Ayer mismo, paseando por la capital de este inefable Reino de España en busca de algún evento cultural de interés, no pude evitar cruzarme con un buen número de gentes ataviadas con una camiseta roja adornada con el (para uno, más que rechazable) emblema nacional. Mi estupor me llevó a terminar por enterarme de que estos días se está celebrando un torneo mundial de ese deporte balompédico que tanto furor, en ocasiones adornado con una buena dosis de irracionalidad e incluso violencia física, causa en las masas. Como al que suscribe le resulta ajena la pasión por semejante actividad futbolística, máxime cuando entran en competición las llamadas selecciones nacionales, no pude evitar preguntarme a qué mecanismo alienante obedece el sentirse alborozado cuando un tipo, que supuestamente ha nacido en tierras próximas, introduce una bola en red. El máximo estado de felicidad lo alcanza el aficionado cuando ese grupo de multimillonarios, al que peculiarmente llama compatriotas mediante alguna enajenada conciencia exenta de clase, acaba logrando un sonado triunfo. De acuerdo, uno es un irreductible ácrata algo nihilista, cuya única patria asumible resulta ser el conjunto de esta especie peculiar llamada sapiens en nombre de eso tan denostado llamado fraternidad universal, condición que le empuja a soltar, tal y como reza el título de este lúcido blog, un exabrupto tras otro. Se me dirá, claro, que exagero, que el personal solo quiere disfrutar de un inofensivo rato deportivo adoptando una determinada identidad colectiva mediante una serie de símbolos (himno, bandera…). Pero, yo me pregunto si ese fenómeno de la enajenación patriótica, que a mí me da la gana de denominar así, puede producirse solo de forma momentánea o más bien es algo permanente. Es decir, ¿no se trata acaso del mismo mecanismo que en tantas ocasiones lleva a vestir un uniforme y portar un arma para enfrentarte con el que ha nacido más allá de una artificial frontera? Sí, efectivamente, exagero.
Sea como fuere, por algún motivo gran parte del personal parece estar deseando adoptar de forma irreflexiva una identidad colectiva, algo que los más reaccionarios (aunque, no solo ellos) aceptaran como una realidad consustancial al género humano. Pues bien, una aparente paradoja, aún mayor que esa del nihilista que confía en los mejores valores humanos, es la del amante de la fraternidad universal que confronta cualquier atisbo de identidad tribal o patriótica. Claro que, en este caso, la explicación es bien sencilla, para toda mente bien oxigenada, al estar fundada dicha identidad grupal en forzada fronteras geopolíticas en nombre de eso tan nocivo que llaman Estado-nación. A menudo, nos lamentamos de nuestras sociedades modernas (o posmodernas), caracterizadas efectivamente por los Estado-nación, pero ambién por un capitalismo exacerbado basado en el “sálvese el que pueda”, especialmente a nivel económico, debido a lo que consideramos un individualismo insolidario. Y hay quien sostendrá que la identidad colectiva de marras, al menos, buscará cierta cohesión social en base a ese material simbólico nacional. Por supuesto, no puedo estar en mayor desacuerdo y, si un horror resulta el desigualitario sistema económico imperante, otro no menor es el cíclico auge de las nacionalismos en sus diversas formas. Frente a todo individualismo insolidario, una individualidad con fuertes vínculos comunitarios (que no “nacionales”). Frente a toda identidad colectiva (política, económica o religiosa), puede producirse ese proceso dinámico durante toda la existencia humana de una identidad personal. Y, efectivamente, podría parecer una paradoja, pero dentro de ese desarrollo de individualización (que no atomismo) se pueden fortalecer esos vínculos con una comunidad igualmente dinámica (no estática, rígida, sujeta a códigos y normas inamovibles, como es el Estado-nación); hay un reconocimiento de los otros, igualmente de su propia capacidad para el desarrollo personal, y una cierta necesidad de ellos.
Volviendo a ese deporte de masas que ha dado origen a estas reflexiones, no soy demasiado original si afirmo que es posible que el mismo puede haberse acabado convirtiendo en otra suerte de “opio del pueblo”. Una vez más, aclaro que lo que quiso decir el clásico, no es tanto que la creencia religiosa fuera alguna suerte de efecto anestesiante, sino más bien una consecuencia en forma de cierto alivio de unas condiciones existenciales penosas; si acudimos al párrafo completo, algo que me gusta mucho recordar, encontraremos una expresión como “consuelo de los afligidos”. En otras palabras, siempre según ese optimismo exacerbado de los orígenes de la modernidad, que cuando la humanidad creara poco menos que un paraíso terrenal con todo el mundo disfrutando de una vida con todas sus necesidades cubiertas (y, claro, con la capacidad de un desarrollo aún mayor a todos los niveles), no sería necesario consuelo ficticio alguno. Bien entrado el siglo XXI, parece más que claro que el razonamiento de Marx no es posible aplicarlo a cualquier mecanismo alienante; por supuesto, hay muchos desgraciados en lo material que llenan los estadios en busca quizá de consuelo existencial (al igual que con la religión, pero en este caso adornado con los colores de naciones, tantas veces sujetas a todo tipo de saqueos e injusticias). No obstante, a dichos eventos deportivos multitudinarios acuden también gran número de gentes más que acomodadas. Tal vez, todos ellos, unos y otros exentos de conciencia de clase. No olvidemos tampoco que hoy todo torneo del campo deportivo es también un formidable negocio para asentar el sistema económico; es decir, que es posible que esa enajenante identidad nacional (una elevación patriotera de la que se produce a nivel de clubes regionales, sujetos también a la lógica mercantilista) vaya pareja con la aceptación acrítica de ese poder económico basado en un individualismo insolidario. Uf, menudas reflexiones me han surgido motivadas en encontrarme ayer con no pocas almas ataviadas con emblemas nacionales en busca de algún tipo de consuelo existencial en forma de triunfo deportivo. Por supuesto, magnífico que se disfrute del deporte, como del cualquier otro ámbito en la vida humana. No obstante, huyendo de cualquier asomo de enajenación, de cualquier atisbo de actitud acrítica y de todo suerte de papanatismo, buscaría un desarrollo personal que nos acerque a una existencia más rica y consciente. Palabras de este ácrata, algo nihilista, enemigo de toda identidad colectiva y de cualquier individualismo insolidario.




