Resulta curioso (y alarmante) cómo algo evidente, el hecho de que los conceptos políticos de «izquierda» y «derecha» necesitan una urgente actualización, resulta utilizado por algunos para justificar su propia visión de lo que es correcto. Y no me refiero a esos botarates que aseguran ser de «centro», algo todavía más inextricable que las dos polarizaciones mencionadas, solo para evidenciar sin vergüenza alguna su absoluto desconocimiento político. La otra versión sería aquellos que dicen ser apolíticos, un despropósito aún mayor, aunque podría ser comprensible que esté fundado en el hartazgo de la clase política de uno u otro pelaje. Pero, disculpad que me vaya por las ramas debido a mi habitual avidez para la argumentación lúcida, y vuelvo a lo expuesto en primer lugar. Efectivamente, hay quien utiliza la muy obvia crisis conceptual de lo que tradicionalmente entendemos por izquierda y derecha para llevar las cosas a su terreno. Como ha sido la izquierda la que ha usado en la modernidad propuestas de progreso, y por supuesto de transformación social, más claras, pues la argumentación posmoderna suele estar al servicio de justificar el estado de las cosas (léase, especialmente, el sistema capitalista). Sin embargo, a pesar de la realidad que quieren poner frente a los ojos del vulgo, poniendo como ejemplo de izquierda a lo que sostienen figuras actuales de este inefable país como Pedro Sánchez, Yolanda Díaz o Pablo Iglesias, o reduciendo las propuestas al fracaso del socialismo de Estado (en todas sus vertientes), por supuesto, la cosa es mucho más compleja. En realidad, tampoco era tan simple en el desarrollo de la modernidad, ya que puede hablarse de izquierdas en plural e incluso también de derechas, aunque quizá en este último caso el asunto es menos complicado. Valga como ejemplo que algunas voces mediáticas, con cierta resonancia, dicen ser de derechas solo por no ser de izquierdas, siendo esto último algo que identifican con la falta de esfuerzo económico o algo así (creo que apuestan por eso que llaman meritocracia). Llegamos entonces, al menos en este inenarrable país, a la cuestión del liberalismo (ya sabéis, iniciativa privada, mercado supuestamente libre…) y a su acaparación del concepto de libertad.
Siempre digo, y no todo el mundo está de acuerdo conmigo, en que no sé por qué diablos hay que identificar liberalismo con derecha, ya que si uno tiene una concepción progresista de la historia (y lo digo, para los obtusos, con cierto sarcasmo) hay que ver la visión liberal como cierto avance para que cada uno, con todas las dificultades que se quiera en la convivencia social, pueda ser lo que desee y llevar adelante su propio proyecto de vida. Efectivamente, ahora que no me lee nadie, uno simpatiza con gran parte de las propuestas liberales entendidas como respeto al prójimo, que seguro no va a pensar siempre como uno a la hora de considerar la estructura social, política y económica, así como garante de la pluralidad social. Paciencia, que ya llegaremos al anarquismo con lo mucho que tiene, en mi nada modesta opinión, de herencia de la tradición liberal en la modernidad. Claro que si alguien identifica el liberalismo, y en este indescriptible país es lo normal, exclusivamente con la acaparación de la propiedad y con un mercado que llaman libre (pero no lo es), solo puesto al servicio de los más fuertes, pues mal vamos. En cualquier caso, como no está clara hacia qué vertiente política oscila lo liberal, puede que se trate de uno de los factores para tratar de, no tanto negar, como actualizar lo que entendemos como derecha (si la identificamos con el conservadurismo) e izquierda (si es que esta puede aportar esta todavía alguna concepción del progreso). Hay quien, también con evidente afán reduccionista, al hablar de la izquierda tradicional (la que surge, para bien y para mal, de aquel gran evento de la Revolución Francesa) la divide entre socialismo, comunismo y anarquismo. La confusión no es poca, ya que al hablar del primero se confunde terminológicamente con la socialdemocracia, que a su vez ha estado sujeta históricamente a una considerable evolución: en los primero tiempos, venía a significar el adoptar la vía democrática para la transformación revolucionaria, mientras que en la actualidad es mera gestión estatal del capitalismo para tratar de consolidar un, a estas alturas ya falaz y tergiversador, Estado del bienestar. No obstante, la palabra socialismo es notablemente poliédrica y existe quien, con algunos matices en el caso de la lúcida opinión del que subscribe, coloca al anarquismo como la vertiente antiautoritaria del mismo.
