Percy Bysshe Shelley (1792-1822)

Percy_Bysshe_Shelley_by_Alfred_Clint_cropPercy Bysshe Shelley (1792-1822) es uno de los grandes representantes del romanticismo inglés y un escritor caracterizado por un pensamiento libre radical que puede llamarse anarquista; tuvo una corta, falleció en un naufragio, pero intensa vida. Su extensa obra poética está envuelta de un emotivo humanismo que la convierte en única; se ha dicho que solo Byron le puede hacer sombra en este sentido.

A los 19 años, tiene ya su primera polémica cuando escribió un panfleto llamado La necesidad del ateísmo; el contenido era tan subversivo en su cuestionamiento de la autoridad que provocó la expulsión de Shelley de la universidad de Oxford. Reproducimos a continuación un extracto de este escrito:
Si deseamos explicar nuestras ideas de la Divinidad nos veremos obligados a admitir que, con la palabra Dios, el hombre nunca ha sido capaz de designar nada sino la causa más oculta, distante y desconocida de los efectos que veía; ha hecho uso de esta palabra sólo cuando el juego de las causas naturales y conocidas dejó de ser visible para él; tan pronto como perdió el hilo de estas causas, o cuando su mente no pudo seguir la cadena, terminó con sus dificultades y finalizó su búsqueda llamando Dios a la última de las causas, esto es, a aquélla que estaba más allá de todas las causas que conocía; de esta forma no hizo más que asignar una vaga denominación a una causa desconocida, ante la cual su ociosidad o los límites de su conocimiento lo forzaban a detenerse. Cada vez que decimos que Dios es el autor de algún fenómeno, esto significa que ignoramos cómo tal fenómeno fue capaz de operar con la ayuda de las fuerzas o causas que conocemos en la naturaleza. Así es que la generalidad de la raza humana, cuya suerte es la ignorancia, atribuye a la Divinidad no sólo los efectos inusuales que los perturban, sino más aún los eventos más simples, cuyas causas son las más simples de entender para cualquiera que sea capaz de estudiarlas. En una palabra, el hombre siempre ha respetado las causas desconocidas, los efectos sorprendentes que su ignorancia no le permitió desentrañar. Fue en este desconocimiento de la naturaleza que el hombre erigió el coloso imaginario de la Divinidad.

Como es sabido, Shelley fue pareja de Mary, hija de William Godwin, que fue para el poeta un gran maestro e importante escritor libertario. La influencia de Godwin sobre Shelley fue de tan alto grado, que el poeta le escribiría una carta a su maestro en 1812 que rezaba: “Usted ha formado y ordenado mi mente”. Así, no resulta extraño que la poesía de Shelley, tal como dijera Francisco Carrasquer, esté considerada “la expresión lírica más libertaria de los poetas románticos, que a su vez son los más libertarios de las letras inglesas”. Imprescindibles obras de Shelley son: el poema La revuelta del Islam (Laon and Cythna, 1818); la obra de teatro en verso Los Cenci (1819), tragedia que recoge una historia clásica italiana para tocar el tema del incesto; en 1820, aparece la que es su obra más señalada, Prometeo desencadenado, de ambicioso carácter épico, lírico y filosófico, que relata la primera fábula sobre el pensamiento libre de la humanidad, alaba la libertad y arremete contra la tiranía; en 1812, Shelley alumbra Epipsychidion, sobre el tema del amor, y una elegía con ocasión del fallecimiento de otro gran poeta inglés, John Keats; otra gran obra de Shelley, póstuma, fue El triunfo de la vida, recogida en  Poshthumous Poems (1824), del que se ha destacado un elevado y complejo simbolismo alegórico. Gran parte de la obra de Shelley está teñida del pensamiento de Godwin, de tal manera que puede considerarse una de las primeras grandes aportaciones del anarquismo a la literatura universal. En Oda a la libertad, de la que reproducimos a continuación un fragmento, se menciona la gesta del pueblo español en la revuelta liberal contra el reaccionario régimen de Fernando VII; las revoluciones de carácter anarquista tardarían todavía unas décadas en llegar.

Ha hecho vibrar de nuevo un gran pueblo glorioso.
El relámpago de todas las naciones: la Libertad;
De un corazón a otro, de torre en torre España adentro;
Propagándose el fuego de los cielos, al rojo Blanco.
Mi alma se ha sacudido el cadenal del tedio y
con ligeras plumas de un cantar plebeyo
Se ha revestido tan sublime y tan fuerte
Como aguilucho remontándose al alba hasta las nubes
y cerniéndose sobre su presa de costumbre;
Hasta que, desde un apostadero, en el Cielo de la fama
La vorágine del Espíritu lo rapta; y aquel rayo
Desde la más remota esfera en la llama del vivir,
Que pavimenta el vano de detrás, despídelo
Como espuma de un buque a toda marcha, cuando oyóse
Una voz de los abismos: «¡Quiero sentir lo mismo!».

