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La amplitud libertaria del campo ideológico

En otras ocasiones, hemos insistido en el desprestigio de la palabra “ideología”, esto es así hasta tal punto que la confusión al respecto es enorme y parece calar ese discurso en gran parte de la gente, lo que empuja al conformismo, a la falta de reflexión y a la dificultad para generar una nueva conciencia. Lo que es cierto, poniéndonos ya en un tono más intelectual, es que la noción de ideología ha llevado en las ciencias sociales a mayores dificultades analíticas y conceptuales que cualquier otra noción.

Determinados autores son partidarios, en la actualidad, de no abordar una idea demasiado confusa, por no hablar de los que insisten en que estamos en la época del “fin de las ideologías” y dicho concepto solo sirve para entender el pasado. Tomás Ibáñez, en su libro Municiones para disidentes, nos propone un interesante análisis de un concepto que nacería hace unos dos siglos, difundiéndose después con lentitud en los usos sociales y tomándose su tiempo para penetrar, tanto en el uso cotidiano como especializado. Ibáñez recuerda que, en las conversaciones cotidianas, al menos en las ajenas a los movimientos sociales, el término ideología no es frecuente y se prefiere acudir a la palabra “ideas” con frases como “no comparto las ideas de fulano”; en el caso de afrontar un discurso de tipo normativo, programático y repleto de fundamentos o convicciones, rara vez la gente se da cuenta de que está frente a un discurso ideológico y se prefiere expresar cosas como “eso son solo palabras” o “palabrería”. Hay que aceptar que la ideología remite a convicciones, incluso creencias (que no tienen por qué ser “ciegas” ni dogmáticas), a una determinada forma de ver las cosas, pero también puede tener implicaciones con claras dificultades para afrontar la realidad.


Sin embargo, sí existen tres dominios discursivos en los que aparece con mayor frecuencia la palabra ideología. Uno son los discursos políticos, tanto de la clase política como de la prensa especializada, por lo que el término parece remitir en este ámbito a ciertos sistemas de valores que subyacen a la condición política, lo mismo que a un sistema más o menos coherente de pensamiento político y de convicciones generales. Otro dominio discursivo con cierta frecuencia del término ideología es el que podemos denominar “instruido”, aquellos con formación universitaria: aquí, Ibáñez considera que la ideología aparece como un elemento que marca el discurso y que oculta, en ciertas ocasiones, lo que llamamos realidad. Podemos explicarlo como algo que sobredetermina los discursos y las conductas, de tal manera que se producen conversaciones como “lo que dices está impregnado de ideología” o “es demasiado contradictorio en el plano ideológico para que su discurso tenga una mínima coherencia”. Puede también explicarse el uso en este ámbito como algo relacionado con dar sentido a una interpretación de la realidad. El tercer dominio discursivo en el que se emplea con bastante frecuencia la palabra ideología es en el discurso especializado correspondiente a las ciencias sociales y humanas; aquí, aparece una tensión entre ciencia e ideología aumentando el sentido distorsionador del uso del término con expresiones como “esta teoría, encierra un conjunto de presupuestos ideológicos que merman considerablemente su rigor” o “esto se presenta baja las apariencias de la ciencia, pero en realidad es solo ideología”; aparece con cierta claridad en este ámbito que la ideología se contrapone al conocimiento válido y remite al enfrentamiento entre “lo verdadero” y “lo erróneo”.