En cualquier caso, las aportaciones políticas y económicas de los diferentes socialismos, por supuesto, son muchas y variadas; si alguien quiere reducirla a la gestión estatal, para consumo de un público con el cerebro poco oxigenado, pues se trata alguien malintencionado o un idiota de padre y muy señor mío. Vayamos con el segundo concepto, el de comunismo, que muy a menudo se confunde también con el de socialismo; técnicamente, esto es porque según la doctrina marxista el primero es una fase previa al segundo donde conviven la propiedad privada y colectiva antes de la llegada del paraíso comunista. Huelga decir el horror que ha resultado la praxis, ferozmente autoritaria, donde no solo no ha habido ningún final feliz basado en la abundancia material y en la mera administración de la cosas (ya sin Estado), sino que el estadio socialista intermedio también ha resultado un evidente fracaso, con un burocracia estatal intolerable y con la total ausencia de libertades elementales. Llegamos, por fin, al anarquismo, el cual ha tenido que cargar sobre sus espaldas demasiadas cosas y sobre el que se han vertido tantas falsedades, que uno no sabe ya como afrontarlas sin renunciar del todo a la indignación más monumental. Diremos que la consideración de que sus propuestas son ingenuas y utópicas es un pobre lugar común soltado a diestra y siniestra, mientras que se relega al anarquismo a una mera curiosidad histórica dándole por periclitado hace tiempo. Sin embargo, dentro de esta humanidad que tanto nos avergüenza por lo general todavía bien entrado el siglo XXI, todavía siguen existiendo sapiens pertinaces, se consideren ácratas o no, que abogan por un mundo sin imposiciones basado en la práctica con conceptos tradicionalmente libertarios como la acción directa, la solidaridad y el apoyo mutuo. Particularmente, uno trata brillantemente de dar la vuelta a las acusaciones de ingenuidad y utopismo, ya que lo que se trata es de ser honestos confiando en un filosofía eminentemente moral (no hay aportaciones teóricas fuertes, ya que lo importante es la práctica, lo cual no signifique que no se apuesto por el conocimiento en todos los ámbitos) y en el cambio social aquí y ahora (es decir, puede que de lo que se trate es de la conquista cotidiana de la denostada utopía sin consideraciones para el mañana). Resumiendo, multitud de proyectos que abogan por una sociedad más libre, solidaria e inteligente; si eso es una utopía, váyanse ustedes a paseo con su repulsivo pragmatismo.
Hilvanando con el objeto de este texto, según el título, ¿es el anarquismo, aun en la actualidad, una corriente de izquierda? Ambos conceptos, polarizados hasta la nausea sin excesiva aportación ideológica, se han convertido en una caricatura hasta el punto de que la variable parecer ser mayor o menor gestión estatal. Por supuesto, es algo falaz y de ahí que la derecha (o derechas o lo que actualmente sean) se hayan apropiado de la concepción de la libertad de la manera más lamentable y distorsionadora. Como debe resultar ya evidente para el lector avispado, no creo que los anarquismos actuales (sí, plurales, y sí, no siempre con esa etiqueta) deban entrar en ese juego estéril a ningún nivel político, social o mediático. Podríamos ser compañeros de viaje de algunas fuerzas aparentemente transformadoras, que siempre nos resultan ajenas en su afán de insistir en la vía del Estado, pero solo si una vez conquistado el poder tratan de transferirlo a los movimientos sociales potenciando los más nobles valores. Desgraciadamente, la experiencia histórica nos demuestra una y otra vez lo contrario, por lo que hay que dedicar los esfuerzos a otros empeños. Nadie dijo que fuera fácil, palabra de ácrata con algún que otro tic nihilista.




