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Estados Unidos

Ante los hechos recientes en la gran potencia democrática, un nuevo asesinato policial con tintes racistas, se evidencia de nuevo la sociedad en la que vivimos. La gente decente, gran parte de la humanidad, se lanza a la calle a protestar por lo que consideran un sistema plagado de abusos policiales y un país, por muy democrático que se quiera presentar, construido en base al genocidio y la discriminación racial. Pueden parecer palabras gruesas, pero estoy seguro de que esto es, con los matices que se quiera, lo que los numerosos manifestantes piensan y por lo que se movilizan. Sin embargo, estoy hablando de gente decente, claro, no de los inicuos integrantes de las diversas clases de extrema derecha (perdón por el pleonasmo). Así, un tipo tan repulsivo y temible como el muy español y viril Santiago Abascal no tarda en dar su apoyo al idiota ultrapeligroso que es Donald Trump, el tipo con mayor poder del planeta (de nuevo, pido perdón por el uso retórico de términos de significado reiterativo). Pero, no solo quería enfatizar el asunto sobre esa ultraderecha, con rasgos específicos en cada país, desgraciadamente en auge.

En no pocos medios y debates, se insiste en la naturaleza de las manifestaciones, demonizando el carácter violento de algunas y alabando lo pacífico de otra en las que incluso miembros de la polícia se han unido a los que protestan. No hace falta aclararlo, pero diré que no creo que la violencia sirva para solucionar problema alguno; no me gusta la violencia, me aterra incluso, y creo que resulta contraproducente en manifestaciones y actos de protesta. Dejaremos para otro momento un análisis más en profundidad de la que es con seguiridad la peor de las violencias, la instituida, la que se sustenta en el monopolio del poder, el privilegio y la discriminación. No entraré tampoco, porque escapa a mi conocimiento, en quiénes son todos esos que se lanzan a la destrucción y el saqueo. Teorías al respecto hay para todos los gustos, si son de extrema izquierda, de extrema derecha o de extremo centro. Lo que sí me resulta sospechoso es esa tendencia, superficial e interesada, en destacar los actos violentos, no ya a un lógico nivel mediático y político realizado siempre por intereses obvios, también por parte de personas poco sospechosas de reaccionarias. Se entiende el miedo a la violencia, pero hay que observarla siempre en todas sus formas, cómo afecta a todas y cada una de las personas de este planeta, y hay que comprender las consecuencias en forma de estallidos sociales.

Sea cual sea la forma en que se manifieste, el estallido social en Estados Unidos lo que hay que entender es que obedece al hartazgo, precisamente, ante la violencia instituida. Un horror que hunde sus raíces en la historia, ya que a pesar de la distorsión reaccionaria a la que nos someten permanentemente, junto a un irrisorio barniz de progreso, y en España sabemos mucho de eso, la memoria histórica resulta primordial para comprender lo que somos y cómo podemos mejorar las cosas. En Estados Unidos gobierna lo que denominamos ‘ultraderecha’, solo hay que ver la reacción clasista y militarista ante las manifestaciones. No hace tantos años en el imperio, con la llegada al poder de un hombre negro, parecía el advenimiento de una era justa y paradisiaca, cuando una vez más se se demuestra que son necesarios cambios radicales para cambiar las cosas ajenos a cualquier tipo de gobierno. No obstante, no hay que mimimizar el peligro de lo que representa Trump, que ha insistido en demonizar el movimiento antifascista, de carácter heterogéneo y del que difícilmente puede verse como organización, tratando de calificarlo abiertamente como terrorista. Y, precisamente, el gran peligro para la humanidad son las diferentes formas que adopta el fascismo hoy ya en el siglo XXI. Para los puristas, que se la cogen con papel de fumar a la hora de hablar de ‘fascismo’, diré que hablo de sistemas abiertamente autoritarios, ultranacionalistas, ultraconservadores y con tintes clasistas y racistas. Una exacerbación del mundo político y social en el que ya vivimos, por otra parte, y la gran potencia mundial, cuna de la democracia moderna, es un ejemplo de ello.

Juan Cáspar

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