Carnavales

Hace ya décadas, allá por los años 50 del siglo XX, que el genial Billy Wilder, con su Ace in the hole (creo que en España, no muy conocida, la llamaron El gran carnaval), advirtió sobre la explotación mediática de una tragedia, y estupidez social en general que se formaba en torno a ello: la de una persona atrapada en un pozo. No muchos años después, Debord y los situacionistas crearon una obra clave sobre el capitalismo y la insaciable necedad consumista: La sociedad del espectáculo. Según la tesis de la misma, no hay ya una realidad que vivamos directamente, sino meras representaciones; las imágenes se nos colocan delante para impedir un contacto directo con la realidad. Si hay tantas veces que se ha insistido en que el tener hace ya tiempo sustituyó al ser, ahora hemos dado paso simplemente al parecer. No es casualidad que uno de los estupidos neologismos de moda sea ese del postureo. También este postureo, consciente o inconscientemente, pretende tener componentes solidarios.

Un drama personal elevado a la categoría de acontecimiento, un ser humano que debe ser rescatado de un pozo, una maquinaria mediática que se pone en marcha durante días… No hace falta aclarar de qué estamos hablando, lo que ocurre es que la realidad, aterradoramente, acaba superando a la ficción. Máxime, en sociedades denominadas «desarrolladas» donde el acceso a la información es permanente: mucha gente, tal vez, no tiene demasiado con lo que vivir, pero seguro que posee un aparatito que le enanaje convenientemente. Paradójicamente, la tesis de la sociedad del espectáculo se ve más y más confirmada: hay todavía más posibilidades tecnológicas para colocarnos imágenes que nos impidan observar la realidad. Y uno, no es que preste excesiva atención a los medios audiovisuales, obligatoriamente más mezquinos en su afán de otorgar espectáculo a cualquier noticia trágica, pero a veces resulta imposible huir de ello.

Así, incluso en un lugar tan apacible como una peluquería, ante la mirada atenta de varias personas, fue inevitable observar un noticiario televisivo sacando rendimiento mediático, incluso, después de ser recuperado el cadaver de un pobre niño. Efectivamente, estamos en una sociedad del espectáculo en la que fluye información de manera continua, pero bien aderezada con morbo, falsa sensibilidad y buena dosis de manipulación. Con la confirmación de lo que era previsible para cualquier espíritu crítico, la práctica imposibilidad de que el niño sobreviviera, ¿hasta cuándo van a continuar sacando beneficio del dolor? Señores del cuarto poder, tengan un poquito de vergüenza, dignidad y, verdadero, sentido de la ética. Hay demasiados seres humanos que caen a diario en pozos sin fondo y, en la inmensa mayoría de los casos, no se trata de accidentes difíciles de evitar. Tantos de ellos, son víctimas de un sistema inicuo en el que ustedes, los medios, no solo son consecuencia de ello, también apuntalan y legitiman un intolerable estado de las cosas.

Juan Cáspar

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