Cuando parece que nada puede cambiar

Hay momentos en los que resulta difícil imaginar que las cosas puedan cambiar. No porque no sepamos que podrían ser de otra manera, sino porque llevamos demasiado tiempo viendo cómo se deterioran las condiciones de vida, cómo crece la precariedad, cómo se pierden derechos y cómo se normalizan situaciones que hace unos años nos habrían parecido inaceptables. Miramos alrededor y muchas veces tenemos la sensación de que, hagamos lo que hagamos, las cosas terminan volviendo al mismo sitio.

La desesperanza no aparece entonces de la nada. Tiene unas condiciones materiales y sociales. Cuando una persona vive durante mucho tiempo en un mundo que parece no ofrecer salidas, puede acabar dejando de esperar que las cosas cambien. Puede seguir trabajando, cuidando, relacionándose, organizándose y haciendo su vida, pero sin sentir que sus acciones tengan realmente capacidad para modificar aquello que la rodea.

Y eso también tiene consecuencias sobre nuestra vida cotidiana. ¿Para qué esforzarnos en cambiar una situación si pensamos que nada va a cambiar? ¿Para qué enfrentarnos a algo que consideramos injusto si creemos que siempre terminará imponiéndose lo mismo? ¿Para qué imaginar otra forma de vivir si ni siquiera somos capaces de imaginar cómo llegar hasta ella?

Quizá una parte del problema esté precisamente en haber aprendido a pensar el cambio como algo enorme. Una revolución capaz de transformar de una vez la sociedad, una ruptura después de la cual todo será diferente, un momento histórico que llegará algún día y que justificará todos los esfuerzos realizados mientras tanto. Durante mucho tiempo, buena parte de los imaginarios emancipadores funcionaron de esa manera. El futuro contenía la promesa de una sociedad diferente y el presente podía quedar subordinado a ese futuro.

Tomás Ibáñez, militante y teórico anarquista, lleva décadas cuestionando esa manera de pensar la transformación. En Anarquismo es movimiento plantea la necesidad de entender el anarquismo como una práctica que se transforma en la acción y que construye una realidad diferente en el presente, sin aplazarlo todo a un futuro mejor.1

No se trata de conformarnos con pequeños cambios porque no podamos aspirar a transformar la sociedad. Es justamente lo contrario. Se trata de entender que la transformación no empieza cuando todo está preparado para transformar el mundo. Empieza cuando conseguimos modificar algo de la realidad en la que vivimos.

Puede ser una lucha laboral que consigue frenar un despido, un barrio que se organiza para impedir un desahucio, una red de apoyo que permite que alguien no tenga que enfrentarse sola a una situación que no puede resolver, un espacio colectivo que funciona de otra manera, una relación en la que dejamos de reproducir determinadas formas de poder o una organización que consigue arrancar un derecho que parecía imposible.

Son cambios parciales. Algunos duran poco, otros fracasan y otros pueden parecer insignificantes cuando los comparamos con la magnitud de aquello contra lo que estamos luchando. Pero existen, y eso importa.
Porque una de las cosas más destructivas de la desesperanza es que consigue convencernos de que la realidad es inamovible. No necesitamos creer que podemos cambiarlo todo para cuestionar esa idea. A veces basta con comprobar que algo puede moverse.

En este sentido, Ibáñez propone repensar también el propio concepto de revolución, situándolo en el presente y no en un futuro al que habría que llegar algún día. En sus textos insiste en que el anarquismo no puede ser una doctrina cerrada, sino una realidad que se modifica a través de las propias prácticas y luchas.2

Y esto cambia también nuestra relación con la esperanza.

Estamos acostumbradas y acostumbrados a pensar que primero tenemos que tener esperanza para actuar, como si necesitáramos estar convencidos de que vamos a ganar para comprometernos con algo. Pero muchas veces sucede al revés. La esperanza puede aparecer después de actuar, cuando conseguimos organizar algo con otras personas, cuando comprobamos que una reivindicación ha servido para algo, cuando una conversación cambia una relación, cuando una persona que estaba sola encuentra una red o cuando conseguimos que aquello que parecía inevitable deje de serlo.

No porque ese pequeño cambio vaya a resolver todos nuestros problemas, sino porque nos devuelve una experiencia que la desesperanza intenta quitarnos: la experiencia de que nuestra acción tiene consecuencias.

Y esto también es importante en nuestra vida personal. Estamos acostumbradas y acostumbrados a pensar que transformar nuestra vida significa hacer grandes cambios: dejar un trabajo, terminar una relación, mudarnos, empezar de nuevo, tomar decisiones definitivas. Pero buena parte de las transformaciones reales no suceden de una vez. Una forma diferente de relacionarnos con alguien puede modificar una relación. Una conversación pendiente puede abrir una posibilidad que antes no existía. Empezar a poner un límite puede cambiar una dinámica que llevábamos años soportando. Pedir ayuda puede permitirnos hacer algo que solas no podíamos hacer.