SHELLEY-POESIA-MASCARA-ANARQUIA

Influencia de Godwin en Shelley

El pensamiento de Godwin tuvo una influencia primordial sobre el círculo de escritores románticos, cuya primera generación estuvo compuesta por autores como Coleridge, Southey o Wordsworth; quizá la influencia más evidente de la segunda generación, como ya dijimos, fue la ejercida sobre Shelley, en cuya obra podemos encontrar multitud de rasgos que recuerdan a su maestro. Como dato curioso, recordaremos el comentario de Bralsford, en 1913, en su obra Shelley, Godwin y su círculo: “la historia de la Revolución francesa en Inglaterra empieza con un sermón y termina con un poema”; el sermón sería pronunciado por el Dr. Price y el poema sería de Shelley. Una de las consecuencias de la Revolución francesa en el mundo británico fue el revitalizamiento del radicalismo, algo que obligaba a prestar atención a la ya de por sí fuerte tradición de libertades en aquel territorio; el impacto de aquel acontecimiento en la cultura británica fue notable, y Godwin, y después Shelley, fueron actores destacados en aquel momento histórico.

La influencia de Godwin, con su racionalismo ético y sus propuestas utópicas, sobre los poetas románticos, con la reivindicación de sus pasiones, dieron lugar al fundamento teórico del romanticismo inglés. Puede considerarse a Shaftesbury el más brillante antecedente de ese movimiento, ya que trasladó a la literatura inglesa el principio de la primacía de los sentimientos, un elemento superior que aporta a la poesía su dimensión más profunda; desde este punto de vista, se otorga mayor validez a la moral y al comportamiento, que a la religión y a las tradiciones. Otra gran aporte de Shaftesbury es la concepción prometeica del poeta, por lo que la alusión a Byron y a Shelley es ya evidente. Como curiosidad, diremos que el movimiento romántico británico adquiere elementos muy diferenciados del alemán, el cual nace en el marco de la filosofía idealista posterior a Kant; por ejemplo, Shelley considera la filosofía romántica alemana como contrarrevolucionaria. Si el mundo alemán se ve muy influenciado por el trascendentalismo idealista, el británico está muy condicionado por el utilitarismo de autores como Godwin, notablemente progresista, que se enfrenta a cualquier “espíritu de la época” y apuesta por la utopía. No obstante, el punto de confluencia de ambos movimientos románticos, el alemán y el inglés, es el individualismo; en autores como Shelley, específicamente, adquiere tintes abiertamente revolucionarios.

Shelley pertenece a una segunda generación de poetas románticos, junto a Byron y a Keats, cuyo ideal político está ya en la liberación de los pueblos y en la revolución. Si una primera generación, miraba más a América en sus aspiraciones y acabaron en una especie de retiro espiritual en el seno de la naturaleza, la segunda fue más ambiciosa y se esforzaron en orientarse hacia lo público, comprometerse en lo social y en desarrollar una mitología alternativa al cristianismo. Así, recibieron las enseñanzas de Godwin de modo bien distinto, rechazando todo jacobinismo y convirtiendo la poesía en un arma revolucionaria: “La poesía es el más infalible heraldo, compañero y seguidor del despertar de un pueblo que se dispone a realizar un cambio en la opinión o en las instituciones” (Shelly, P.B.: Defensa de la poesía, Editorial Peninsula/Edicions 62, Barcelona 1986). Es una llamada a la acción, no solo a la denuncia, que caracterizará el pensamiento y la obra de Shelley; en ello, al margen de la influencia de Godwin, podemos encontrar la de la Revolución francesa y, notablemente, la de Thomas Paine en su fascinación por el sentimiento revolucionario y en su concepción del hombre social. Tal y como dice Raquel Sánchez en La razón libertaria (Fundación Anselmo Lorenzo, Madrid 2007), Shelley condujo los pensamientos de Godwin desde el racionalismo al romanticismo en un proceso de sublimación del sujeto, cuyo objetivo es hacer del ser humano el centro de toda reflexión. Godwin educó a Shelley en literatura clásica, griega y latina, algo que constituye el apoyo fundamental de toda la simbología de los autores románticos; no obstante, Shelley recogió las enseñanzas de muchos otros autores y movimientos, lo que otorgó personalidad propia a su pensamiento y a su voluntad creadora.

