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Esperpentos políticos

Hasta las gónadas de leer y escuchar la palabra ´populismo´por doquier. Políticos, contertulios mediáticos, y otras gentes de malvivir, emplean el término refiriéndose a sus rivales, a los que no piensan y actúan de manera correcta como hacen ellos, hasta el hartazo. Todo el mundo advierte sobre el auge del populismo, hasta el Papa Francisco lo ha hecho, que no deja de ser un pontífice la mar de simpático, progre y populista. Lo más curioso es que, en el terreno político, tras el auge hace unos años de Podemos en nuestra tierra patria, junto a otros movimientos europeos similares, y a pesar de su primigenia ambigüedad ideológica, estos eran los que recibían el calificativo de populistas (de izquierda, se entiende). Estas acusaciones estaban basadas, creo recordar, en su discurso algo maniqueo de crítica a las élites, la casta en el caso autóctono, y por arrogarse estas nuevas fuerzas políticas la voluntad de la gente de a pie (esa abstracción llamado pueblo, que unos y otros manipulan a su antojo). Ojo, uno no no niega la existencia de una repulsiva casta privilegiada digna de ser puesta a trabajar cuanto antes, pero uno observa, de forma harto desconfiada, ciertas intenciones de “quítate tú para ponerme yo”.

Sin embargo, recordemos que en nuestra sociedad posmoderna las cosas se transforman mediaticamente  a cada momento, lo cual resulta un campo mejor abonado para la manipulación. En este momento (creo que ya en 2019), paradójicamente, con Trump gobernando en yanquilandia ya un tiempo, con Salvini haciendo lo propio en Italia y con la reciente investidura de Bolsonaro en Brasil, al parecer la amenaza populista se sitúa más bien en la extrema derecha y sus discursos autoritarios y nacionalistas (perdón por el pleonasmo). Esto es así hasta el punto que, vaya sopresa, es la propia izquierda parlamentaria, que se dice además transformadora, la que se rasga las vestiduras y emplea peyorativa y admonitoriamente la palabreja de marras. Qué diablos quiere decir ahora la supuesta izquierda radical cuando se refiere a populismo calificando a la extrema derecha. Es decir, estamos acaso ante nuevas (más bien, viejas) fuerzas políticas que seduce al pueblo y se arroga su voluntad. Tal vez, lejos de ser idealizado como se pretende a veces, el pueblo es bastante necio y se deja manipular con ligereza por los malvados. Lo dicho, el vocablo es usado hasta la saciedad como arma arrojadiza por aquellos que no hacen la más mínima crítica a su propia responsabilidad en la realidad. La realidad es que demasiada gente, a la que no se le puede justificar tampoco de ningún modo, ya que el ser humano es a veces así de tarugo, zopenco, papanatas e inicuo, se vea seducida por impresentables que vomitan sin pudor ante las masas su repulsivo ideario ultranacionalista.

Por otra parte, populismo, en uno de sus empleos habituales más genéricos en la actualidad, podría ser algo similar a la demagogia, es decir, la seducción del electorado mediante un discurso que fácilmente asimile para lograr el propósito de conquistar el poder. Pero, no está acaso todo el circo electoralista basado en la demagogia, en la permanente seducción de las masas, de diferentes sensibilidades, pero siempre dispuestas para ser manipulables, para que luego las cosas sigan más o menos igual. Yo, lo siento, pero observo la demagogia en todas y cada una de las fuerzas políticas, es algo consustancial a las enervantes luchas por el poder dentro de la democracia representativa. Tal vez, es ese clima de constantes manipulaciones de diversa índole el que nos lleva a la situación actual. Uno recuerda haber leído en alguna parte en sus años mozos que los populistas eran todo un movimiento emancipador iniciado en Rusia hace siglo y pico (no, sin nada que ver con lo que luego fue el desarrollo autoritario de la Revolución rusa). Si queremos dar una definición histórica más o menos general, podemos hablar de un intento de que el pueblo conquistara sus derechos por sí mismo frente a las élites privilegiadas. Cómo es posible que intenciones tan loables, dentro de un movimiento que, muy al contrario que nuestra actual clase política a ambos lados del espectro ideológico, para nada quería manipular al pueblo para llevarlo a su terreno, hayan dado lugar a un significado tan despectivo.

Juan Cáspar

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