ACRACIA ANARQUISMO NIHILISMO

Continúa el esperpento monárquico

Este que sufrimos ya en la futurista fecha de 2026 es el autoproclamado gobierno más progresista de la historia, lo cual dice mucho seguramente de la capacidad que tiene cualquier gobierno para el progreso. La capacidad de este legislativo para aferrarse al poder es tal que uno de sus últimos movimientos ha sido desclasificar los documentos sobre el intento de golpe de Estado de febrero de 1981. La intención era, de cara a la galería, clarificar de una vez por todas qué ocurrió en aquello, quiénes eran los implicados, y bla, bla, bla, aunque habría mucho que decir sobre la selección de lo que se ha querido sacar a la luz. Al parecer, el facherío, que siempre ha visto al antiguo monarca Juan Carlos como un traidor, ha querido seguir involucrándole en la intentona golpista; dicha desclasificación, seguramente por ser su intención principal de cara a ese horror llamado opinión pública, ha terminado por «limpiar» su nombre y restituirle como uno de los héroes de la Transición democrática. ¡Alucinemos, una vez más, con las acciones del gobierno ultramegaprogresista! Al margen de que el emérito estuviera o no implicado en aquello, vamos a presuponer que no, de acuerdo; de hecho, en continuidad con la transacción que fue el paso del franquismo a la democracia, asegurando el chiringuito a los que mandan, resulta dudoso que más allá de cuatro imbéciles la clase dirigente quisiera dar un paso atrás al respecto. Si no hubiera un proceso de clara involución intelectual, si gran parte del personal no tuviera sus capacidades cognitivas mermadas, si la memoria no ejerciera apenas ya su función y la honestidad brillara cada vez más por su ausencia, nos fijaríamos bien en lo que el llamado Juan Carlos I hizo y supone. ¡Vamos allá! Y, por favor, para los bodoques reaccionarios que lean esto, no me creáis a mí, activad las neuronas e investigad un poquito dejando a un lado vuestro lamentable imaginario social y político.

Hablamos, cuando era adolescente, de un futuro monarca que fue entregado por su padre Don Juan al dictador genocida, el generalísimo Franco. Para los que no lo sepan, el tal Don Juan fue hijo de rey (el no menos inicuo Alfonso XIII) y será padre de rey, pero nunca llegó a ser él rey mismo; aunque, por supuesto, apoyó a los golpistas en julio de 1936, desavenencias posteriores con el dictador le llevaron al exilio. Efectivamente, Juan Carlos fue amamantado por Franco, que le preparó, parafraseando su conocida frase, para dejarlo todo «atado y bien atado». El resto es historia cuando, claro, se decide modernizar el país con algunas reformas políticas que le equiparara a otras democracias occidentales. Diremos de entrada, en el ámbito económico, que las 500 familias más ricas del franquismo continuaron siendo las 500 familias más ricas en la grandiosa democracia. Por supuesto, el solo lerdo en apariencia Juan Carlos I recibirá comisiones por los negocios realizado por las empresas de este inefable país, ya convertido en Reino de España. ¡De casta monárquica le viene al galgo! En la Transición, la posibilidad de una libertaria vía autogestionaria se convierte. en palabras del ministro del interior Martín Villa (pocos días antes, un cargo franquista), en una quimera. Otro héroe de aquellos años, Adolfo Suárez (pocos días antes, un cargo franquista), dijo una frase que lo resume todo para el futuro de la familia borbónica: «Sin monarquía, no hay democracia». De forma paralela, se estaba gestando que gobernara el país un partido progresista (¡ay!) y, efectivamente, a partir de 1982 las grandes reformas las realizan administraciones encabezadas por Felipe González: entrada en la OTAN, reconversión industrial, privatizaciones, reformas laborales… Si todo aquello lo realizaba un gobierno aparentemente de izquierdas, el apaciguamiento y la pazguatería social estaba en gran medida asegurada. A pesar del latrocinio (de la clase dirigente, con el rey a la cabeza), se iba consolidando el sistema, una monarquía parlamentaria; hay que decir que es el Partido Socialista el que más ha hecho para seguir manteniendo el trono del Jefe de Estado (ese era el cargo de Juan Carlos, ahora de su hijo Felipe), como podemos seguir viendo en la actualidad. A poco que uno no tenga problemas de oxigenación en su cabeza, las monarquías deberían ser bien entrado el siglo XXI instituciones casposas y ya obsoletas.

Sin embargo, para suma irritación física y moral, en este inenarrable Reino de España se ha querido vincular a la corona con la consolidación de la democracia, concepto político por supuesto ya muy pervertido per se, y ello a pesar del permanente robo a los súbditos. Y es que eso somos, pobres súbditos que siguen llevando a hombros al monarca haciendo honor al gran clásico libertario de la servidumbre voluntaria. Sí, soy consciente de que con otra forma de Estado puede que la cosa no fuera muy distinta, autodenominándonos orgullosamente ciudadanos y apuntalando de otra forma a una clase dirigente para asegurar la dominación política. Dejo estos saludables incisos ácratas y continúo con el tema principal que me ocupa. Los latrocinios del sinvergüenza monarca Juan Carlos, a pesar del silencio de la prensa sistémica (insisto, investigad un poquito, por favor), junto a sus continuos escándalos sexuales, siempre han sido cosa sabida y bien ocultada durante mucho tiempo. En 2014, el ahora emérito termina por abdicar en beneficio de su hijo Felipe, una buena operación para blanquear la institución. Por supuesto, el sistema estaba diseñado para que el aforamiento y la inmunidad del antiguo monarca impidieran procesarle por delitos anteriores a esa fecha. Era demasiado pedir, para este indescriptible país, vincular todos estos hechos con el fraude de la Transición y el elevamiento a la jefatura de Estado de un tipo criado y puesto en el cargo por el franquismo. Su huida final a los autoritarios Emiratos Árabes, plagados de monarquías absolutas, lo dice todo de Juan Carlos como alguien cobarde y rastrero. Ahora, se congratula desde allí al habérsele restituido como héroe de la democracia gracias a la desclasificación de los documentos del 23F. Continúa, todavía con cierta capacidad para sorprendernos, el esperpento monárquico (y sistémico, que de eso se trata) con nuevas vueltas de tuerca. Lo que somos en la actualidad, de manera harto evidente, tiene un hilo conductor con un inicuo pasado, aunque gran parte de la población sigue instalada en una realidad de desmemoria y consumo permanente de desinformación producto de una alienante transformación tecnológica. Como ya he dicho en otras ocasiones, quizá no es casualidad que «rey» y «realidad» tengan una raíz etimológica común.

Juan Cáspar
https://exabruptospoliticos.wordpress.com/2026/02/28/continua-el-esperpento-monarquico/

Deja un comentario