Parece claro que el uso del término ideología, de carácter polisémico y condicionado en gran parte por el sector social donde se emplee, se ubica sobre todo en los dominios discursivos de lo político, por una parte, y del conocimiento, por otra. En este último caso, el término se limita a oponer los conocimientos, verificados como válidos por los especialistas, con lo que se considera que son meras “creencias”, propias de personas “inexpertas”. Resulta curioso que en el origen del término, poco después de la Revolución francesa, esté un intento de apartarse radicalmente de la metafísica y substituirla por una auténtica ciencia capaz de tratar con rigor el mundo de las ideas. En los años posteriores, se empezará a dar un vuelco a esa intención y con Marx, como es sabido, se producirá un alejamiento casi definitivo de las intenciones originales. Hoy, se entiende como ideología la antítesis de la ciencia y de lo científico. Recordemos la concepción de Marx sobre ideología, sustentada en tres aspectos fundamentales: en primer lugar, la idea de que la conciencia es una producción social, es decir, nuestra pensamiento encuentra sus contenidos en el entorno social; en segundo lugar, son los modos de producción y las relaciones sociales que se derivan de ellos los que configuran los contenidos de la conciencia; en tercer lugar, la idea de que la clase dominante en las relaciones de producción tiene la capacidad de hacer compartir con los otros sectores sociales los contenidos de conciencia que corresponden a su posición de privilegio, lo que explicaría que los humildes compartan su visión del mundo con una posición social que no es la suya. Desde la visión de Marx, la ideología es un fenómeno esencialmente distorsionante, hasta tal punto que consigue enmascararse a sí misma en su propia condición de ideología; la ideología remite a las posiciones sociales, a las relaciones sociales y a la diversas prácticas sociales de los diversos grupos que forman una sociedad, y solo parece posible denunciarla en su condición de ideología, precisamente, a partir de otra ideología.

La influencia de Marx creará una corriente de pensamiento que enfatiza la naturaleza distorsionante de la ideología, ya sea mediante las determinaciones sociales e históricas del pensamiento, ya sea oponiendo ideología y ciencia. Sin embargo, Tomás Ibáñez recuerda otra corriente paralela a la anterior que se opone a la identificación entre ideología y error. Esta segunda corriente, subraya la función práctico-social de la ideología, hasta tal punto que resulta primordial para dar sentido a la realidad y desenvolverse en ella. Se alude al carácter sistematizado y a la coherencia interna de ese conjunto de ideas que denominamos ideología, mediante el que damos sentido a la realidad; se trata de una utilización del término ideología en un sentido muy amplio, como “visión del mundo”, “sistema de ideas” o “conjunto de prejuicios” (entendemos aquí “prejuicio” en un sentido positivo muy diferente al peyorativo propio del habla vulgar, como aquello sin lo cual es imposible llegar a un juicio). Hasta aquí, un interesante análisis de lo que se entiende por ideología, realizado seguramente desde una concepción ideológica ligada a esa visión amplia y alejada, en la medida de lo posible, de todo reduccionismo y condicionantes. Sin embargo, queda otro análisis igualmente importante y es tratar de desentrañar cómo penetra la ideología en la mente de las personas. Ibáñez recuerda dos metáforas, la de la esponja y la del laberinto, diferenciadas en cuanto al grado de pasividad o actividad que se atribuye al individuo, aunque ambas implican un fuerte grado de determinismo y refutan toda concepción de una voluntad libre, ya que el sujeto acaba siendo movido por ciertos hilos que lo conducen allá donde él cree ir voluntariamente.

La metáfora de la esponja alude a la absorción, cotidianamente, de los presupuestos y contenidos ideológicos del medio social en el que nos movemos, ya sea a través de los aparatos del Estado o a través de familiares, amigos o medios de comunicación. De un modo algo elemental, la mente de los individuos se impregna de la ideología dominante que circula en la sociedad (como la esponja de la metáfora); el propio sujeto acaba convirtiéndose en difusor de esa ideología mediante sus prácticas cotidianas, mediante los relatos que confecciona sobre su forma de ver el mundo (que es la forma que se le ha enseñado, claro), y se comportará de forma “libre” según la ideología dominante (es decir, tal y como la sociedad espera que se comporte). Esta metáfora de la esponja presupone un sujeto pasivo, simple receptor de una ideología fabricada, y solo se convierte en sujeto activo precisamente para reproducir de modo inconsciente la ideología que lo habita y lo conforma. Son las evidentes limitaciones de esta metáfora, que convierte al sujeto en una marioneta, las que condujeron a la elaboración de otra más compleja. La metáfora del laberinto alude a que las diferentes inserciones sociales del sujeto conllevan de forma necesaria una serie de micro-obligaciones, de micro-sanciones, de micro-imposiciones, que le empujan a desarrollar las prácticas requeridas por esas inserciones. Las sanciones por no desarrollar las practicas exigidas por la posición social suelen ser de “baja intensidad”, por lo que el sujeto posee el sentimiento de que es libre para desarrollarlas en ausencia de una coerción perceptible. Esa situación lleva al individuo a elaborar las consecuentes justificaciones y defensas argumentales de unas prácticas que, al ser aceptadas sin una coerción clara, coinciden aparentemente con lo que él llevaría a cabo considerándolas las más adecuadas. Así, de esta forma el sujeto elabora por sí mismo, esta vez de forma activa, la ideología socialmente adecuada y requerida por la posición social que ocupa.

