Caracas se despertó antes de tiempo el 3 de enero. El sonido de aeronaves militares y las detonaciones dispersas quebraron la rutina nocturna de la ciudad. Horas después, la noticia de la detención de Nicolás Maduro y Cilia Flores por fuerzas estadounidenses confirmaría que no se trataba de un episodio aislado, sino de un giro histórico con consecuencias que desbordan las fronteras venezolanas.
Lo ocurrido en Venezuela durante esa madrugada no puede leerse únicamente como una operación militar ni como un cambio de liderazgo. Fue, ante todo, la constatación de un fracaso acumulado: cuando las vías políticas se cierran durante años y la comunidad internacional —incluidos los movimientos sociales— no exige una resolución pacífica del conflicto, la violencia termina ocupando su lugar.
Uno posee la insana costumbre, extrañamente irrefrenable, de echar un vistazo cada vez que un infame diario generalista cae en sus manos. Normalmente, mi reacción emocional oscila entre el hastío y la repulsa, pero recientemente el cabreo ha adquirido proporciones gigantescas. Es sabido que el inefable Marío Vargas Llosa posee una tribuna privilegiada en el increíblemente progre periódico El País y ayer domingo este fulano, adalid de la peor cara del liberalismo, se explayó a gusto sobre el anarquismo. Así, Vargas empieza su artículo sorprendiéndose, apenas escondiendo un sarcasmo de baja intensidad, de la buena salud de los ácratasy aseguró, incluso, haber leído un libro llamado La rebeldía más allá de la izquierda, sobre el que se muestra condescendiente; a su autor, el venezolano Rafael Uzcátegui, parece alabar engañosamente. No tarda demasiado el escritor de La ciudad y los perros, cayendo en un territorio vulgarmente trillado, en vincular el anarquismo con la más pura violencia y asegurar, por ello, que fue «una ideología equivocada». Es todavía más indignante que afirme que, como anarquistas, «Uzcátegui y sus amigos son menos violentos que sus mayores de la generación anterior». Sabrá este cretino cómo es este sociólogo y escritor anarquista, al que conozco desde hace años, gran defensor de los derechos humanos en su país; por ello, ha recibido las críticas de infinidad de inicuos botarates defensores de ese fraude llamado revolución bolivariana.
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