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Las aspiraciones en la educación en el anarquismo

El anarquismo es la tendencia moderna más radical  en lo que atañe a una educación que otorgue un mayor horizonte para la razón y la ética; es por eso que, a pesar de la confusión posmoderna, hoy en día las ideas libertarias siguen teniendo su gran oportunidad.

Es conocida la gran confianza que el anarquismo otorga a la educación, al pensamiento crítico permanente en la persona (una especie de educación inacabable) y al combate constante contra el principio de autoridad. No puede negarse la gran baza que siguen poseyendo las ideas antiautoritarias en el comienzo del siglo XXI, si echamos un vistazo a este texto de Jean Grave escrito hace más de un siglo: «El sistema cuyo resultado era modelar la conciencia según el deseo de los educadores, matar la iniciativa del educado y llenarle la cabeza de ideas hechas, para lo que solamente se necesita memoria y nada de espíritu crítico, ha hecho muy bien el negocio de cuantos han tomado como misión dirigir a la humanidad, y por esa razón, para ellos poderosa, no han intentado modificar el sistema, sino perfeccionarlo en ese sentido. La tarea de los educadores de la juventud fue siempre la de inculcar el espíritu de obediencia y de sumisión a los amos: curas, graduados de todas las especies, civiles o militares, juez, policía, diputado, rey o portero con galones».

Tampoco pienso que haya que quitarle demasiada razón a Bakunin en el siguiente texto: «El principio de autoridad en la educación de los niños constituye el punto de partida natural; es legítimo y necesario cuando se aplica a las criaturas de corta edad, cuando su inteligencia no se encuentra aún en modo alguno desarrollada; mas como el desarrollo de todo e igualmente de la educación implica una superación sucesiva del punto de partida, este principio debe ser gradualmente disminuido a medida en que la educación y la instrucción de los niños avanza para dar lugar a su libertad ascendente». Más delicado es el siguiente párrafo del gigante ruso, pero no exento de belleza y con una tendencia que deberíamos tener en cuenta en nuestras vidas: «Toda educación racional no es en el fondo más que esa inmolación progresiva de la autoridad, en beneficio de la libertad, el formar hombres libres y llenos de respeto y amor hacia la libertad ajena». Hablar de «formación» y de «educación racional» implica llenar de contenido a algo que, por otra parte, resulta incuestionable: otorgar valores, combatir la estupidez, la ignorancia la mezquindad, tender en definitiva hacia el desarrollo pleno, hacia el «ideal».

Una educación racionalista (para no ser acusados de anacrónicos en lo que atañe a ese ismo, nos referimos a que la razón encuentre un gran horizonte alejado del dogmatismo) y antiautoritaria es esencial para transformar la sociedad y para que el ser humano encuentre un camino de perfección y de solidaridad (apoyo mutuo). Desgraciadamente, todos hemos sido impregnados de una educación autoritaria, tremendamente limitada, a lo que se une los diferentes y complejos temperamentos que poseen los seres humanos, por lo que el proceso de aprendizaje hemos tratado de alcanzarlo (si es que lo hemos, al menos, intentado) de un modo o de otro. El amor por la cultura y por la moral son en nuestra opinión, parte indiscutible del amor por la vida (llámese «hedonismo» si se quiere, palabra de nuestro aprecio, siempre y cuando encuentre un equilibrio con los valores y con la pasión creativa, y no se quede en una mera frivolidad «burguesa»). Hay que despertar en los seres humanos, empezando por nosotros mismos, la pasión por la libertad. Tal vez exista cierta tendencia en el ser humano hacia el autoritarismo y la violencia, pero no cabe ninguna duda que junto a la tendencia hacia la emancipación y la solidaridad, por lo que estos valores pueden contrarrestar aquellos.

Ya Proudhon, a pesar de ser tan conservador para según qué cosas, afirmó tres condiciones pedagógicas: «Primero, que el sujeto tenga conciencia de sí mismo, de su dignidad y valor social, de las funciones a que tiene derecho a aspirar, de los intereses que representa o personifica. Segundo, que como resultado de esta autoconciencia afirme la idea en toda su extensión y con todas sus fuerzas. Tercero, que de esta idea pueda deducir siempre conclusiones prácticas». La gran confianza que ciertos anarquistas otorgaron a la naturaleza y a la capacidad racional del ser humano, les llevó a considerar que sería la propia vida la gran escuela, la única gran autoridad a respetar. Planteamiento excesivo, matizable en muchos aspectos, y contrarrestable con nuestra incuestionable capacidad también de controlar el medio (que no de destruirlo) y a aquella parte de la naturaleza no tan beneficiosa (algo obvio). La educación es algo complejo, no cabe duda, pero el anarquismo lo ha tenido claro al considerar «integral» el proceso, con unos valores amplios, humanistas y racionales, muy acaparados, pervertidos o reducidos, por otras escuelas.

En cualquier caso, la praxis siempre ha sido la gran prueba, sin ella no hay teoría posible. También Proudhon afirmó: «un solo libro meditado, vivido y escrito puede destruir en un abrir y cerrar de ojos el trabajo de veinte siglos de despotismo y la conjuración de las castas». Pero el amor por la cultura y por la praxis la quieren los libertarios para el conjunto de la sociedad, no constituye ninguna práctica erudita y elitista que se practique en un círculo cerrado. El anarquismo va a por todas en la sociedad, en su horizonte antiautoritario y verdaderamente anticlasista. Es conocida la teoría de Rocker sobre que el Estado (el nacionalismo político) obstaculiza el desarrollo cultural, por lo que la cultura anarquista es tan individual como comunitaria. Mientras un solo ser humano no haya tenido acceso a su pleno desarrollo y emancipación, no puede decirse que la sociedad sea libertaria. La confianza en el saber y la cultura, y en el reconocimiento moral que otorgarán a cada persona, es tal vez excesiva, pero un camino indudable en el ideal libertario (que, para el que suscribe, constituye la más elevada aspiración humana).

La guerra constante contra el embrutecimiento (que se sigue dando, debido a la banalización y a la falta de reflexión, en sociedades que llamamos avanzadas) es una constante para las ideas libertarias y su profundización en los males de la sociedad (en todo aquello que determine al ser humano y le impida desarrollarse, moralizarse y tomar sus propias decisiones). Se rechaza esa división que divide a los hombres en una clase intelectual y en otra subordinada a ella; si tal distinción es contraria o no a la naturaleza (como afirmaba Godwin) puede ser discutible, pero es obviamente injusta y erradicable. Todos estos valores educativos se manifiestan en mayor o menor medida en las diferentes escuelas políticas modernas, pero a excepción del anarquismo todas acaban obstaculizando y traicionando el proceso ilustrador al confiar en aparatos autoritarios y en élites que toman las decisiones. El tutelaje es otro enemigo del anarquismo, misma cara o contraria del autoritarismo, aunque matizable en lo que atañe a aquellas personas que no pueden aspirar a un plena autonomía por determinadas condiciones. La emancipación y la instrucción son dos conceptos, en definitiva, que pueden ir unidos si entendemos el anarquismo como esa tendencia moderna ilustradora que aspira a otorgar un mayor horizonte a la razón, la moral y el humanismo.

Capi Vidal

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