No son revoluciones en el sentido tradicional de la palabra. Pero sí son movimientos.

Y quizá ahí esté una de las ideas más fértiles del pensamiento de Ibáñez: que el movimiento importa más que la imagen de un punto final perfecto. La transformación no tiene por qué esperar a que aparezca una sociedad completamente nueva para empezar a producirse. Puede estar presente en las luchas, en las relaciones y en las formas de vida que vamos construyendo mientras intentamos cambiar aquello que nos rodea.

Esto resulta especialmente importante en un momento en el que los grandes horizontes colectivos parecen tan debilitados. Cuando no conseguimos imaginar una sociedad radicalmente distinta, podemos terminar reduciendo nuestras expectativas hasta el punto de considerar extraordinario cualquier pequeño alivio. Y entonces la política se convierte en administración de lo que existe y nuestra vida personal en una sucesión de estrategias para soportarlo.

Pero no estamos obligadas ni obligados a elegir entre dos extremos: cambiarlo todo o no cambiar nada. Entre ambos existe una enorme cantidad de posibilidades.

Podemos modificar relaciones, construir redes, organizarnos, recuperar espacios colectivos, enfrentarnos a determinadas formas de dominación, conquistar derechos, cambiar prácticas y crear lugares en los que las relaciones funcionen de otra manera. No porque esos lugares sean ya la sociedad que queremos, sino porque nos permiten experimentar, aunque sea parcialmente, que otra manera de relacionarnos es posible.

Y quizá eso sea también una forma de cuidar nuestra propia vida en un mundo hostil. No mediante el optimismo obligatorio, ni diciéndonos que todo saldrá bien, ni intentando encontrar el lado positivo de una realidad que muchas veces no tiene nada de positiva. Se trata de recuperar nuestra capacidad de intervenir.

Hay algo profundamente desgastante en sentir que no podemos hacer nada. Hay algo diferente cuando conseguimos comprobar que, aunque no podamos cambiarlo todo, sí podemos cambiar algo.

Tal vez no sepamos cómo será el mundo dentro de veinte años. Tal vez ni siquiera sepamos si veremos algunas de las transformaciones por las que luchamos. Pero eso no significa que tengamos que convertir nuestra vida en una espera.

Podemos construir ahora relaciones diferentes. Podemos organizarnos ahora. Podemos cuidar de otras personas y dejarnos cuidar. Podemos defender un espacio, una conquista, un derecho. Podemos participar en una lucha aunque sepamos que quizá no la ganaremos. Podemos crear lugares donde la competencia no sea la única forma posible de relacionarnos.

Podemos hacer que algo sea distinto, aunque sea en un lugar pequeño.

Y quizá haya algo profundamente político en eso. Porque el sistema necesita que pensemos que nada puede cambiar, que las cosas son como son, que solo podemos adaptarnos, gestionar mejor nuestra frustración y aprender a vivir con aquello que no podemos modificar. Frente a eso, cada transformación concreta introduce una pequeña grieta en esa certeza.

No sabemos si todas esas grietas acabarán convirtiéndose en una ruptura mayor. No tenemos por qué saberlo. Lo que sí sabemos es que una realidad que se mueve ya no es una realidad completamente cerrada.

Quizá no exista una gran revolución que llegue un día para transformar nuestras vidas de una vez. Quizá existan muchas transformaciones: algunas colectivas, otras cotidianas, algunas enormes y otras casi invisibles. Algunas durarán décadas y otras apenas lo suficiente para abrir una posibilidad nueva.

Y quizá sea precisamente eso lo que nos sostiene frente a la desesperanza: no la certeza de que vamos a ganar, sino la experiencia de que todavía podemos mover algo.

Porque mientras podamos mover algo, aunque sea pequeño, todavía no estamos completamente atrapadas y atrapados en el mundo que nos han dado.

Diana Cordero

  1. báñez, Tomás. Anarquismo es movimiento. Anarquismo, postanarquismo y neoanarquismo. Barcelona: Virus Editorial, 2014. La ficha de la editorial presenta precisamente como eje del libro la capacidad del anarquismo de transformarse desde la acción y “la construcción de una realidad actual”, sin sacrificar el presente en nombre de futuros mejores.  https://viruseditorial.net/libreria/anarquismo-es-movimiento/ ↩︎
  2. Ibáñez, Tomás. Anarquismos a contratiempo. Barcelona: Virus Editorial, 2017. En este libro, Ibáñez desarrolla su propuesta de repensar el anarquismo y la revolución desde las luchas y condiciones del presente. Virus recoge expresamente su planteamiento de “inscribir” la revolución en el presente y abandonar la fascinación por su realización futura.  https://viruseditorial.net/libreria/anarquismos-a-contratiempo/ ↩︎

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