ay quien se lamenta, desde una perspectiva presuntamente libertaria (la de verdad, ojo, esa que coloca la solidaridad por encima de cualquier otro valor social), de los nuevos tiempos que corren. Así, se sorprenden de que en algunas librerías especializadas en anarquismo, mientras queda a un lado la obra de los grandes pensadores ácratas del pasado, pueda encontrarse la más amplia variedad de volúmenes que encuadran sin pudor en lo que denominan wokismo. Pensaba yo que esas etiquetas, lanzadas de modo despectivo, eran exclusivas de la fauna más reaccionaria, pero parece que la cosa se está lamentablemente extendiendo. Recordemos que woke, en origen, alude en ingles a ‘estar despierto‘ y que al parecer, y esto es importante para todos esos que añoran la lucha de clases, fue un término acuñado por los trabajadores en Estados Unidos como una manera de adoptar conciencia acerca de los abusos laborales y políticos; sí, años después fue recuperado por movimientos sociales con motivos tan encomiables como luchar contra racismo, favorecer los derechos femeninos e igualmente dar visibilidad a los de personas de diversa orientación social. Obviamente, hay que estar abierto siempre a la crítica y puede ser muy saludable señalar los excesos que pueda haber dentro de las luchas identitarias en la actualidad; no obstante, una cosa es eso y otra muy distinta llorar ante una época, con la que podemos establecer todos los hilos conductores que queramos, pero que sencillamente ya no existe. Es más, no ser consciente de todo lo que de liberador y enriquecedor para el anarquismo pueda tener el feminismo o lo queer, lo lamento, pero me parece de ser auténticos botarates reaccionarios (que parece cada vez más demostrado, se encuentran por supuesto a diestra, pero también a siniestra).
Y, ojo, es por supuesto todo un debate que hay que abrazar y que tiene mucha que ver con la tensión entre la modernidad, donde se esperaba una emancipación de la humanidad en base a la razón crítica y el progreso (hoy, solo podemos soltar unas lágrimas ante esa perspectiva), y esta época presuntamente posmoderna. Un posmodernidad en la que no parece haber cabida para los grandes relatos, ni para las tomas del Palacio de Invierno, y donde todo fluye vertiginosamente y la tecnología parece habernos transformado y en tantos aspectos no para bien. Pero, estamos hablando de anarquismo, amiguetes, es decir de movimiento continuo en la historia, de búsqueda permanente de liberación en todos los ámbitos humanos, también por supuesto en el personal, por lo que es necesario ser consciente de la época que vivimos sin añoranzas por el pasado. En realidad, este lamento de algunos ante lo que consideran desvaríos actuales no es más que una actualización de aquella rabieta del bueno de Murray Bookchin cuando quiso enfrentar a un anarquismo social con un anarquismo personal (o, según otras traducciones, anarquismo como estilo de vida). Así, hace ya más de tres décadas, Bookchin se asombraba de ciertas tendencias emergentes en el mundo ácrata que daba predominancia a la autonomía personal. Pero, acaso podemos concebir a cualquier anarquista que no sea eminentemente individualista sin dejar de lado nunca un feroz compromiso social. La añoranza por movimientos de masas, que se enfrentan al Estado y el Capital, pero de un modo totalizante quizá hoy más que cuestionable al poder anular, aunque sea exhibiendo una bandera rojinegra, al individuo. Como dije, se trata de una polémica fundamental dentro del mundo libertario, pero sin enrocamientos en ninguna clase de dogmatismo (eso a lo que esta especie tan peculiar que llamamos sapiens es tan proclive).
Uno lee, y relee, con sumo gusto a grandes pensadores como Proudhon, Bakunin o Kropotkin, entre muchos otros, pero siempre con una mirada crítica hacia todo lo que podía unirles a la época que vivieron. No es cuestión de, simplemente, ponerles la etiqueta de homófobos, o incluso de machistas en algunos aspectos, es tan sencillo como comprender que pudieron estar adelantados en su pensamiento y acción en muchos aspectos, pero de forma obvia no en todos. Si alguien afirma, sin ningún asomo de vergüenza, que le gusto prácticamente todo lo que intelectual y moralmente legó tal o cual autor, lo siento, pero me parece un dogmático como la copa de un pino. No es casualidad que podamos encontrar a veces rasgos emancipadores más interesante en autoras ácratas y solo podemos recordar aquella frase atribuida a Emma Goldman (aunque, al parecer, nunca la dijera exactamente así): «Si no puedo bailar, no es mi revolución». Cuando encontramos estas críticas a una posmodernidad, que identifican con el wokismo o lo queer de una manera más lamentable que reduccionista solo se evidencia el auténtico desconocimiento sobre una época donde la lucha contra la dominación se produce en muchos ámbitos, donde un anarquismo renovado (o como lo queramos llamar en sus múltiples formas antiautoritarias) debe aprender de los errores pasados y adoptar estrategias lúcidas para combatir las discriminaciones, explotaciones y opresiones características ya de este convulso y cruento siglo XXI. Nadie esta renunciando a la razón, al pensamiento crítico, ni el conocimiento en todos los campos, armas irrenunciables en todo proyecto libertario emancipador, simplemente tratamos de ampliar el horizonte de todo ello sin ilusiones totalizantes propias del pasado. En respuesta a uno de los textos que han dado origen a esto que estoy escribiendo, perded cuidado, nadie está tratando de borrar el anarquismo. Resulta impensable mientras exista un soplo de libertad en el espíritu humano. Hoy, nos hemos puesto profundos y algo líricos.
Juan Cáspar
https://exabruptospoliticos.wordpress.com/2026/04/14/impensable-borrar-el-anarquismo/#more-2328