No obstante, si examinamos detenidamente, ambas metáforas implican un sujeto inmerso en la ideología dominante en su entorno, por lo que no hay una diferencia radical entre ambas. La condición de sujeto activo, en la metáfora del laberinto, no es sino la formulación en positivo de que el sujeto es el producto necesario de sus circunstancias sociales (por lo tanto, y en realidad, un sujeto pasivo). Da igual que el sujeto adopte o “construya”, en ambos casos realiza lo que la ideología requiere de él en función de su ubicación social. Lo que Tomás Ibáñez propone es repensar el fenómeno ideológico en base a una serie de aspectos. En primer lugar, considerar que una ideología no tiene por qué ser un sistema infalible con interpretaciones unívocas, por lo que es aceptable la contradicción y un margen de interpretación amplio, tanto para definir los presupuestos de la propia ideología, como para elaborar interpretaciones de la realidad a partir de ella. Las ideologías no aparecen ya completamente construidas y formadas, muy al contrario, se fraguan en un proceso histórico compuesto de tradiciones diversas y de prácticas múltiples. Un individuo en una determinada posición social que conlleva ciertas prácticas, por muy conformado que esté ideológicamente, no tiene más remedio que acudir a sus propios recursos para usar su ideología según uno u otro de los usos que ella le permite; tal cosa explica que los individuos, con la misma ideología, construyan no obstante diferentes significados en situaciones similares, y también explica que un mismo individuo elabore, según el momento y las circunstancias, posturas contradictorias acerca de las diversas cuestiones. Otro importante aspecto a tener en cuenta es la diversidad de las ideologías. Incluso, en la sociedad más cerrada estamos expuestos a una pluralidad de ideologías, que coexisten y no pueden evitar referencias mutuas. Por supuesto, las hay más dominantes que otras, pero incluso en el sistema más totalitario la ideología se nutre e impregna de aquellas frente a las que se define. Esta situación es una de las razones por las que el individuo no actúa como un mero autómata, siguiendo las pautas intepretativas marcadas por una ideología, y tiene que acudir a sí mismo para encontrar en sus propios recursos los elementos que le permitan dar sentido a la realidad y a los eventos producidos en ella.

Un tercer aspecto alude al carácter dilemático de la ideología. Lo que quiere decirse es que el pensamiento juega permanentemente con la variedad de perspectivas posibles sobre cualquier cuestión. Sobre una misma cuestión, el individuo puede mantener posturas distintas, incluso contrapuestas, según la circunstancias; de una u otra manera, todo el mundo puede adecuar su postura al contexto, ya que podemos conocer argumentaciones a favor y en contra de cualquier cuestión sobre la que haya que posicionarse. Tomás Ibáñez se esfuerza por demostrar que el individuo no es un mera esponja ni un simple autómata, ya que acaba no teniendo más remedio que construir su postura mediante los variados materiales y herramientas a su alcance. No existe un determinismo absoluto en el dominio ideológico, debido a su propia naturaleza incierta, y el individuo acaba construyendo sus propias interpretaciones acudiendo a las producciones creadas por sus grupos de pertenencia (conversaciones en su seno, tomas de postura entre sus miembros, narraciones construidas…). Son esas producciones colectivas las que permiten al individuo validar su propia interpretación de la realidad, proporcionándole el marco a partir del cual se asegura que su definición e interpretación de lo que acontece está suficientemente compartida como para ser considerada útil y válida. Se entiende que esa seguridad solo se alcanza en el seno del grupo, ya que no puede darse a partir de las referencias directamente proporcionadas por la ideología (ya que la misma no tiene suficiente precisión interpretativa). Tomás Ibáñez, que apuesta obviamente por el anarquismo, considera que la ideología solo encuentra su realidad en el valor de uso que le otorga su situación en el grupo, en el intercambio, en la argumentación y la contra-argumentación. En definitiva, la ideología es una práctica, no es ninguna esencia.

Capi Vidal

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