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China, el paraíso perdido

La clase obrera y su papel están clamorosamente ausentes de los preocupantes comentarios sobre los recientes acontecimientos chinos.
La crisis actual que atenaza la economía china, y que ha estallado con la caída de la Bolsa, que ha tenido su epicentro en la Bolsa de ese país, obedece a múltiples causas.
Cuestiones de época, como por ejemplo el cambio de las relaciones de fuerza entre las potencias imperialistas, con una agresividad política de contención dirigida por los Estados Unidos, o cuestiones políticas más contingentes, como el estallido de la burbuja inmobiliaria china, la caída de los precios de las materias primas y la menor competitividad de los artículos chinos en los mercados mundiales, han sido determinantes sobre la opción de las autoridades chinas, unido a las fluctuaciones de la guerra monetaria entablada entre las principales economías capitalistas. Si esta enésima crisis confirma el caos de las economías basadas en el beneficio, también confirma el carácter contradictorio de la intervención de los gobiernos, incluido el chino que, incapaces de resolver la cuestión social (que es la piedra en el zapato de toda economía capitalista) se limitan a descargar las pérdidas sobre las clases explotadas, y a garantizar los mecanismos que permiten a las clases privilegiadas monopolizar esa riqueza a cuya producción no han dedicado ni una hora de esfuerzo.

No hay que olvidar que China y los BRICS en general han desarrollado un papel de apoyo en el ataque a la clase obrera norteamericana y europea, ataque que se ha desarrollado en los últimos años: las multinacionales, y también las pequeñas empresas, han deslocalizado su producción, cerrando factorías obsoletas o con una fuerza de trabajo organizada y con experiencia de lucha, trasladándose a otros países. La frugalidad de la población, unida al control capilar de la dictadura del Partido Comunista Chino, hicieron aparecer al país oriental como el paraíso de la acumulación capitalista.
Al mismo tiempo han creado en China y otras partes una nueva clase obrera, que poco a poco ha tomado conciencia de sus derechos y de su fuerza, de modo que la lucha de clases, adormecida en Detroit y en las orillas del Rin, volvía a espabilarse en Extremo Oriente.
Para las multinacionales, protagonistas directas e indirectas del boom chino, es hora de abandonar el paraíso, sobre todo ahora que deben imponer modificaciones en las condiciones de trabajo utilizando el chantaje del paro. A todo esto lo han llamado crisis.
La fuente de la riqueza es el trabajo, entendido como intercambio orgánico entre el hombre y la naturaleza: la parte que corresponde a las clases privilegiadas puede crecer solo si disminuye la de las clases explotadas.

No hay mejor modo que hacer creer en situaciones excepcionales, de “crisis”, que todos debemos apretarnos el cinturón, los explotados apretándoselo, y los explotadores ayudándoles.
El interés común de los productores vale solo si los beneficiarios son los capitalistas: la lógica consecuencia de la palabrería sobre la competitividad, la productividad y la flexibilidad están a un lado, y al otro el agravamiento del conflicto entre imperialismos, que comporta la economía de guerra, después la militarización de la sociedad y finalmente el enfrentamiento abierto entre las potencias imperialistas.
El modo de producción capitalista indudablemente se arropa en sus contradicciones, pero no hay que olvidar que de estas contradicciones son parte integrante las acciones conscientes.
Los capitalistas, los gobernantes, tienen confianza en las lágrimas, en el sudor y en la sangre de los proletarios para salir de la crisis que ellos mismos han provocado; va siendo hora de que los proletarios la usen en beneficio propio.
Los explotados no deben creer en la inevitabilidad de la crisis, en su fatalidad; no es más que un producto de la voluntad de los gobiernos y de los capitalistas, ávidos y criminales, que merecen todo el odio de las capas populares; los explotados han de ser conscientes de que con la voluntad, con la estrategia y con la organización pueden derrotar a sus enemigos.

Tiziano Antonelli

Publicado en Tierra y libertad núm.327 (octubre de 2015)

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