La obra Political Justice, de Godwin, junto a un autor como Condorcet, lleva a Shelley a una concepción de la historia formada por etapas que caminan hacia el despertar de la libertad y del conocimiento. A partir de 1811, Shelley mantuvo con Godwin una relación epistolar y personal que durará años; la influencia de Godwin en la poesía de Shelley es ya obvia a finales de 1813 y su obra se irá enriqueciendo con los aportes de otros autores, pero manteniendo la impronta de su mentor hasta alcanzar el tono idealista de sus últimas composiciones. No obstante, existen divergencias entre ambos autores: si Godwin considera que es necesaria la paz y la tranquilidad para el perfeccionamiento espiritual del hombre, Shelley confía en el malestar social y el descontento como necesarios para la difusión revolucionaria. En este sentido de apuesta por la acción política revolucionaria, Shelley está fuertemente influido por Thomas Paine y su concepción del valor del hombre en tanto ser social. El individualismo godwiniano, de esta manera, pasa en Shelley a colocar al hombre en sociedad y a tener en cuenta las limitaciones que dicha situación supone para la voluntad individual; se trata de una visión ideal y simbólica de la sociedad como conjunto de voluntades individuales coartadas por las mezquindades del mundo real. No obstante, Shelley confía en algunos momentos de su obra en la capacidad transformadora de las instituciones sociales, algo que le separaría del pensamiento anarquista godwiano; a pesar de ello, donde sí recogió una fuerte influencia de su mentor es en su idea de la perceptibilidad del ser humano, un camino para la liberación y la independencia, algo que se torcía tantas veces debido a los vicios y la corrupción presentes en la sociedad.

Shelley confía en ese perfeccionamiento moral heredado de Godwin, aunque también tiene en cuenta las posibilidades de la imaginación como fuerza creadora y revolucionaria. Frente a las costumbres y los factores coercitivos presentes en la sociedad, la recreación imaginativa de la realidad puede aportar al individuo conciencia de su opresión y la fuerza necesaria para rebelarse, algo que es en última instancia la deseada y buscada independencia frente a toda coacción social. Es una perfección moral e intelectual que Shelley plasma en Prometheus Unbound, publicada en 1820, donde el ser humano aparece movido por las más puras y nobles intenciones: Prometeo, representando a toda la humanidad, se libera de la tiranía de dioses e ídolos dejando a un lado el miedo y la ignorancia. En el soneto England en 1819, Shelley alude a un posible levantamiento popular (utilizando la metáfora del “fantasma” mucho antes que Marx) que acabe con todo lo caduco, ejército, leyes y religión. Su muy conocida Song to the Men of England, escrita después de la masacre de Peterloo, acabaría convirtiéndose en el himno del movimiento obrero británico. En donde se ve de forma obvia la huella de Godwin, es en A Philosophical View of the Reform en la que se observa la tiranía como determinación externa al individuo, que se manifiesta en forma de leyes, naciones o religiones, y se ve el sistema de propiedad como plasmación de la injusticia. En definitiva, Shelley asume el pensamiento de Godwin en una dualidad permanente entre reforma y revolución, cuyo objetivo final en un ideal utópico de transformación de la sociedad.

Merece la pena que dediquemos unas últimas palabras a la persona que formó parte de la vida de Godwin y de Shelly, Mary. La formación de esta mujer puede considerarse producto de los experimentos pedagógicos de su padre; Mary nunca asistió a la escuela, se educó en casa y en el círculo intelectual de su progenitor. No podemos decir que los resultados fueran malos cuando hablamos de la autora de Frankenstein, libro que escribió antes de cumplir los veinte años. Se ha dicho que el gran problema que tuvo Mary para desarrollar su faceta creativa fue la gran sombra que proyectaron, tanto su padre, como su marido. La obra de Mary Shelley se compone, sobre todo, de prosa, como autora de novelas, crítica y ensayos literarios; está considerada una de las grandes autoras del relato corto, genero prolífico en la literatura inglesa. En la obra de Mary es posible encontrar rasgos del pensamiento de Godwin, más en el terreno social que político: la repercusión del entorno y la educación sobre el individuo (en The fortunes of Perkin Warbeck, escrito en 1830), el carácter pernicioso del partidismo político (Valperga, 1823) o la idea de la justicia (The Last Man, 1826). No obstante, Mary Shelley se vio más influida por la época gótica, un contexto estético ya muy diferente al de su padre; el género literario gótico recrea la existencia de un mundo paralelo, que resulta incomprensible e incontrolable, donde se encierran todos los miedos y las transgresiones que la sociedad inhibe. Su obra Frankenstein tiene muchas lecturas; si bien recoge el pensamiento de su padre sobre los prejuicios sociales y tiene un gran componente de crítica a lo establecido, también puede verse una desconfianza hacia el progreso en el que el ser humano, dotado de una razón aparentemente omnipotente, acaba dando lugar al instrumento de su propia destrucción.

Capi Vidal

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