Esplendor en la noche. Vivencias de Mayo del 68

Este año se cumple medio siglo desde aquel acontecimiento revolucionario, que apenas duró dos meses, pero que tal vez marca todavía la época actual, conocido como Mayo del 68; uno de los primeros libros que se ocupa de su memoria en este momento es Esplendor en la noche. Vivencias de Mayo del 68, que recoge artículos de Tomás Ibáñez, Octavio Alberola, Ariane Gransac, Claire Auzias, Lola Iturbe y Miquel Amorós.

El libro recoge, a través de la voz de estos seis militantes libertarios, sus experiencias del estallido social que supuso Mayo del 68. Tal y como lo expresa Tomás Ibáñez, aquel acontecimiento supuso la eclosión y la explosión de la palabra, una toma colectiva de la misma, una de las mayores que se haya producido en la historia. Puede entenderse que el Mayo francés marca el fin de una época histórica y la apertura de otra, que aún estamos viviendo y, por lo tanto, no podemos hacer una valoración a modo de conclusiones en términos de éxito o de fracaso. Esto es así porque, en gran medida, aquello no supuso proyecto alguno, sino un acontecimiento que no puede explicarse exclusivamente por hechos previos. Por supuesto, existen causas y precedentes del evento, ya que debe inscribirse en una década de espectaculares manifestaciones contestatarias en diversos lugares del mundo, así como la radicalización de los movimientos sociales en Estados Unidos y las exigencias de libertad en países del entorno soviético. Deseos de libertad y de dignidad, inherentes a la especie humana, que deberían permanecer siempre en cualquier forma de sociedad. No puede decirse que el movimiento anarquista influyera explícitamente en todos esos movimientos, por ser minoritario la mayoría de las veces, pero sí podemos decir que el espíritu libertario fue adoptado de una manera espontánea en el Mayo francés. Es así hasta el punto de que puede hablarse de toda una renovación en aquel momento el activismo ácrata, algo que podemos comprobar gracias al texto de Octavio Alberola y Ariane Gransac, esa parte del movimiento anarquista que renunciaba radicalmente a toda tentación ortodoxa, demagógica e inmovilista. Otro ejemplo para tener en cuenta hoy en día, la de la oxigenación permanente de las propuestas libertarias comprendiendo siempre los nuevos escenarios y nuestro papel como antagonistas.


Se tiende, en la actualidad, a restar importancia a lo que aconteció en mayo de 1968, reduciendo las explicaciones, si no a despreciarlo explícitamente. Para reivindicarlo, hay que recordar que si bien empezó en el entorno estudiantil, incluso de modo casi anecdótico, se produjeron posteriormente ocupaciones de fábricas, sin olvidar las huelgas multitudinarias; todo ello aportó energía a un acontecimiento, que pasó de la universidad al mundo del trabajo y, por ello, puede calificarse de “histórico”. Mayo supuso una liberación de espacios, una subversión de lo cotidiano que originó todo un estallido de creatividad colectiva, todo lo cual engendró nuevas relaciones y vínculos sociales. Si la mediocridad era la tónica general de la sociedad consumista y capitalista, las personas encontraron en el nuevo acontecimiento un sentimiento de que disfrutaban de una nueva vida, con gozo, satisfacción y nuevos alicientes. La transformación fue, tanto social y colectiva, como personal, en un limitado periodo de tiempo. Lo que podemos describir como una enorme catarsis. Mayo del 68 supuso, también, una transformación de los modos militantes, de tal manera que se cuestionó aún más toda concepción vanguardista en las organizaciones revolucionarias.

Este cambio de valores y de concepción de las cosas, supone que podamos hablar del inicio de un cambio de época, de la modernidad a la posmodernidad, rechazando toda visión escatológica de la historia. Ya no se esperaba un mañana revolucionario, una postergación de la felicidad y de la justicia social, sino que se apostaba por el cambio aquí y ahora; si la liberación no estaba contenida en la misma acción que buscaba ese objetivo emancipador, entonces servía de poco. Esto es así porque, para una transformación radical de las cosas, capaz de extenderse en el tiempo, las personas necesitan sentirse protagonistas, tomar sus propias decisiones y percibir en su misma persona el acontecimiento liberador. En otras palabras, hablando ya explícitamente el lenguaje libertario, la deseada “acción directa”, que excluya a toda forma de clase mediadora, reduciendo a su mínima expresión toda forma de delegación y de representación, por lo que forzosamente hay que renunciar a la seducción de la “conquista del poder”. Obviamente, y todavía más esclarecedir gracias a Mayo del 68, si volcamos todo nuestro esfuerza en esa conquista del poder, de una forma o de otra, nuestras energías revolucionarias para transformar la sociedad se ven reducidas, más bien anuladas por completo. El Mayo francés, como a cierto nivel lo fue el 15M español, supuso una protesta radical contra una forma de vida impuesta, y consecuentemente contra los valores inherentes a esa misma sociedad, al mismo tiempo que la exigencia de un mundo nuevo.

Si hasta aquel momento, la insistencia en el cambio se había puesto fundamentalmente en el cambio de los modos de producción, se comprendió entonces que la dominación se produce en múltiples ámbitos de la vida, por lo que hay que poner el foco en todos y cada uno de ellos. Por lo tanto, en aquel acontecimiento no había enfrentamiento o contradicción entre los discursos políticos o económicos y cualquier otro aspecto de la vida, que se deseaba vivir intensa y satisfactoriamente. Fue un cambio radical en las prácticas subjetivas y en los modos organizativos, que influyó sin duda sobre las prácticas vitales y militantes, con una indudable herencia posterior, pero que desgraciadamente no se extendió en el tiempo a nivel general. Hoy, tal vez merezca la pena hablar de ello más que nunca, ya que el conformismo, resignación y pasividad político son en la actualidad similares a los de la sociedad previa a aquel acontecimiento. Aquella rebeldía de la juventud, en radical oposición, no solo contra el conjunto de la sociedad y el sistema político y cultural, también con el inmovilismo revolucionario de sus mayores, debería hallar eco en el momento actual. Fue una contestación y levantamiento contra algo que se mantiene en la actualidad, que es la ilusión del desarrollo capitalista, sin alternativa posible, toda una creencia convertida en religión posmoderna. No hay nada mejor para mantener sometida a la gente que la creencia religiosa, acrítica y con falses esperanzas, y si esta se sustenta en un supuesto progreso económico indefinido, por mucho que nuestras vidas sean grises, la dominación está sutilmente asegurada. La juventud, ayer como hoy, debería tomar el rumbo de su vida, construir su propio futuro, sin tutela ni clase mediadora alguna, con la acción directa y la solidaridad como instrumentos innovadores de indudables energías revolucionarias. Desde ese punto de vista subversivo, de transformación radical, hoy medio siglo después, Mayo del 68 se encuentra de indudable actualidad.

Capi Vidal

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