Soledad Cerezo Morales
Profesora de Filosofía en algún lugar de Andalucía. Habitando desde los feminismos.
Artículo publicado en Redes Libertarias núm. 5 (primavera 2026)
«Vivir una vida feminista es convertirlo todo en algo cuestionable. La cuestión de cómo se vive una vida feminista está viva como cuestión y es una cuestión de vida». (Ahmed, 2018: 16)
Entre todas las obligaciones que han sido tradicionalmente asignadas a las mujeres, emerge, en nuestros días, un nuevo imperativo: la mujer se vuelve eternamente responsable de hablar sobre feminismo. Sucede así que, si no habla de ello entonces, y solo entonces, su voz no es tan relevante o no tiene tanta conciencia de mundo. Sucede así que el lugar desde donde habla la mujer siempre está marcado por su género y que su conciencia ya ha de estar determinada por esta posición. Esta dicotomía es tan real como injusta.
Nuestra afirmación se vuelve patente toda vez que esperamos de una escritora que sus novelas sean abiertamente feministas, de una agrupación musical que sus letras estén comprometidas y denuncien estas causas, de una poeta que escriba desde esta alteridad para darle la validez que merecen. Dice Wittig que «ninguna mujer puede decir “yo” sin ser para sí misma un sujeto total, es decir, sin género, universal, global».1
Por eso hoy, como todos los días, las mujeres hablamos y escribimos desde el feminismo, o, mejor dicho, desde los feminismos que habitamos. De hecho, y aunque no sea explícitamente, nuestra escritura es en todo momento feminista. Y quizá esta es la manera más bonita de hacer justicia a los cuerpos que encarnamos. Habitar los feminismos implica una mirada, un estilo de vida y una sensibilidad concreta que se hace visible en vivencias que nos marcan y nos cambian para siempre.
Son las sensaciones que en la cotidianeidad nos sacan de lugar, las que nos mueven. Como las gafas de Zizek, los feminismos nos hacen transparentes las patologías patriarcales que se instalan en nuestro sistema nervioso y lo desestabilizan. Es así como la posible inteligibilidad de la problemática que enfrentan los feminismos se pone en jaque toda vez que no se hace del feminismo una lupa, un punto de partida o, simplemente, una manera de habitar el suelo que pisamos.
1. Sentirse fuera de lugar
Hay situaciones personales, familiares, laborales… de cualquier tipo en las que experimentamos cierto malestar. Hay momentos que nosotras habitamos antes de que pasen y a los que nuestro cuerpo reacciona con rechazo. A veces no entendemos de dónde proviene esta sensación de extrañeza.
Pasan los días y sentimos que algo, en aquel momento, fue violento, nos sacó del lugar y sin palabras, sin gestos, sin nada físicamente visible nos señaló y nos enmarcó en un lugar determinado. A veces vivimos experiencias de sexismo antes de tener palabras para describir y entender lo que nos pasa.2

Austin3 decía que las palabras no funcionan meramente describiendo el mundo, sino que también lo performan. En este sentido, existen palabras que performan la vivencia del ser mujer, no como género ni como estereotipos, sino como una sensación en la que nos decimos a nosotras mismas: «esto me sucede por ser quien soy».
Ser mujer es aprender a habitar un mundo que, simplemente, no está pensado para nosotras. Es aceptar que la queja siempre será desechada y que «quizá estás siendo muy exagerada con el tema». Pero la realidad es que el mismo mundo se estructura en base a un género a raíz del cual se adapta todo lo demás.
Esto de manera evidente, no es solamente una posición de poder cultural, sino también algo completamente delirante en la medida en que se asume que solo existe un género que performará correctamente el teatro del sentido. Implica también presumir la existencia de algo así como un género, no solo hablando del prejuicio de la unidad a partir de lo cual lo demás viene a ser lo otro, lo añadido o la excepción (que por cierto daría sentido a lo uno); sino también asumir que todo el destino humano está diseñado bajo un constructo cultural desigualitario.
2. Ser mujer y otras deudas que pagamos
Decía Benjamin4 que después de 1918 la gente volvía muda del campo de batalla. Hoy también nos vemos en muchas ocasiones habitando esa carencia conceptual, y esto también es muestra de la desigualdad existente o de la incapacidad que tiene toda una lengua y una sociedad para hablar de situaciones que no viven todos sus miembros. Muchas veces nos falta teoría, vocabulario… por eso decíamos antes que tenemos experiencias de sexismo antes de encontrar palabras para hablar de ellas.
A veces lo que existe es una falta, aprender a habitar el feminismo también es aceptar esa falla. Es ver que las palabras no siempre hacen justicia a la realidad y que cambiar los términos con lo que describimos y performamos la realidad se vuelve hoy, más que nunca un acto de justicia social.
