel cultural y moral, ojo) al heroico Pérez Reverte y a sus secuaces, ¡voto a bríos!

Juan Cáspar

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