Aporofobia, ¿patología o el clasismo de toda la vida?

Este término, aporofobia, no demasiado fácil de recordar dada la cantidad de filias y fobias que nos depara la posmodernidad, fue acuñado hace ya más de 20 años por la filósofa, especializada en ética, Adela Cortina. Estamos hablando del desprecio, puro y duro, hacia los pobres y, creo que especialmente, a los muy indigentes. Tiene razón esta mujer cuando insiste en que la verdadera aversión no se produce tanto sobre el extranjero, como hacia aquellos que nada parecen tener que ofrecernos a un nivel material. Efectivamente, no repugnan los turistas adinerados provenientes de lejanas tierras ni los deportistas millonarios pertenecientes a otra etnia, mientras que se cierran las puertas a toda suerte de inmigrantes o refugiados de clase ínfima. Los mendigos sin hogar, que pueblan las calles de las grandes ciudades, son prácticamente invisibles a los ojos de los que algo tienen, al menos en términos materiales, aunque sus vidas estén vacías en otros aspectos. Particularmente, llevo años escuchando todo tipo de mezquinos comentarios sobre los que malviven en la calle: «les gusta esa vida», «son vagos y aprovechados», «son adictos al alcohol», «no están bien de la cabeza»… Uno se pregunta cómo se pueden afirmar estas cosas sobre personas cuyas circunstancias, sencillamente, desconocemos; las adicciones o el desequilibro mental, ¿son consecuencia o causa de una vida que no se desea a nadie?

Cortina, una persona inteligente y bienintencionada, creó la palabra para visibilizar el problema y quiso ver en la fobia una distorsión psicológica que podría ser tratable; una especie de mecanismo mental que aparta todo aquello que produce incomodidad. Esta despreciable tendencia a rechazar a los que nos nos gustan (a los que no tienen) puede estar muy vinculada a esa otra proclive a cooperar con nuestras semejantes, pero siempre y cuando estemos seguros que tienen algo que aportar. Quiero pensar que hay una tendencia más sólida, fortalecida en otro tipo de sociedad, que valora a todo tipo de personas, especialmente a aquellas que se encuentran en una posición más frágil. Los anarquistas hablaban de «apoyo mutuo», claro que también se esforzaban en erradicar la pobreza, en hacer a todos partícipes de la riqueza social, algo impensable en nuestro sistema económico. Hoy, en nuestra mezquina sociedad de consumo, por un lado todo parece tratable desde un punto de vista terapéutico individual, incluidas las tendencias más despreciables en el ser humano. Por otro lado, se insiste en el aspecto represivo y hay quien ha señalado también incluir la aporofobia como «delito de odio» en el código penal.

Los ácratas, además de en una sociedad más justa, algo imprescindible, insistían también en la educación, en modificar las costumbres y actitudes en busca de potenciar los valores más nobles del ser humano. No hablo del confuso y metafísico «hombre nuevo», concepto que ha producido la más terrible de las distopías en nombre de según qué doctrinas; hablo de acabar con el caldo de cultivo que saca lo peor que llevamos dentro. Aunque la evidencia cotidiana parezca decir tantas veces lo contrario, uno quiere pensar que hay una mayoría de personas que pueden tener un comportamiento decente en las circunstancias adecuadas. Sin embargo, estamos tan acostumbrados a una sociedad dividida en clases, a observar y envidiar a los que tienen mucho, mientras ignoramos o despreciamos a los que no tienen apenas nada, ya sean nuestros vecinos o migrantes de países maltratados, que supongo que cuesta a muchos imaginar otro escenario. Lo que somos a nivel humano, capaces de las mayores estupideces e iniquidades, pero también de crear algo grande y hermoso. Trataremos de erradicar, en la medida terrenal de lo posible, lo primero.

Juan Cáspar

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