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El voto en los anarquistas

Animado por uno de los lectores, me decido a hablar un poco de los conflictos en el mundillo anarquista, y recordad esto: son y serán eternos. Desde que colectivistas, individualistas, mutualistas y comunistas libertarios se tiraron de los pelos en el siglo XIX, una larguísima sucesión de desencuentros ha producido una serie de portentosos enfrentamientos entre libertarios, que no he conocido tiempos pacíficos, nunca. Y cuando ha habido una pausa, es porque algo gordo estaba por venir. Y conste en acta, que el libertario más rojinegro del planeta, entrado en crisis de paranoia y éxtasis orgánico, cuando llega la hora de investigar, interrogar, y expulsar, es que no se anda con contemplaciones, y se salta los principios más sagrados, eso sí, por el bien de las ideas. Y entonces legalizan, contratan abogados, levantan escrituras, solicitan al Estado el CIF, echan el candao a la bicicleta, y se quean tan panchos. Es lo que podríamos llamar, la anarkisición libertaria, siempre llena de pragmatismo.

Pongamos, por ejemplo, uno de los puntos de fricción en el mundo anarquista: el del voto. Resulta que los anarquistas pretenden conseguir a través del diálogo –dicen–, siempre, el consenso. El mejor acuerdo que parta de la voluntad común, sin mayorías ni minorías. El voto –dicen– solo sirve para que la minoría sea oprimida por la mayoría. Aunque dicho sea de paso, yo siempre he dicho que a través del voto la minoría se impone a la mayoría. Pero en fin, a lo que voy. 

Lo paradójico es que cuando no hay consenso, y se pasan las horas discutiendo en una reunión hasta las tantas, y resulta que los beligerantes no se deciden a abandonar el ring (yo a los cinco minutos de disputas es que me voy huyendo al bar), o bien los supervivientes deciden votar (al 90% de la peña la expulsan previamente por agotamiento, por tener que cuidar a la abuela, por levantarse a las seis pa currá…), o dejar todo como está. 

Dejar las cosas como están, es hacer… Nada. Y todos y todas sabemos que el militante es un ente activo que quiere hacer siempre algo aunque sea un disparate. Y sucede entonces, que hay que votar.

Bueno, pues yo he visto mil veces a los y las anarquistas del consenso, el diálogo sereno y todo eso, que se llevan hasta al primo con gripe y tiritando de fiebre pa que vote. Los del consenso levantan la mano pa votar, y cuentan hasta el último de los votos. Y no he visto nunca una votación en la que quienes ganan, hagan algo de lo que proponen los que pierden. 

Para mí es un gran misterio (nunca explicado) que se diga que el voto no es importante, que lo importante es la acción, y luego se exija poder votar lo que sea, sobre todo si con esos votos el anarquista arrima el ascua a su sardina mientras se toca los genitales.

¿Cuál es la solución de este enredo? Sencilla y simple: si eres partidario del consenso, no te apuntes a una organización que en sus estatutos explica que sus acuerdos se toman por mayorías y sistemas de votación. Porque ahí se va a votar, y donde se vota, hay una gente que gana la votación, y otra que pierde. Y si pierdes ya puedes romperte la camiseta, echar espumarajos y hablar lo que quieras de consenso, porque fue antes, y no ahora, cuando debió de conseguirse. Eso, sí que es de anarquismo básico. 

Acratosuario rex

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