Es cierto que muchas veces sentimos que nos falta vocabulario, teoría feminista, que quedamos enmudecidas ante situaciones por el simple hecho de que nos es imposible poner en palabras QUÉ está sucediendo y por qué eso que sucede me duele.
Tanto es así que también forma parte del feminismo el hecho de cambiar de opinión. Saber que podemos equivocarnos y está bien y rectificar las veces que necesitemos nuestro discurso, por el sencillo hecho de que los feminismos no buscan establecer un poder único y universal, ni unas momias conceptuales, sino que permanecen siempre en lo abierto.
3. Heredar una conciencia
Ser feminista también es herencia. Probablemente tu madre, tu abuela, tu amiga, tu vecina, tu profesora… todas han sido conmovidas por un tipo muy específico de experiencia. Es la experiencia del machismo lo que nos une y en parte lo que nos mueve a persistir en el problema y en su problematización, porque es una cuestión que pone en juego nuestra existencia y por ello nunca es secundaria, nunca es un complemento.
Cuando crecemos rodeadas de mujeres que nos quieren, que nos cuidan, que nos acompañan, que nos recuerdan qué sí y qué no… no podemos evitar heredar esta conciencia. Pero esta herencia abre una doble vía: transformación y asimilación.
Transformamos lo dado para elevarnos hacia una concepción cada vez más amplia, que aúne todos los fenómenos de los que somos partícipes (muy hegeliano). Para englobarlos en un discurso cada vez más articulado. Pero también es asimilación, aceptación de que es en el seno del cuidado femenino donde nacen las preocupaciones feministas, y este cuidado va mucho más allá de los controvertidos vínculos familiares. La infinita responsabilidad, el eterno canon, la denuncia, la renuncia, el cuidado, las amigas… son cuestiones que hoy hay que poner el centro del debate.
4. Los modos de vida de los feminismos
Al igual que no imponen un lenguaje y que asumen la capacidad de resignificación de las palabras, tampoco imponen los feminismos modos de vida. Aunque nos cueste, también intentamos entender que haya mujeres que vean con recelo los movimientos feministas (por haberse usado como significante flotante dentro de un marcado discurso político reaccionario), y entendemos también, que cuando se es consciente de esta violencia sistemática, los feminismos son hogar, saber decir: aquí te entendemos porque también lo vivimos. Por eso no compartimos con la filosofía tradicional que los feminismos sean un pensamiento individual (ni único, porque no existe algo así como el feminismo, sino un constante plural: los feminismos), porque, aunque a veces nos acerque al feminismo nuestra experiencia individual, este siempre se despliega desde el pensamiento colectivo, porque ser mujer también incluye que nunca podemos estar solas, porque la soledad, es peligro. Y por ello la sororidad.

Esta problemática sigue vigente porque no existe igualdad, porque, aunque se hagan pequeños avances, la lucha no puede cesar. Entendemos con Ahmed que si tenemos que seguir luchando y reabriendo el debate de la igualdad y la diversidad es porque hay cierta falta de compromiso institucional; el cambio social y las demandas del feminismo van mucho más allá de un cambio en la legalidad: implica un cambio sistemático en la manera en que se miran y se sitúan los cuerpos en sociedad. Y esta lucha no puede ser entendida si no es de manera interseccional, y quizá este pequeño artículo pasa por alto temas centrales sobre la raza, la clase, la heteronormatividad o el ecologismo; pero es evidente (y debe serlo) que todo feminismo ha de articularse desde una perspectiva global de las desigualdades sociales.
Cada año hay un 8M y es un día más en el calendario de todxs. Llega el 8M y probablemente al día siguiente se nos olvide lo que significa. Las feministas habitamos cada día como si fuera un 8M. Porque el feminismo no es un día. Porque ser mujer no es un día. Porque defender nuestros cuerpos, nuestros deseos y nuestros derechos no es cosa de un día. Porque en el ser mujer se juegan modos de vida que se habitan todos los días del año.5
- Wittig, M., «La marca del género» en El pensamiento heterosexual y otros ensayos, Barcelona, Egales, 2016, p. 107. ↩︎
- Ahmed, S., Vivir una vida feminista, Barcelona, Bellaterra, 2018. ↩︎
- Austin, J.L., Cómo hacer cosas con palabras, Barcelona, Paidós, 2016. ↩︎
- Benjamin, W., «Experiencia y pobreza» en Estudios metafísicos y de filosofía de la historia, Madrid, Abada, 2007. ↩︎
- Aunque no está citado en el texto, este libro está presente en todo él: Butler, J., El género en disputa, Barcelona, Paidós, 2024. ↩︎




