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El cine anarquista de Jean Vigo

Jean Vigo (1905-1934) fue un director de cine, hijo del anarquista Eugène-Bonaventure de Vigo (también conocido como Miguel Almereyda), que pasó a la historia sobre todo por dos películas de gran prestigio: Zéro de conduite (1933), que cuenta la insurrección de un grupo de estudiantes contra sus severos profesores, y L’Atalante (1934), historia de amor entre un joven marinero sin objetivos y su esposa.

Al margen de la militancia política de su padre, digna de otro estudio, en las películas de Vigo existe una impronta claramente anarquista. Su primera obra será un mediometraje mudo llamado À propos de Nice (1930), donde se muestran las desigualdades sociales en la Niza de los años 20; por supuesto, el film supone una feroz crítica a la burguesía que veraneaba en el lugar. La que será una de sus grandes obras, Zéro de conduite, se inspira en gran medida en las experiencias personales del cineasta, que pasó gran parte de su infancia en internados; puede considerarse que la película recoge las propuestas pedagógicas de Ferrer y Guardia como base para un nuevo orden social antiautoritario, pero también se adelanta, en su vitalismo y espontaneísmo, y en su apuesta por la educación de los sentidos, a otras propuestas radicales en contra de la escolarización como serían las de Paul Goodman o Ivan Illich.

De hecho, Zéro de conduite es un ejemplo de las amplias propuestas educativas anarquistas, donde trata de vincularse la búsqueda de la espontaneidad en la infancia, uniendo lo lúdico con la búsqueda de conocimiento, con las más bellas aspiraciones sociales. En el film, puede verse una obvia analogía entre escuela y prisión cuando se muestra un internado triste y espartano; la conformidad, el gusto por el orden y la disciplina, así como una permanente vigilancia institucional que causa pavor en los chavales, obliga a contemplar el centro educativo como un trasunto del Estado en una crítica claramente anarquista. Vigo emplea en la película un tono claustrofóbico, lo que muestra de forma cristalina su opinión burocrática acerca de la escuela, así como un distanciamiento respecto a los personajes más autoritarios; existe además una férrea división entre el aula, lugar del conocimiento, y el patio de recreo, espacio para lo lúdico, algo que tratará de transgredirse en alguna significativas secuencias a lo largo del film.

Los estudiosos han considerado Zéro de Conduite un ejemplo y exposición de la pedagogía anarquista; no es extraño entonces que el film sea muy poco benévolo con todo personaje que trate de sofocar la espontaneidad en la infancia y se esfuerza en contraposición por apostar por el antiautoritarismo, algo que el director muestra con gran habilidad cinematográfica. La película comienza con cierto desdén por las falsas virtudes de la uniformidad, que pretenden los representantes de la autoridad, pero tiene uno de sus puntos álgidos en una rebelión extrema contra el orden establecido (no obstante, según los códigos de la infancia); en un acto formal para celebrar el final del curso, al que acuden representantes del Estado y de la Iglesia, los alumnos más radicales interrumpen con silbidos, lanzamiento de zapatos y con armas de fabricación casera dirigidas a los ilustres invitados, para después huir hacia la libertad. Como resulta evidente, no se trata de una mera rebelión contra un centro escolar, sino contra la propia institución educativa con una clara motivación antiestatal y anticlerical. El final de la película, aunque saludablemente abierto, recoge algunas propuestas comunitarias anarquistas como alternativa a la escolarización represiva; no obstante, como ya hemos dicho, también se muestra la duda sobre si hay alternativa posible o si la respuesta es una “desescolarización” amplia (solución que también ha tenido en cuenta la pedagogía libertaria). La película de Vigo, a pesar de todo, resulta tremendamente eficaz en su crítica a la pedagogía tradicional y autoritaria.

La otra gran obra de Vigo, L’Atalante, puede considerarse un complemento a Zéro de Conduite; si esta realiza la propuesta de una pedagogía radical, lo hacía en parte a través de una apuesta por la educación de los sentidos, algo que también preconiza L’Atalante. La trama del film es, aparentemente, muy simple: Jean, un indolente patrón de barco, se separa de la vitalista Juliette y solo vuelven a unirse gracias a un antiguo compañero cascarrabias de Jean, el entrañable tío Jules. La película realiza una clara apuesta por el desarrollo personal, pero mostrando también que las relaciones sentimentales resultan inseparables de las particularidades del tejido social; Vigo se detiene, numerosas veces, en aspectos que otros cineastas considerarían superfluos, como son el paro, la delincuencia y la actitud implacable de la burguesía.

L’Atalante es una obra radical, por supuesto, pero también admirablemente compleja en la ampliación de su discurso humanista. El personaje del tío Jules tiene una fuerza vital de carácter anarquista, lo que se contempla en varias secuencias donde se esfuerza en transgredir las convenciones sociales, a veces de forma cómica; se trata de una personalidad donde se fusionan un hedonismo vital con un radicalismo antiautoritario, algo que resulta admirable y en cierto modo ejemplar en la narración. Como no podía ser de otra manera, el legado anarquista que recoge Jean Vigo muestra el espacio urbano en L’Atalante de forma ambivalente; lo mismo puede ser un espacio represivo digno de ser eludido, como un lugar a reivindicar gracias a la acción directa de carácter libertario, por lo que en el film puede contemplarse convivir la pobreza y la sordidez junto a aspiraciones utópicas. Tanto Zéro de Conduite como L’Atalante son sobresalientes ejemplos de gran cine y de una pedagogía radical no dogmática,  que han resistido muy bien el paso del tiempo y que merecen ser revisados, especialmente frente a la numerosa banalidad cinematrográfica actual.

Capi Vidal

 

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