Eco de “Uno, dos…mil Vietnams” que gritábamos en algunas manis parisinas durante el 68
Tomás Ibáñez
18 de octubre 2026
La intensa jornada del 17 de octubre con su extenso registro de fuertes enfrentamientos en muchas de las ciudades francesas atestigua que ese país no podía representar una excepción. Al igual que lo sucedido estos últimos años en múltiples regiones del mundo, desde las Américas hasta el Sureste asiático pasando por varios países europeos, hemos asistido en esta ocasión a la explosión del malestar lentamente acumulado, con cientos de miles de personas ocupando las calles y mostrando una determinación capaz de resistir a las más contundentes de las oleadas policíacas. Como en tantos otros países, las personas que han nutrido las manifestaciones de este 17 de octubre no lo han hecho obedeciendo a consignas provenientes de las grandes organizaciones, sino básicamente a través de las redes sociales, de la conversaciones cotidianas que circulan por el tejido social en los barrios y en los lugares de trabajo, y respondiendo también a los llamamientos de pequeñas organizaciones sin que mediase entre ellas una instancia centralizadora.
Resulta que la ausencia de estructuras que encuadren y dirijan las manifestaciones les confiere ciertos tintes de autoorganización remitiendo las decisiones a las personas directamente involucradas en las protestas, espoleando su creatividad, y haciéndolas protagonistas de las acciones emprendidas. Está claro que no luchan para hacer avanzar un supuesto proyecto de revolución. Sin embargo, desarrollan unas prácticas que son revolucionarias en el aquí y ahora porque al enfrentarse a la tremenda fuerza del sistema que su movilización está cuestionando crean un escenario de disidencia cuyas consecuencias a corto y medio plazo son difícilmente predecibles.
La multiplicidad internacional de eventos como los del 17 de octubre en Francia atestigua el acierto de aquellos planteamientos que sostienen que allí donde la dominación aprieta aparece necesariamente la resistencia y surge la revuelta. Esos planteamientos pronostican por lo tanto que las grandes movilizaciones emanarán episódicamente, y con un carácter aparentemente espontaneo, en los lugares donde las circunstancias locales de la opresión enciendan las mechas insurreccionales, acarreando en algunos casos efectos de contagio en otros lugares, pero sin que esos estallidos sean el producto de las grandes narrativas emancipadoras.
Como es habitual cuando el rugido del descontento invade las calles, los medios de comunicación privilegian las imágenes más espectaculares, que suelen ser las de las batallas campales, los incendios y los ataques a los objetos que simbolizan de alguna manera los dispositivos opresores. Lo cual, añadido a los comentarios de los gobernantes y de los defensores de lo instituido, provoca miedos y rechazos en buena parte de la población. Y, como también es habitual, los partidos y formaciones políticas que respaldan de forma más o menos explicita las revueltas se apresuran a manifestar su rechazo a las acciones calificadas de “violentas”, cuando no las atribuyen incluso a provocaciones interesadas. Eso es lo que ha hecho, por ejemplo, Mélenchon, el líder de la formación situada a la izquierda de Partido Socialista, afín al Frente Amplio que opera en este lado de los Pirineos. Si semejantes acciones acontecen en las protestas llevadas a cabo antes de las elecciones del 29 de noviembre habrá que permanecer atentos a cómo reacciona la dirección del Frente Amplio, y las entidades que respalden esas huelgas y protestas.
Hace ya varios años que se extinguió el periodo álgido de los “Chalecos amarillos”, pero esa vestimenta ha salpicado, sin llegar a teñirlas de amarillo, las manifestaciones en varias ciudades y eso pone de relieve uno de los resultados mas valiosos de las luchas colectivas cuando son intensas: sirven de catalizador de las tomas de conciencia y forjan en pocos días militantes que lo seguirán siendo hasta su último suspiro. Crear subjetividades insumisas y subversivas de larga duración es el precioso resultado de las luchas colectivas radicales sea cual sea su desenlace, no alegrarse de la contundencia de los enfrentamientos y del brillo de las llamas, sino denunciarlos es hacerle un flaco favor a la creación de ese caudal de fuerzas de resistencia al sistema instituido que nace de la lucha.




