Este mes de febrero, el golpe militar en Birmania1 cumplió cinco años. En Yangón, la vida parece haber vuelto a una frágil normalidad. Agotados por una revolución que parecía interminable, sin un horizonte claro de victoria, muchos de los que dejaron sus trabajos para unirse al Movimiento de Desobediencia Civil han regresado gradualmente al sistema que abandonaron.
Mientras tanto, en las zonas rurales y las regiones fronterizas controladas por las fuerzas armadas de la resistencia, la «Revolución de Primavera», se ha convertido en una guerra civil estancada. Los ataques con drones y los bombardeos aéreos a cargo de la Junta Militar se han vuelto rutinarios, y los civiles siguen pagando las consecuencias.
El pasado mes de febrero se cumplieron dos años del golpe de Estado en Myanmar. Dos años en los que el Tatmadaw, el ejército birmano, ha gobernado el país en base a un Estado de Alarma que debía haber acabado este febrero con la convocatoria de elecciones; algo que la cúpula militar ya ha decidido retrasar al menos seis meses más. Pero también se cumplen dos años de resistencia, dos años durante los cuales parte de la población de Myanmar ha participado de diferentes frentes y métodos de lucha contra el gobierno militar. Lo que comenzó como una primera resistencia urbana masiva, con bloqueos de distritos, huelgas de trabajadores y el nacimiento del Movimiento de Desobediencia Civil de trabajadores estatales, ha ido mutando con el tiempo, adaptándose a la brutal represión de los militares, y en parte, volviéndose más clandestino. Al mismo tiempo, han crecido focos de resistencia armada en las zonas rurales, que se unen a los grupos armados de minorías étnicas que luchan desde hace décadas.
En un mundo que necesita de una mirada global y un actuar local, finalizando este año 2021 queremos echar un vistazo y situar sobre el mapa algunos de los conflictos abiertos en el mundo, golpes de Estado y represión hacia civiles, un viaje a los límites de la periferia. En solo doce meses suceden demasiadas violencias contra la población mundial, vidas humanas quedan quebradas o se profundizan algunas brechas políticas y sociales. En un sistema capitalista que nos acostumbra a vivir en perpetuo conflicto, este sistema criminal genera violencias continuadas, la mayoría de ellas relacionadas con aspectos de clase social o de etnia cultural y migraciones, materializadas en ocupaciones militares, exterminios o asesinatos selectivos de comunidades humanas en el mundo.
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