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Meritocracia

Creo que fue Einstein el que dijo algo así como, sin ánimo de ser literal, ya que la memoria no es uno de mis fuertes, si los valores de nuestra civilización estaban basados en el castigo o en la recompensa no debíamos valer mucho como especie. Efectivamente, no podemos estar más de acuerdo, si solo actuamos de determinada manera porque existe un factor externo que nos determina, entonces la psicología conductista tenía razón y no podemos presumir demasiado de una evolución excesiva. Con esta crisis sanitaria que padecemos en la actualidad, que ha hecho que el Estado tome medidas abiertamente represivas, podemos observar una exarcebación de lo que son los comportamientos humanos en tiempos más plácidos. Es decir, por mucho que se insista en personas que sencillamente ignoran la situación y siguen haciendo lo que les place, vamos a llamarles ‘irresponsables’, por lo que he comprobado, está lejos de ser una mayoría. Otros, seguramente minoría también, perseverados en su actitud crítica y rebelde, y motivados usualmente por factores que se pretenden racionales y por valores que se presumen propios, profundizan en lo que está ocurriendo. Este último grupo, claro está, no puede ser ideológicamente homogéneo, pero para no extendernos, pensaremos que se trata de personas que desean una sociedad más justa, libre, solidaria e inteligente. ¡Ahí es nada! Sin embargo, el grupo humano que constituye la mayoría, y siendo consciente que caigo en el mayor de los reduccionismos, no está en ninguno de los dos extremos anteriores.

El grueso de nuestra colectividad, tal vez demasiado condicionados por su supervivencia diaria, se mantiene dentro de la tonalidad más grisácea. No somos justos si decimos que, en esta crisis, esta mayoría se limita a obedecer a la autoridad, ya que incluso este último concepto es polisémico y muy matizable. Vamos a decir que actúan de manera más o menos razonable, más o menos mezquina, según la información que reciben y las circunstancias que padecen. Alguien dijo también, desde el profundo deseo de que exista el progreso social, que una gran parte de la sociedad, incluso en tiempos mejores, siempre va a tender hacia el conservadurismo. Sin ánimo de ser intelectualmente elitista, o tal vez con todos los ánimos, con esta mayoría gris y tibia tenemos que contar siempre si creemos en una verdadera transformación social y cultural. Esta crisis pandémica, seguramente sin parangón con lo que ha vivido la mayoría, va a requerir un replanteamiento profundo de nuestros valores. Espero que haya bastantes personas que se los replanteen. Muy serio me pongo y mucho me enrollo teniendo en cuenta que todavía no he mencionado el concepto que da nombre a este texto. Muchos cuestionarán que vivamos en un sistema meritocrático, es decir, aquel en el que los más talentosos son los que llegan a la cúspide de un sistema jerarquizado. No hay más que echar un vistazo a la mayor parte de la clase dirigente para tener más que claro que no es así; no obstante, al menos en los campos político y económico el talento puede estribar en habilidades no necesariamente intelectuales, ni mucho menos morales.

Sin embargo, parafraseando a Einstein, toda nuestra cultura está impregnado de algo parecido a la meritocracia, en la creencia de que nuestro esfuerzo puede tener finalmente recompensa. Por supuesto, caben muchas preguntas en semejante aserto. Vamos a suponer algo que no se da en nuestra repulsiva sociedad de clases, y que pertenece al terreno de la utopía, que todos tuviéramos la mismas circunstancias pesonales y sociales, la misma igualdad de oportunidades. Aunque esto fuera así, esta retórica del talento y del ascenso social, esta insistencia en el paradigma de la competitividad, resulta francamente rechazable. Esto es porque anula y distorsiona los valores más profundos que entiendo para las sociedades humanas, el apoyo mutuo y la solidaridad. Y lo dice alguien con afanes nihilistas, precisamente porque uno piensa que no hay valores inamovibles, pero sí pueden construirse y potenciarse otros. En cualquier caso, los esfuerzos humanos, que siempre hay que tener en cuenta de una u otra manera, sencillamente pueden estar dirigidos hacia un lado u otro. Nuestros deseos, valores y aspiraciones están motivados por un determinado imaginario social, que puede tener una características u otras; por supuesto, entre esos ragos, puede no concebirse el medrar socialmente o la dominación sobre otros. No tenemos grandes determinantes biológicos, ni mucho menos metafísicos, pero sí ciertos condiciones racionales y morales que bien haríamos en potenciar. El deseo, que esta crisis pandémica no ha hecho más que exacerbar, es de una sociedad más libre, solidaria, más descentralizada y racional, en contacto con la realidad, donde todos podamos participar y decidir sobre los asuntos que nos afectan. Por supuesto, incluimos a aquellos que, a día de hoy, solo esperan un castigo o una recompensa.

Juan Cáspar

Un pensamiento sobre “Meritocracia”

  1. La cita exacta es esta:
    Si la gente es buena solo porque temen al castigo y porque esperan una recompensa, entonces verdaderamente somos un grupo lastimoso.
    Lo que aplicado a la situación en la que nos ha metido un virus, por el lamentable y letal sistema social de competición imperante en el mundo, significa que Einstein tenía razón en considerar que los humanos somos un grupo lastimoso…
    Es suficiente con ver las prisas, en volver a la normalidad que propicia estas catástrofes, para constatar el lastimoso grupo humano que somos; pues en todos opera la misma inercia existencial que nos impide cambiar, pese a no parar de repetir que «nada será como antes» …

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