La anarquía antes del anarquismo I: El problema de las raíces

Se suele asimilar las ideas anarquistas con la figura de los árboles: se dice que el árbol de la anarquía ha sido fecundo, que se desenvuelve en ramas diversas, que entrega frutos, que los anarquistas son sembradores. Incluso, es posible vislumbrar un tronco, conformado por las bases y los denominados clásicos, lugar donde algunos discuten cuál es el verdadero anarquismo, definiendo su ontología social y declarándose herederos de una tradición, según su parecer, fácil de determinar.

Sin embargo, pocos se preguntan por las raíces de este árbol, que son igual de diversas que las ramas y, sobre todo, son difíciles de medir, pues permanecen ocultas bajo la tierra. Más aún, sería menester, también, preguntarse cómo la semilla de ese árbol logró germinar, qué agentes trabajaron la tierra durante los siglos anteriores y cuáles fueron los otros seres vivientes que interactuaron en este ecosistema libertario, ¿cabría consultarnos si sólo ha brotado un árbol?, ¿será posible que en la extensa historia del Planeta Tierra, e incluso del Cosmos, hayan brotado otros árboles ácratas? Bakunin nació hace 200 años, período que no es siquiera un parpadeo del Universo.

Lo cierto es que esta inquietud no es nueva. Max Nettlau, el Heródoto de la Anarquía según Rudolf Rocker, escribió al comienzo de su voluminoso libro “La Anarquía a través de los tiempos” que “una historia de la idea anarquista es inseparable de la historia de todos los desarrollos progresivos y de las aspiraciones hacia la libertad”. Sus palabras, sin duda, evocan a los dichos del comediante latino Terencio, quien en su obra “El atormentador de sí mismo” pone en boca del personaje Cremes  la expresión “Homo sum, nihil homini a me alienum puto”, es decir, “Humano soy, nada humano me es ajeno”. La Anarquía, idea de lo humano y su entorno, es un pensamiento que no puede separarse del desarrollo de las sociedades y sus culturas a lo largo del Tiempo, incluso antes del nacimiento de la Historia. Elisée Reclus, en efecto, señaló en su texto “El ideal anarquista” que “la anarquía no es una teoría nueva”, dado que “siempre ha habido hombres libres, despreciadores de la ley, gentes que han vivido sin amos, según el derecho primordial de su existencia y de su pensamiento”.

No se trata, en ningún caso, de suponer que existe un paleoanarquismo o un protoanarquismo que fundamente históricamente las ideas libertarias, ni mucho menos que conformen una supuesta construcción histórica que decantó en lo que conocemos como anarquismo desde el siglo XIX. Se trata, más bien, de comprender dilemas como los que Piotr Kropotkin señala en su libro “Ética: Origen y evolución de la moral”, donde expresa, por ejemplo, que el libro “Investigación sobre la justicia política e influencia sobre la virtud y la felicidad en general” de William Godwin, que fue escrito en Inglaterra el año 1793, “contiene la exposición completa y sincera de lo que más tarde ha sido propagado con el nombre de anarquismo”. Incluso, si consideramos la categoría de “anarquistas sin saberlo” que Kropotkin esboza en su “Moral anarquista” para referirse al dramaturgo noruego Henrik Ibsen y al filósofo francés Jean-Marie Guyau, el dilema es más claro aún: ¿Existe tal cosa como un origen de los anarquistas?, ¿tiene fecha el nacimiento de las ideas anarquistas?, ¿una ubicación geográfica exacta? Y si todo nacimiento supone que habrá una muerte, ¿cuándo morirá el anarquismo, si es que ya no murió hace décadas? No, no son esos los términos para pensar en el ideario ácrata. La discusión entre el geógrafo ruso Piotr Kropotkin y el historiador canadiense George Woodcock nos aclara, en cierta medida, esta problemática: según Kropotkin, el fundamento de las ideas anarquistas reposa en la dinámica que le ha sido propia a todos los tiempos y que se compone por la lucha entre dos principios, uno de libertad y otro de coerción, siendo el primero de estos al que le debemos la evolución, conforme  sostiene en su libro “El apoyo mutuo: un factor de la evolución”. No obstante, Woodcock piensa que el anarquismo es una “tendencia desarrollada, articulada y claramente identificable, [que] aparece solamente en la era moderna de las revoluciones sociales y políticas”, lo que significa que “es una doctrina político-social con un específico objetivo encaminado a cambiar la sociedad, pasando de una forma de administración autoritaria a una administración libertaria” (véase su libro “Albores del anarquismo”).

¿Tenemos que optar por una de estas visiones para saber dónde se hunden las raíces del anarquismo? No necesariamente; según nuestro parecer, ambas tienen razón e, incluso, se complementan entre sí. Y es que, justamente, no podemos obviar que “poseemos textos de más de dos mil años en los que no sólo se describen sociedades humanas sin gobierno, ejército ni leyes restrictivas, sino que también aseguran que este tipo de relaciones sociales es el ideal del género humano”, como nos cuenta el profesor Bert F. Hoselitz en “The political philosophy of Bakunin: Scientific Anarchism”. Precisamente, en la obra “Metamorfosis” del poeta romano Ovidio, se narra el proceso de las edades, etapas que constituyeron la prehistoria del hombre y que estuvieron sujetas a un constante devenir. Allí, entre los versos 89 a 115 se cuenta cómo era la primera edad del hombre, o sea, la edad de oro: sin ley, ni castigos ni jueces, donde “no existía la espada”, tampoco el miedo y, menos aún, las amenazas, y la gente podía disfrutar sus “blandos ocios sin uso de soldado”. Se relata, en efecto, la utopía anarquista, narrando, incluso, los beneficios de una fructífera tierra que sin necesidad de arado daba frutos en una primavera eterna, casi como si se tratase de la propuesta que Piotr Kropotkin plantea en “Campos, fábricas y talleres”, según la cual –en contraposición a las ideas de Malthus– se podría desarrollar una producción infinita de alimentos para todas y todos.

La diferencia, sin embargo, es clara: para los anarquistas, la edad dorada puede estar en el porvenir, y no necesariamente como un pasado lejano. Es lo que ya anunció, con gran claridad, Gustav Landauer: el socialismo no es un invento, sino más bien un descubrimiento, una forma de relación que subyace a la vida humana y que sólo basta con querer desarrollarla para vivir en anarquía. Las raíces, en tal caso, no tienen relación con la Historia, ni mucho menos con condiciones geográficas o económicas. Al contrario, las raíces se hunden en nosotros mismos y, sencillamente, en toda práctica de libertad que se articula ante cada escenario, tanto en lo individual como en lo colectivo.

Anarquistas ha habido, y existen mucho antes de lo que luego se elaboró bajo el título de “anarquismo”. Incluso hoy en día, muchos anarquistas viven fuera del anarquismo, de su tradición y discusiones. Nuestra tarea, por el momento, será observar desde esta amplitud aquellos viejos ácratas que vivieron en la Grecia Antigua, en las guildas medievales o en Oriente. No para pensar un nacimiento. No creemos que al final esté la muerte. Nos interesa, más bien, pensar en formas, métodos, formas de relación que aún tienen mucho para enseñarnos hoy en día.

Ulises Verbenas

http://grupogomezrojas.org/2016/04/04/la-anarquia-antes-del-anarquismo-i-el-problema-de-las-raices-por-ulises-verbenas/

Deja un comentario