Sociedad, Estado y gobierno

Un anarquista, lúcido y pragmático, y con deseos de expresarse de forma clara para ser entendido por cualquier persona, como era Malatesta, recordaba en primer lugar que la palabra Estado significaba para los anarquistas prácticamente lo mismo que gobierno: es lo que quiera expresarse cuando se habla de “…la abolición de toda organización política fundada en la autoridad y de la constitución de una sociedad de hombres libres e iguales, fundada sobre la armonía de los intereses y el concurso voluntario de todos, a fin de satisfacer las necesidades sociales”.

No obstante, Malatesta también señalaba, huyendo de todo tecnicismo filosófico y político, que tantas veces querían equipararse los términos de Estado y sociedad, cuando se aludía a una colectividad humana reunida en un territorio determinado; es por esto que los adversarios del anarquismo, confundiendo a propósito Estado y sociedad, consideran que los ácratas desean la ruptura con todo vínculo social. A estas alturas, no debería ser necesario aclarar esto, pero no está mal expresarlo de ese modo.

Otra confusión estriba en cuando se entiende el Estado como la administración suprema de un país, es decir, un poder central distinto del provincial o del municipal, y se aboga por la descentralización territorial; en este caso, el principio gubernamental puede quedar intacto, por lo que no hablamos obviamente de una sociedad anarquista. De un modo mucho más genérico, como “estado”, también es sinónimo de régimen social”, Malatesta consideraba que era bueno era referirse mejor en el anarquismo a una sociedad sin gobierno, entendido éste como una élite de gobernantes; ésta, está constituida por  aquellos que poseen la facultad, en mayor o en menor medida, de servirse de la fuerza colectiva de la sociedad (física, intelectual o económica) para obligar a todo el mundo a hacer lo que favorece sus designios particulares. Así, expresado de un modo muy sencillo por Malatesta lo que se rechaza en el anarquismo es el principio de gobierno, que es lo mismo que el principio de autoridad.

Dicho esto, parece importante indagar en el concepto de Estado, desde el punto de vista ácrata y también lo que la filosofía política entiende por ello. Los pensadores anarquistas han opuesto el orden del Estado, trascendente, externo e impuesto por la fuerza, al de la sociedad, que sería inmanente y surgido en su propio seno producto de la actividad de los seres humanos y del trabajo. Así, el orden social sería sólido y duradero, y acabaría suprimiendo al Estado, que representaría una mistificación inestable de la organización social. El anarquismo no niega la organización social, aunque puede existir mucho debate sobre cómo sería la misma, lo mismo que tampoco rechaza todo tipo de autoridad o incluso de poder; el objeto de su crítica se encuentra en la autoridad instituida, coercitiva, y en el poder permanente: el Estado. Dicho de modo resumido, tal y como lo expresa Cappelletti en La ideología anarquista: “…los anarquistas aspiran a una sociedad no dividida entre gobernantes y gobernados, a una sociedad sin autoridad fija y predeterminada, a una sociedad donde el poder no sea trascendente al saber y a la capacidad moral e intelectual en cada individuo”. En definitiva, y como expresión sintética de toda una filosofía social, se desea disolver el poder trascendente del Estado en el poder inmanente de la sociedad.

Como ya hemos visto en otras ocasiones, la sociedad para los anarquistas no es algo artificial producto de un contrato, sino una realidad natural, tanto como lo puede ser el lenguaje. El Estado vendría a ser una degradación de esa realidad natural; a diferencia del marxismo, que considera el poder político una consecuencia del poder económico en una relación lineal y unidireccional, los anarquistas consideran más bien una relación circular entre ambos poderes. Es por eso que los seguidores de Marx se afanaron en la conquista del poder político, del Estado, y acabaron sustituyendo el capitalismo liberal por un capitalismo de Estado y la clase burguesa por una nueva clase tecnocrática y burocrática; aquellas experiencias, lejos de solucionar los problemas de la democracia representativa los empeoraron hasta la exacerbación, sin que se tardara demasiado en acabar con el espíritu autogestionario original de los soviets y se acabara concentrando todo el poder en el Estado.

Esta concentración de poder es la que critican con fuerza los anarquistas, consideran que la sociedad se encuentra dividida por su culpa y los seres humanos acaban siendo víctimas de la alienación.  El poder presente en la sociedad, con unas características físicas e intelectuales diferentes según las características del individuo o del grupo, termina siendo cedido a una minoría; podemos llamarlo delegación de todo tipo, de la fuerza, del pensamiento o de cualquier otra actividad humana, con la condición de que la mayor parte de los miembros de la sociedad sean relevados del derecho y la obligación de gestionar sus propios asuntos en cualquier ámbito. De esa manera, nace el Estado, junto con las clases sociales y la propiedad privada, que viene a ser la síntesis y garante de todo poder coercitivo y de todo privilegio.

Es sabido que los conceptos de libertad e igualdad están estrechamente vinculados en el anarquismo; sin embargo, esa relación se rompe cuando el poder político se autonomiza y se organiza en el Estado, nace así la heteronomía (la ley impuesta desde una instancia ajena a la sociedad). Así se explica las críticas desde el origen del anarquismo moderno, con autores como Godwin, Proudhon y Bakunin, a la idea de un contrato social originario que da lugar a la formación del Estado. La filosofía política moderna, con la única excepción del anarquismo, se ocupa del llamado principio del Estado con todo lo que ello conlleva: la dominación y la organización jerárquica del poder. La autogestión y la democracia directa, única fórmula que posibilita la autonomía moral del individuo con los intereses legítimos de la comunidad, pasa entonces por la disolución del Estado. El Estado, como principio de autoridad, y la autonomía que propicia una sociedad libertaria son incompatibles, por lo que se compromete la legitimidad de cualquier forma de gobierno de una minoría sobre el resto.

Capi Vidal

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